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“Los
pinares han contribuido a que en España haya más y mejores bosques.
Reducir la erosión en
la Península
requiere incrementar la superficie arbolada y los pinos son los mejores
aliados, la historia lo evidencia”, asegura
el biólogo e ingeniero de Montes de
la Universidad Politécnica
de Madrid Luis Gil, quien en el discurso de ingreso en
la Real Academia
de Ingeniería esta tarde va a defender las repoblaciones que aportaron
tres millones más de hectáreas arboladas, en su
mayoría con pinos autóctonos de
la Península.
Unos
seis millones -de los 15,6 millones de hectáreas de bosques- lo son de
pinos, entre masas naturales y repobladas. Según el Inventario Forestal
Nacional las coníferas del género Pinus
suman 1.900 millones de árboles, de los cerca de 5.000 millones que
forman nuestros bosques.
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El
profesor Gil ha dedicado parte de su vida profesional a desmontar tópicos
sobre los pinos. “Un
hecho desconocido por muchos es que el Plan de Reforestación se ideó en
tiempos de
la República
, aunque luego se llevó a cabo bajo la etapa del general Franco” para
proporcionar jornales en
la España
rural de los años cuarenta y cincuenta. El nuevo académico de
la RAI
afirma que los pinos fueron elegidos para repoblar por ser especies autóctonas
capaces de sobrevivir en condiciones muy adversas. “Su
presencia data de hace casi 150 millones de años, a excepción del pino
canario cuya juventud geológica va pareja a la del archipiélago”.
El más antiguo se encuentra en la sierra riojana de Cameros,
Pinoxylon riojanus,
el único representante del género anterior al Cuaternario.
“Pero
el rechazo a las reforestaciones de Franco -aunque ideadas por
la República-
generalizó el mito de que eran especies invasoras, al contrario que encinas
y robles. Y el colectivo profesional que lo hizo posible fue acusado de la
destrucción de los bosques de ‘especies nobles”.
Para dar una idea de hasta que punto calaron los prejuicios incluso en la
jerga coloquial se usa el calificativo “pinus disaster”
para el Pinus
pinaster, cuyo nombre hace referencia
a ser un “falso pino” por no producir piñones como el pino piñonero.
La
repoblación no siempre fue acertada, reconoce Luis Gil, pero niega las críticas
generalizadas y el papel negativo asignado a los pinares como responsables
de todos los males, fuegos incluidos. La pérdida del arbolado se debió a
varios milenios de uso agropecuario de los primitivos bosques, a la que
ayudaron la construcción naval, civil, la minería y la industria. Y para
la repoblación se utilizaron siete especies autóctonas de
la Península
: pino silvestre, pino de alta montaña (Pinus
uncinata), pino carrasco (Pinus
halepensis), pino piñonero (Pinus
pinea), pino rodeno (Pinus
pinaster), pino negro (Pinus
nigra) y pino canario (Pinus
canariensis). Sólo el pino
californiano Pinus
radiata y otra especie de pino negro austriaco eran foráneos.
“Los
pinos poseen un diseño biológico que les convierte en prodigios de la
ingeniería”.
Permiten fijar vegetación para evitar la erosión, reducir la
evaporación y las temperaturas bajo el pinar, mejorar los suelos y así
poder introducir luego otras variedades vegetales. Su reducido consumo de
reservas en épocas de estrés hicieron de los pinos mediterráneos las
especies más adecuadas en terrenos pobres, con sequías prolongadas o
temperaturas con grandes contrastes.
Para
el nuevo académico de
la RAI
actualmente “erosión e incendios son los problemas más acuciantes, pero
la ausencia de gestión es el más preocupante”. Se invierte poco en los
montes y cuando se hace es más para la lucha contra los incendios
forestales y menos para su gestión, a la que se ignora porque es poco
visible y sus efectos no se aprecian a corto plazo. “La
fijación del CO2, la conservación de la biodiversidad, la lucha contra la
erosión, la defensa frente a las sequías e inundaciones, la mejora de la
calidad y la cantidad de agua disponible o la conservación del paisaje no
son servicios que el monte conceda ‘graciosamente’. Es necesario
intervenir -promueve el profesor Gil-
pero sólo se interviene con soluciones parciales, grandes medios para
apagar el fuego cuando éste adquiere dimensiones mediáticas por catastróficas,
y fondos para silenciar a las poblaciones afectadas, inversiones que se
dedicarán a casi todo pero muy poco al espacio forestal”.
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