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Aunque
mi nombre es Blanca, mis amigos seguramente empezarán a llamarme
Caperucita Roja a partir de ahora. Y supongo que no me importará.
Acabo de cumplir once años y me considero una niña ciertamente
afortunada, pues desde que apenas me tenía en pie he jugado
frecuentemente con unas mascotas un tanto especiales: ardillas,
cervatillos, gatos monteses, jinetas, zorros y lobos.
Sí, ¡¡lobos!!. Aunque a muchas personas pueda parecerles, tal
vez, algo increíble.
Mi padre es un biólogo que lleva muchos años trabajando en la
realización de documentales sobre la Naturaleza, y junto a él he
aprendido a conocer, respetar y proteger a los animales y a las
plantas, y me ha enseñado también que todos los seres vivos del
Planeta, desde los más pequeños a los más grandes, tienen derecho a
existir en su estado natural, independientemente de su utilidad para
el hombre. Y hoy le he pedido "que me ayude" a redactar
estas líneas.
A mí siempre me ha gustado ayudarle a cuidar sus animales, y
especialmente a criar los cachorros de lobo que tenía que acostumbrar
desde pequeños a la presencia de las personas y de las cámaras, para
que no se asustaran de los equipos de rodaje y les permitieran grabar
los momentos más íntimos y trascendentales de su biología,
imágenes muy difíciles o imposibles de obtener en estado salvaje:
caza, establecimiento de jerarquías, cortejo nupcial, alumbramiento y
crianza de lobeznos.
Y
a lo largo de más de ocho años me he criado jugando con los lobos, y
ellos me han aceptado en sus manadas como si fuera un cachorro más,
cuidándome y respetándome en todo momento, y no manifestando jamás
hacia mi persona el menor signo de agresividad. Aunque debo reconocer
que sus juegos son a veces algo bruscos, y en más de una ocasión me
han agarrado de la coleta, se han alzado de patas sobre mí hasta
tumbarme en el suelo, y me han pisoteado sin demasiados miramientos.
Pero por lo general su actitud ha sido siempre de afecto, cariño y
sumisión, especialmente en presencia de mi padre, al que todos
consideran como líder indiscutible de la manada. Y puedo asegurar que
los lobos pueden ser unos fieles amigos y unos buenos compañeros de
juegos, y a pesar de tratarse de animales "salvajes", son
mucho menos violentos y agresivos que muchos perros de los que se
consideran "domésticos".
Sé perfectamente que los lobos son víctimas de una leyenda negra y
que tienen muy mala fama, y que tradicionalmente se les ha considerado
unos peligrosos devoradores de personas, unos animales crueles y
sanguinarios que matan por el simple placer de matar e, incluso, unos
seres maléficos poseídos por el mismísimo diablo. Toda una serie
de falsedades y calumnias, basadas generalmente en la superstición y
en la ignorancia, y alimentadas en buena parte por muchas fábulas,
leyendas, películas y cuentos infantiles, en donde los lobos casi
siempre son los malos.
Derrumbar
el mito del "Lobo Feroz"
Pero
sin duda es el cuento de Caperucita Roja (publicado por el francés
Charles Perrault a finales del Siglo XVII), el que más daño
ha causado al lobo, pues durante más de trescientos años ha ido
grabando en el subconsciente de millones y millones de niños (y de
muchos padres) la falsa imagen del lobo como "devorador de
personas".
Y tal vez haya llegado el momento de derrumbar ese arraigado mito del "Lobo
Feroz", contrarrestando la imagen del lobo que se come a
Caperucita y a su abuelita, mil veces representada en grabados y
dibujos, con una serie de imágenes reales y actuales que demuestran
que "los lobos no son tan fieros como los pintan".
Y sería deseable que las fotografías que ilustran este reportaje, y
que muestran una nueva e insólita versión del cuento de Caperucita,
tuvieran la mayor difusión posible, dentro y fuera de nuestro país.
Para que a los niños del mundo entero se les quedara grabada también
esta otra imagen del "amigo lobo", y poco a poco fueran
cambiando el ancestral miedo a esta mítica criatura por otros
sentimientos de admiración, respeto y tolerancia, más acordes con la
realidad y la información de que se dispone actualmente sobre esta
emblemática y fascinante especie.
