Jugando con lobos
LA NUEVA HISTORIA DE CAPERUCITA ROJA Y EL LOBO... ¿FEROZ?

Madrid, abril 2003 (Texto: Blanca Sanz y Carlos Sanz / Fotografías: Carlos Sanz) 

Aunque mi nombre es Blanca, mis amigos seguramente empezarán a llamarme Caperucita Roja a partir de ahora. Y supongo que no me importará.

Acabo de cumplir once años y me considero una niña ciertamente afortunada, pues desde que apenas me tenía en pie he jugado frecuentemente con unas mascotas un tanto especiales: ardillas, cervatillos, gatos monteses, jinetas, zorros y lobos.

Sí, ¡¡lobos!!. Aunque a muchas personas pueda parecerles, tal vez, algo increíble.

Mi padre es un biólogo que lleva muchos años trabajando en la realización de documentales sobre la Naturaleza, y junto a él he aprendido a conocer, respetar y proteger a los animales y a las plantas, y me ha enseñado también que todos los seres vivos del Planeta, desde los más pequeños a los más grandes, tienen derecho a existir en su estado natural, independientemente de su utilidad para el hombre. Y hoy le he pedido "que me ayude" a redactar estas líneas.

A mí siempre me ha gustado ayudarle a cuidar sus animales, y especialmente a criar los cachorros de lobo que tenía que acostumbrar desde pequeños a la presencia de las personas y de las cámaras, para que no se asustaran de los equipos de rodaje y les permitieran grabar los momentos más íntimos y trascendentales de su biología, imágenes muy difíciles o imposibles de obtener en estado salvaje: caza, establecimiento de jerarquías, cortejo nupcial, alumbramiento y crianza de lobeznos.

Y a lo largo de más de ocho años me he criado jugando con los lobos, y ellos me han aceptado en sus manadas como si fuera un cachorro más, cuidándome y respetándome en todo momento, y no manifestando jamás hacia mi persona el menor signo de agresividad. Aunque debo reconocer que sus juegos son a veces algo bruscos, y en más de una ocasión me han agarrado de la coleta, se han alzado de patas sobre mí hasta tumbarme en el suelo, y me han pisoteado sin demasiados miramientos.

Pero por lo general su actitud ha sido siempre de afecto, cariño y sumisión, especialmente en presencia de mi padre, al que todos consideran como líder indiscutible de la manada. Y puedo asegurar que los lobos pueden ser unos fieles amigos y unos buenos compañeros de juegos, y a pesar de tratarse de animales "salvajes", son mucho menos violentos y agresivos que muchos perros de los que se consideran "domésticos".

Sé perfectamente que los lobos son víctimas de una leyenda negra y que tienen muy mala fama, y que tradicionalmente se les ha considerado unos peligrosos devoradores de personas, unos animales crueles y sanguinarios que matan por el simple placer de matar e, incluso, unos seres maléficos poseídos por el mismísimo diablo. Toda una serie de falsedades y calumnias, basadas generalmente en la superstición y en la ignorancia, y alimentadas en buena parte por muchas fábulas, leyendas, películas y cuentos infantiles, en donde los lobos casi siempre son los malos.


Derrumbar el mito del "Lobo Feroz"

Pero sin duda es el cuento de Caperucita Roja (publicado por el francés Charles Perrault a finales del Siglo XVII), el que más daño ha causado al lobo, pues durante más de trescientos años ha ido grabando en el subconsciente de millones y millones de niños (y de muchos padres) la falsa imagen del lobo como "devorador de personas".

Y tal vez haya llegado el momento de derrumbar ese arraigado mito del "Lobo Feroz", contrarrestando la imagen del lobo que se come a Caperucita y a su abuelita, mil veces representada en grabados y dibujos, con una serie de imágenes reales y actuales que demuestran que "los lobos no son tan fieros como los pintan".

Y sería deseable que las fotografías que ilustran este reportaje, y que muestran una nueva e insólita versión del cuento de Caperucita, tuvieran la mayor difusión posible, dentro y fuera de nuestro país. Para que a los niños del mundo entero se les quedara grabada también esta otra imagen del "amigo lobo", y poco a poco fueran cambiando el ancestral miedo a esta mítica criatura por otros sentimientos de admiración, respeto y tolerancia, más acordes con la realidad y la información de que se dispone actualmente sobre esta emblemática y fascinante especie.

