Real Academia de Ingeniería 
Los pinares, los mejor aliados para reducir la erosión en la Península Ibérica asegura el profesor Gil

 (Comunicación Real Academia de Ingeniería / septiembre de 2008)

“Los pinares han contribuido a que en España haya más y mejores bosques. Reducir la erosión en la Península requiere incrementar la superficie arbolada y los pinos son los mejores aliados, la historia lo evidencia”, asegura el biólogo e ingeniero de Montes de la Universidad Politécnica de Madrid Luis Gil, quien en el discurso de ingreso en la Real Academia de Ingeniería esta tarde va a defender las repoblaciones que aportaron tres millones más de hectáreas arboladas, en su  mayoría con pinos autóctonos de la Península. 

 

Unos seis millones -de los 15,6 millones de hectáreas de bosques- lo son de pinos, entre masas naturales y repobladas. Según el Inventario Forestal Nacional las coníferas del género Pinus suman 1.900 millones de árboles, de los cerca de 5.000 millones que forman nuestros bosques.

El profesor Gil ha dedicado parte de su vida profesional a desmontar tópicos sobre los pinos. “Un hecho desconocido por muchos es que el Plan de Reforestación se ideó en tiempos de la República , aunque luego se llevó a cabo bajo la etapa del general Franco” para proporcionar jornales en la España rural de los años cuarenta y cincuenta. El nuevo académico de la RAI afirma que los pinos fueron elegidos para repoblar por ser especies autóctonas capaces de sobrevivir en condiciones muy adversas. “Su presencia data de hace casi 150 millones de años, a excepción del pino canario cuya juventud geológica va pareja a la del archipiélago”. El más antiguo se encuentra en la sierra riojana de Cameros, Pinoxylon riojanus, el único representante del género anterior al Cuaternario.

 

“Pero el rechazo a las reforestaciones de Franco -aunque ideadas por la República- generalizó el mito de que eran especies invasoras, al contrario que encinas y robles. Y el colectivo profesional que lo hizo posible fue acusado de la destrucción de los bosques de ‘especies nobles”. Para dar una idea de hasta que punto calaron los prejuicios incluso en la jerga coloquial se usa el calificativo “pinus disaster” para el Pinus pinaster, cuyo nombre hace referencia a ser un “falso pino” por no producir piñones como el pino piñonero.

 

 La repoblación no siempre fue acertada, reconoce Luis Gil, pero niega las críticas generalizadas y el papel negativo asignado a los pinares como responsables de todos los males, fuegos incluidos. La pérdida del arbolado se debió a varios milenios de uso agropecuario de los primitivos bosques, a la que ayudaron la construcción naval, civil, la minería y la industria. Y para la repoblación se utilizaron siete especies autóctonas de la Península : pino silvestre, pino de alta montaña (Pinus uncinata), pino carrasco (Pinus halepensis), pino piñonero (Pinus pinea), pino rodeno (Pinus pinaster), pino negro (Pinus nigra) y pino canario (Pinus canariensis). Sólo el pino californiano Pinus radiata y otra especie de pino negro austriaco eran foráneos.

 

“Los pinos poseen un diseño biológico que les convierte en prodigios de la ingeniería”.  Permiten fijar vegetación para evitar la erosión, reducir la evaporación y las temperaturas bajo el pinar, mejorar los suelos y así poder introducir luego otras variedades vegetales. Su reducido consumo de reservas en épocas de estrés hicieron de los pinos mediterráneos las especies más adecuadas en terrenos pobres, con sequías prolongadas o temperaturas con grandes contrastes.

 

Para el nuevo académico de la RAI actualmente “erosión e incendios son los problemas más acuciantes, pero la ausencia de gestión es el más preocupante”. Se invierte poco en los montes y cuando se hace es más para la lucha contra los incendios forestales y menos para su gestión, a la que se ignora porque es poco visible y sus efectos no se aprecian a corto plazo. “La fijación del CO2, la conservación de la biodiversidad, la lucha contra la erosión, la defensa frente a las sequías e inundaciones, la mejora de la calidad y la cantidad de agua disponible o la conservación del paisaje no son servicios que el monte conceda ‘graciosamente’. Es necesario intervenir -promueve el profesor Gil- pero sólo se interviene con soluciones parciales, grandes medios para apagar el fuego cuando éste adquiere dimensiones mediáticas por catastróficas, y fondos para silenciar a las poblaciones afectadas, inversiones que se dedicarán a casi todo pero muy poco al espacio forestal”.

 

Más información: Paloma Larena / 91 528 20 01
prensa-rai@real-academia-de-ingenieria.org

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