Es probable que en otros tiempos en que los lobos eran mucho más
abundantes, éstos llegaran realmente a devorar a algunos humanos;
pero en la inmensa mayoría de los casos se trataría de personas que
habrían fallecido previamente en pleno campo a causa de algún
accidente o enfermedad, o que habrían quedado sin adecuada sepultura
en el transcurso de las innumerables guerras y contiendas que han
tenido lugar a lo largo de los siglos, y que frecuentemente
sembrarían de cadáveres montes y llanuras. Restos humanos que, sin
duda, serían oportunamente aprovechados por buitres, zorros, lobos y
todo tipo de carroñeros.
Pero
en muy contadas y excepcionales ocasiones los lobos habrán atacado
directamente a las personas, y desde luego esa posibilidad es remota
en nuestro país en los últimos tiempos. De hecho, el último caso
documentado del que se tiene constancia data de 1974, cuando tres
niños fueron atacados supuestamente por una loba en Rante (Orense),
muriendo dos de ellos. Pero ni siquiera en ese luctuoso suceso pudo
demostrarse que fuera realmente la loba abatida la responsable de la
tragedia, y fueron muchas las voces que por aquel entonces la
imputaron a perros asilvestrados.
Pues realmente son los perros abandonados, asilvestrados o simplemente
descontrolados por sus dueños (cada vez más abundantes en nuestros
campos), los auténticos responsables de muchos de los daños
atribuidos tradicionalmente a los lobos, tanto en las personas como en
las especies cinegéticas y en la cabaña ganadera.
Matar
para comer
Bien es cierto que los lobos son animales poderosos, que hacen gala de
gran fuerza y agresividad a la hora de cazar sus presas, pues como
todos los carnívoros necesitan capturar a otros animales para
alimentarse y sacar adelante a su familia.
Pero los lobos jamás matan "por el placer de matar",
como frecuentemente afirman algunos humanos. Y creo que, entre todos
las especies del Planeta, el hombre es el único que puede llegar a
matar simplemente por placer, y no sólo a otros animales, sino
también a sus propios congéneres. Los lobos, por el contrario,
solamente matan para comer y para defenderse, o para proteger su
territorio y su familia de la amenaza de otros predadores.
Además, los lobos también manifiestan un marcado espíritu de grupo,
una notable fidelidad a su pareja y una inmensa ternura y delicadeza
hacia sus cachorros. E incluso llegan a adoptar a lobeznos huérfanos
o procedentes de otras camadas, a los que cuidan y defienden
solidariamente entre todos los miembros del clan.
Y al llegar a este punto quisiera contar algunas curiosas anécdotas
que, a pesar de mi corta edad, ya he tenido el privilegio de
experimentar. Aún no había cumplido tres años cuando empecé a ser
un poco "niña-loba", compartiendo mis juegos con mi hermano
Miguel y con otros cinco "hermanos-lobos" nacidos en la
primavera de 1994, y procedentes de dos camadas diferentes: "Mowgli",
"Grefa" y "Nuri", por una parte, y "Fugi"
y "Chispa" por otra.
Todos estos lobos fueron criados con el máximo cariño y
meticulosidad desde sus primeras semanas de vida, siguiendo las pautas
de un proceso que los etólogos llaman "troquelado" o
"imprinting". Lo que permitió que estos animales de
carácter marcadamente social aceptaran perfectamente en su manada a
las personas, y que ellos mismos se integraran sin problemas en una
polifacética manada humana, compuesta por niños, biólogos,
técnicos de sonido, operadores y cámaras de televisión.
Y cabe reseñar que estos lobos ibéricos y sus descendientes son tal
vez los más "famosos" de todos los de su estirpe (junto con
sus congéneres de "El Hombre y la Tierra"), pues han
protagonizado diversas secuencias para numerosos programas y series
documentales sobre la Naturaleza española, tales como "La
España Salvaje", "La Ruta Alternativa", "Los
últimos lobos de la Península ibérica", y asimismo han
participado en varios programas informativos de diversas cadenas de
televisión en defensa de su especie.