Es probable que en otros tiempos en que los lobos eran mucho más abundantes, éstos llegaran realmente a devorar a algunos humanos; pero en la inmensa mayoría de los casos se trataría de personas que habrían fallecido previamente en pleno campo a causa de algún accidente o enfermedad, o que habrían quedado sin adecuada sepultura en el transcurso de las innumerables guerras y contiendas que han tenido lugar a lo largo de los siglos, y que frecuentemente sembrarían de cadáveres montes y llanuras. Restos humanos que, sin duda, serían oportunamente aprovechados por buitres, zorros, lobos y todo tipo de carroñeros.

Pero en muy contadas y excepcionales ocasiones los lobos habrán atacado directamente a las personas, y desde luego esa posibilidad es remota en nuestro país en los últimos tiempos. De hecho, el último caso documentado del que se tiene constancia data de 1974, cuando tres niños fueron atacados supuestamente por una loba en Rante (Orense), muriendo dos de ellos. Pero ni siquiera en ese luctuoso suceso pudo demostrarse que fuera realmente la loba abatida la responsable de la tragedia, y fueron muchas las voces que por aquel entonces la imputaron a perros asilvestrados.

Pues realmente son los perros abandonados, asilvestrados o simplemente descontrolados por sus dueños (cada vez más abundantes en nuestros campos), los auténticos responsables de muchos de los daños atribuidos tradicionalmente a los lobos, tanto en las personas como en las especies cinegéticas y en la cabaña ganadera.


Matar para comer

Bien es cierto que los lobos son animales poderosos, que hacen gala de gran fuerza y agresividad a la hora de cazar sus presas, pues como todos los carnívoros necesitan capturar a otros animales para alimentarse y sacar adelante a su familia.

Pero los lobos jamás matan "por el placer de matar", como frecuentemente afirman algunos humanos. Y creo que, entre todos las especies del Planeta, el hombre es el único que puede llegar a matar simplemente por placer, y no sólo a otros animales, sino también a sus propios congéneres. Los lobos, por el contrario, solamente matan para comer y para defenderse, o para proteger su territorio y su familia de la amenaza de otros predadores.

Además, los lobos también manifiestan un marcado espíritu de grupo, una notable fidelidad a su pareja y una inmensa ternura y delicadeza hacia sus cachorros. E incluso llegan a adoptar a lobeznos huérfanos o procedentes de otras camadas, a los que cuidan y defienden solidariamente entre todos los miembros del clan.

Y al llegar a este punto quisiera contar algunas curiosas anécdotas que, a pesar de mi corta edad, ya he tenido el privilegio de experimentar. Aún no había cumplido tres años cuando empecé a ser un poco "niña-loba", compartiendo mis juegos con mi hermano Miguel y con otros cinco "hermanos-lobos" nacidos en la primavera de 1994, y procedentes de dos camadas diferentes: "Mowgli", "Grefa" y "Nuri", por una parte, y "Fugi" y "Chispa" por otra.

Todos estos lobos fueron criados con el máximo cariño y meticulosidad desde sus primeras semanas de vida, siguiendo las pautas de un proceso que los etólogos llaman "troquelado" o "imprinting". Lo que permitió que estos animales de carácter marcadamente social aceptaran perfectamente en su manada a las personas, y que ellos mismos se integraran sin problemas en una polifacética manada humana, compuesta por niños, biólogos, técnicos de sonido, operadores y cámaras de televisión.

Y cabe reseñar que estos lobos ibéricos y sus descendientes son tal vez los más "famosos" de todos los de su estirpe (junto con sus congéneres de "El Hombre y la Tierra"), pues han protagonizado diversas secuencias para numerosos programas y series documentales sobre la Naturaleza española, tales como "La España Salvaje", "La Ruta Alternativa", "Los últimos lobos de la Península ibérica", y asimismo han participado en varios programas informativos de diversas cadenas de televisión en defensa de su especie.

