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La laguna de Rapagna: |
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Madrid,
junio de 2005 |
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El tramo final
Tras el descanso solo quedaba la conquista de la laguna. La
vegetación cambiaba conforme avanzábamos por la quebrada. El ichu empezaba a
dominarlo todo. Pocos eran los tramos planos, todo era subida y las
distancias entre cada descanso se hacían más cortas. Empecé a dudar de lograr
mi cometido y cada minuto pensaba seriamente en quedarme sentado y esperar a
que los otros regresen. Tres de nuestros compañeros se adelantaron
descaradamente hasta desaparecer tragados por las alturas. Luego los vería
como pequeños puntos de colores inalcanzables. En ese momento decidí dejar
todo de lado y embutirme lo que me quedaba de alimento y así, esperar con la
barriga llena y feliz de la vida que bajen de ver esa insignificante laguna.
Sana envidia.
Sin embargo, tras recibir el último aliento decidí subir lo (poco)
que faltaba. Ya si estaba tan alto, qué son unos insignificantes metros más.
Tras hacer los últimos esfuerzos, empecé a sentir que por fin estaba
llegando. Vi a uno de los caminantes salir de entre dos cerros. Pensé en una
aparición divina. Esto significaba que estábamos muy cerca y efectivamente
tras unos metros más, un camino como el de un palacio, nos preparaba una gran
vista de la Laguna de Rapagna. Sentí una extraña sensación de placer y de
reconocimiento a tremendo esfuerzo. Por fin la tan ansiada meta estaba ante
mí y mis magullados pies.
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El color turquesa de la laguna contrastaba con los cerros que la
protegían. A lo lejos se divisaba algún nevado imponente. La laguna parecía ejercer
cierto magnetismo sobre mí. La calma que imperaba en el lugar era
sorprendente. Sentía una sensación muy agradable. El viento que soplaba
desordenado, me traía solo gratos recuerdos y evocaba diversas ausencias. Los
cerros que rodeaban a este espejo de agua se empecinaban en llegar cada uno
más alto, sin llegar ninguno a convencer.
El reflejo del agua se torna por momentos negro contrastando con el
color cristalino del agua de las orillas. Su vista quedará por siempre en mi
retina. Tras deleitarme con esta magnifica vista y sentarme a observar cada
milímetro del paisaje, tuvimos que iniciar la triste retirada. Increíble
recorrer de vuelta todo lo que había caminado. Días después me cuesta creer
todo lo que he caminado. En dos horas y media de descenso llegamos a la
carretera central. Para llegar a la laguna necesité 5 horas y media. Acá el
tiempo no juega un papel muy importante. La sensación de lograr una meta es
lo trascendental. Pese a sentir que algo me faltaba, llegué a ese sitio tan
cercano pero remoto a la vez. Ese lugar que está alejado de todo el infierno
citadino, es realmente paradisíaco. Si quiere visitar la laguna debe sentirse
preparado para caminar tan solo algo más de 20 Km. en total, pero que parecen
20 millas.
Solo es cuestión de asumir el reto y "trepar" hacia el
cielo. Ya en la altura encontraremos belleza, tranquilidad y un bálsamo para
nuestras sensibles almas. ¿Quién no lo necesita?
Enrique Angulo Pratolongo
Periodista
Dirección e-mail: eangulopratolongo@gmail.com
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