"Nuri" parió en 1996, y "Chispa" ha repetido
maternidad en cuatro ocasiones desde ese año. Y en todos los casos
las lobas nos han permitido a mí y a mi hermano coger a sus cachorros
y jugar con ellos en el interior de la lobera, despegándolos a veces
de sus pezones mientras mamaban, con su total complacencia y sin el
menor signo de recelo o agresividad. Pues ellas sabían perfectamente
que no tenían nada que temer de nosotros, y que jamás haríamos el
menor daño a los lobeznos. Por supuesto, estos atípicos y
gratificantes encuentros los realizábamos siempre acompañados de
nuestro padre, y bajo su atenta y vigilante mirada...
Debo reconocer que la sensación de jugar con unos lobeznos de pocos
días en el interior de una lobera, mientras que su madre entraba y
salía continuamente para asegurarse de que "todo iba
bien", resultaba a veces un poco "temible", sobre todo
cuando la loba bostezaba o abría la boca, mostrando su poderosa
dentadura a pocos centímetros de mi cara.
Lamentablemente, mi querida "Chispa" tiene ya 8 años (el
equivalente a 56 años de una mujer), y me temo que ha llegado al
final de su vida fértil. De hecho, en la primavera de este 2002 ha
tenido un curioso "embarazo sicológico", con dilatación
del vientre y producción de leche, pero finalmente no se ha producido
el esperado alumbramiento de los cachorros.
No obstante, esta circunstancia nos ha permitido comprobar una vez
más (y dejar constancia gráfica de ello en este reportaje) que los
lobos no sólo se comportan como unos buenos padres cuando tienen
descendencia, sino que también son capaces de adoptar a otros
cachorros huérfanos, cuidándolos como si fueran sus propios hijos, y
sacándolos adelante sin problemas si se les da la oportunidad.
Y durante los últimos meses hemos querido aprovechar para
"romper una lanza" en favor de los lobos, unos hermosos e
inteligentísimos animales que para nosotros son además unos nobles,
fieles y cariñosos amigos.
Por todo ello, cuando mi padre me propuso que me disfrazara de
Caperucita Roja, y que posara con los lobos para realizar un reportaje
fotográfico que contribuyera a derrumbar el mito del "Lobo
Feroz", por supuesto que acepté encantada; asumiendo por
adelantado que mi "trabajito" de varios meses me obligaría
a tener paciencia, a pasar frío y calor, a aguantar algunas
incomodidades y a sufrir más de un revolcón.
Pues desde que me regalaron por primera vez el famoso cuento y lo
leí, cuando apenas tenía seis años, ya me pareció que era una
historia falseada y truculenta, en la que achacaban injustamente al
pobre lobo algunas "malas artes" más propias del ser humano
que de los auténticos lobos.
Los
lobos no se comen a las "caperucitas" ni a las abuelitas
La verdad es que ya tenía ganas de decirle a todo el mundo que el
cuento de Caperucita "no tiene ni pies ni cabeza", al menos
desde el punto de vista zoológico, y que es totalmente falso que los
lobos se coman a los niños, ni a las abuelitas, y que nadie debe
tener el menor miedo a los lobos (a excepción, obviamente, de los
ganaderos que no protejan adecuadamente a sus reses).
Y debo reconocer que me siento realmente orgullosa de poder
protagonizar este singular reportaje fotográfico (que probablemente
constituye una auténtica primicia documental) , y de ser una de las
pocas niñas del mundo que tienen la posibilidad y el privilegio de
convivir con lobos, habiendo sido aceptada como un miembro más de la
manada, y con el derecho a compartir con ellos algunos de sus momentos
más íntimos. Pues no sólo me han permitido participar en sus juegos
y carreras, meterme en sus loberas o alimentar a sus cachorros, sino
que también he participado con los lobos, a la luz de la luna llena,
en ese exclusivo y estremecedor coro de aullidos que a veces lanzan al
cielo para comunicarse con sus congéneres.
Pero también debo decir que los lobos "bien criados", como
los que forman parte de nuestra atípica manada, aceptan perfectamente
a cualquier persona que se acerque a ellos en nuestra compañía, que
les demuestre afecto y confianza, y que no tema jugar con ellos como
si se tratara de sumisos perrillos. Y yo creo que con su cerebro
lobuno, ciertamente inteligente, llegan a la siguiente conclusión: "los
amigos de mis amigos son mis amigos". E inmediatamente se
comportan con los visitantes afectuosos como si les conocieran de toda
la vida... Y de este modo, y disfrazada de Caperucita, he posado con
los lobos en compañía de mi auténtica abuelita (más confiada y
sonriente que en el cuento original) y de otros familiares y amigos,
con la completa seguridad de que ninguno de ellos correría el menor
riesgo...