"Nuri" parió en 1996, y "Chispa" ha repetido maternidad en cuatro ocasiones desde ese año. Y en todos los casos las lobas nos han permitido a mí y a mi hermano coger a sus cachorros y jugar con ellos en el interior de la lobera, despegándolos a veces de sus pezones mientras mamaban, con su total complacencia y sin el menor signo de recelo o agresividad. Pues ellas sabían perfectamente que no tenían nada que temer de nosotros, y que jamás haríamos el menor daño a los lobeznos. Por supuesto, estos atípicos y gratificantes encuentros los realizábamos siempre acompañados de nuestro padre, y bajo su atenta y vigilante mirada...

Debo reconocer que la sensación de jugar con unos lobeznos de pocos días en el interior de una lobera, mientras que su madre entraba y salía continuamente para asegurarse de que "todo iba bien", resultaba a veces un poco "temible", sobre todo cuando la loba bostezaba o abría la boca, mostrando su poderosa dentadura a pocos centímetros de mi cara.

Lamentablemente, mi querida "Chispa" tiene ya 8 años (el equivalente a 56 años de una mujer), y me temo que ha llegado al final de su vida fértil. De hecho, en la primavera de este 2002 ha tenido un curioso "embarazo sicológico", con dilatación del vientre y producción de leche, pero finalmente no se ha producido el esperado alumbramiento de los cachorros.

No obstante, esta circunstancia nos ha permitido comprobar una vez más (y dejar constancia gráfica de ello en este reportaje) que los lobos no sólo se comportan como unos buenos padres cuando tienen descendencia, sino que también son capaces de adoptar a otros cachorros huérfanos, cuidándolos como si fueran sus propios hijos, y sacándolos adelante sin problemas si se les da la oportunidad.

Y durante los últimos meses hemos querido aprovechar para "romper una lanza" en favor de los lobos, unos hermosos e inteligentísimos animales que para nosotros son además unos nobles, fieles y cariñosos amigos.

Por todo ello, cuando mi padre me propuso que me disfrazara de Caperucita Roja, y que posara con los lobos para realizar un reportaje fotográfico que contribuyera a derrumbar el mito del "Lobo Feroz", por supuesto que acepté encantada; asumiendo por adelantado que mi "trabajito" de varios meses me obligaría a tener paciencia, a pasar frío y calor, a aguantar algunas incomodidades y a sufrir más de un revolcón.

Pues desde que me regalaron por primera vez el famoso cuento y lo leí, cuando apenas tenía seis años, ya me pareció que era una historia falseada y truculenta, en la que achacaban injustamente al pobre lobo algunas "malas artes" más propias del ser humano que de los auténticos lobos.


Los lobos no se comen a las "caperucitas" ni a las abuelitas

La verdad es que ya tenía ganas de decirle a todo el mundo que el cuento de Caperucita "no tiene ni pies ni cabeza", al menos desde el punto de vista zoológico, y que es totalmente falso que los lobos se coman a los niños, ni a las abuelitas, y que nadie debe tener el menor miedo a los lobos (a excepción, obviamente, de los ganaderos que no protejan adecuadamente a sus reses).

Y debo reconocer que me siento realmente orgullosa de poder protagonizar este singular reportaje fotográfico (que probablemente constituye una auténtica primicia documental) , y de ser una de las pocas niñas del mundo que tienen la posibilidad y el privilegio de convivir con lobos, habiendo sido aceptada como un miembro más de la manada, y con el derecho a compartir con ellos algunos de sus momentos más íntimos. Pues no sólo me han permitido participar en sus juegos y carreras, meterme en sus loberas o alimentar a sus cachorros, sino que también he participado con los lobos, a la luz de la luna llena, en ese exclusivo y estremecedor coro de aullidos que a veces lanzan al cielo para comunicarse con sus congéneres.

Pero también debo decir que los lobos "bien criados", como los que forman parte de nuestra atípica manada, aceptan perfectamente a cualquier persona que se acerque a ellos en nuestra compañía, que les demuestre afecto y confianza, y que no tema jugar con ellos como si se tratara de sumisos perrillos. Y yo creo que con su cerebro lobuno, ciertamente inteligente, llegan a la siguiente conclusión: "los amigos de mis amigos son mis amigos". E inmediatamente se comportan con los visitantes afectuosos como si les conocieran de toda la vida... Y de este modo, y disfrazada de Caperucita, he posado con los lobos en compañía de mi auténtica abuelita (más confiada y sonriente que en el cuento original) y de otros familiares y amigos, con la completa seguridad de que ninguno de ellos correría el menor riesgo...

Pero como a los niños de medio mundo se les ha dormido durante generaciones con este absurdo cuento, y con canciones de cuna que repiten aquello de "duérmete niño, duérmete ya, que viene el lobo y te comerá" , no es de extrañar que la mayor parte de la población de los países "civilizados" crezca con el miedo atávico e irracional al lobo, cuando la inmensa mayoría jamás ha visto ni verá probablemente a un lobo en toda su vida.


¿Por qué es tan difícil encontrar un "peluche" de lobo?

Y seguramente aquí estará también la clave de que prácticamente sea imposible hallar en el mercado un solo "peluche" de lobo (al menos yo no he sido capaz de encontrarlo, ¡y me encantaría!), mientras que proliferan por todo el mundo mil versiones de muñecos representando a osos, leones, tigres, cocodrilos, serpientes, tiburones y otros muchos animales potencialmente más peligrosos para el hombre que el propio lobo.

Y es que el lobo no es sólo un animal. Es todo un mito, un símbolo del mal sobre el que el hombre se ha encargado de apilar injustamente durante siglos los calificativos más indeseables de la propia condición humana: cruel, sanguinario, feroz, diabólico, traidor, repugnante, despreciable. Y todo porque, en el fondo, el lobo no es más que uno de los pocos animales salvajes que el Homo sapiens no ha conseguido dominar a lo largo de su historia, y uno de los pocos carnívoros capaces de competir directamente con él como cazador y como superpredador, amenazando en ocasiones lo que más le duele, ¡sus intereses económicos!

No obstante, los daños causados por los lobos deben resarcirse con prontitud y generosidad a los ganaderos afectados, por parte de las Administraciones competentes en materia medioambiental, pues las modestas economías rurales no tienen por qué asumir en exclusiva los costes de mantenimiento de una especie que es patrimonio natural e irrenunciable de todos.

Los ganaderos, por su parte, deben desterrar la "picaresca" que frecuentemente existe a la hora de reclamar los daños, y hacer todo lo posible para proteger sus ganados de los ataques de los lobos, cuidándolos durante el día con pastores y perros mastines y guardándolos por la noche en cercados o apriscos adecuados.


A un paso de la extinción en el Sur de la Península Ibérica

La Historia ha demostrado que el hombre es muchísimo más peligroso para el lobo que el lobo para el hombre. Y la prueba es que a lo largo de los últimos siglos ha conseguido exterminarlo de una gran parte de su área de distribución original, sobre todo en los países "civilizados". Aunque afortunadamente se está produciendo en los últimos años un lento pero evidente proceso de recuperación de los lobos en casi todo el mundo, que están reconquistando algunos de los territorios de los que fueron exterminados, y que incluyen ciertas zonas del Norte de nuestra Península.

Las poblaciones del Sur ibérico, por el contrario, cuentan con muy escasos efectivos, con un alto grado de consanguinidad, y están gravemente amenazadas de extinción; y su potencial genético desaparecerá para siempre en muy pocos años si no se toman urgentemente medidas drásticas y valientes, que debieran incluir el reforzamiento genético de los últimos lobos que sobreviven en Andalucía con lobos salvajes procedentes del Norte peninsular, o con ejemplares nacidos o criados en cautividad.

Y aunque los conceptos "reintroducción", "restauración de las poblaciones", "reforzamiento genético" siguen siendo tabú para muchos técnicos y políticos responsables de la conservación de la Naturaleza en nuestro país, que en el fondo preferirían que los últimos lobos andaluces desaparecieran lo antes posible para quitarse un "problema" de encima, creo que la Sociedad debe exigirles que se movilicen urgentemente y que tomen todas las medidas necesarias para evitar esa "extinción anunciada", ahora que todavía se está a tiempo.

Si este reportaje sobre la nueva historia de Caperucita sirve para que una sola persona pierda el miedo irracional e injustificado hacia los lobos, y para que los ciudadanos andaluces y sus políticos se den cuenta de que están a punto de perder para siempre una de las especie más emblemáticas de su fauna, entonces habrá valido la pena su publicación. 

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