Pero como a los niños de medio mundo se les ha dormido durante
generaciones con este absurdo cuento, y con canciones de cuna que
repiten aquello de "duérmete niño, duérmete ya, que viene
el lobo y te comerá" , no es de extrañar que la mayor parte
de la población de los países "civilizados" crezca con el
miedo atávico e irracional al lobo, cuando la inmensa mayoría jamás
ha visto ni verá probablemente a un lobo en toda su vida.
¿Por
qué es tan difícil encontrar un "peluche" de lobo?
Y seguramente aquí estará también la clave de que prácticamente
sea imposible hallar en el mercado un solo "peluche" de lobo
(al menos yo no he sido capaz de encontrarlo, ¡y me encantaría!),
mientras que proliferan por todo el mundo mil versiones de muñecos
representando a osos, leones, tigres, cocodrilos, serpientes,
tiburones y otros muchos animales potencialmente más peligrosos para
el hombre que el propio lobo.
Y es que el lobo no es sólo un animal. Es todo un mito, un símbolo
del mal sobre el que el hombre se ha encargado de apilar injustamente
durante siglos los calificativos más indeseables de la propia
condición humana: cruel, sanguinario, feroz, diabólico, traidor,
repugnante, despreciable. Y todo porque, en el fondo, el lobo no es
más que uno de los pocos animales salvajes que el Homo sapiens
no ha conseguido dominar a lo largo de su historia, y uno de los pocos
carnívoros capaces de competir directamente con él como cazador y
como superpredador, amenazando en ocasiones lo que más le duele,
¡sus intereses económicos!
No obstante, los daños causados por los lobos deben resarcirse con
prontitud y generosidad a los ganaderos afectados, por parte de las
Administraciones competentes en materia medioambiental, pues las
modestas economías rurales no tienen por qué asumir en exclusiva los
costes de mantenimiento de una especie que es patrimonio natural e
irrenunciable de todos.
Los ganaderos, por su parte, deben desterrar la "picaresca"
que frecuentemente existe a la hora de reclamar los daños, y hacer
todo lo posible para proteger sus ganados de los ataques de los lobos,
cuidándolos durante el día con pastores y perros mastines y
guardándolos por la noche en cercados o apriscos adecuados.
A un
paso de la extinción en el Sur de la Península Ibérica
La Historia ha demostrado que el hombre es muchísimo más peligroso
para el lobo que el lobo para el hombre. Y la prueba es que a lo
largo de los últimos siglos ha conseguido exterminarlo de una gran
parte de su área de distribución original, sobre todo en los países
"civilizados". Aunque afortunadamente se está produciendo
en los últimos años un lento pero evidente proceso de recuperación
de los lobos en casi todo el mundo, que están reconquistando algunos
de los territorios de los que fueron exterminados, y que incluyen
ciertas zonas del Norte de nuestra Península.
Las poblaciones del Sur ibérico, por el contrario, cuentan con muy
escasos efectivos, con un alto grado de consanguinidad, y están
gravemente amenazadas de extinción; y su potencial genético
desaparecerá para siempre en muy pocos años si no se toman
urgentemente medidas drásticas y valientes, que debieran incluir el
reforzamiento genético de los últimos lobos que sobreviven en
Andalucía con lobos salvajes procedentes del Norte peninsular, o con
ejemplares nacidos o criados en cautividad.
Y aunque los conceptos "reintroducción",
"restauración de las poblaciones", "reforzamiento
genético" siguen siendo tabú para muchos técnicos y
políticos responsables de la conservación de la Naturaleza en
nuestro país, que en el fondo preferirían que los últimos lobos
andaluces desaparecieran lo antes posible para quitarse un
"problema" de encima, creo que la Sociedad debe exigirles
que se movilicen urgentemente y que tomen todas las medidas necesarias
para evitar esa "extinción anunciada", ahora que todavía
se está a tiempo.
Si este reportaje sobre la nueva historia de Caperucita sirve para que
una sola persona pierda el miedo irracional e injustificado hacia los
lobos, y para que los ciudadanos andaluces y sus políticos se den
cuenta de que están a punto de perder para siempre una de las especie
más emblemáticas de su fauna, entonces habrá valido la pena su
publicación.
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