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Aventura |
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Por Román Bascuñana (2004) / Fotos: Patagonia Expedition Race |
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Crónica de dos travesías por Tierra de Fuego: desde Puerto Arturo hasta el Lago Deseado y desde el Lago Deseado hasta el Canal del Beagle
[Foto: Puerto Navarino]
Al sur del paralelo 53º, separada del continente americano por el Estrecho de Magallanes, se encuentra la isla de Tierra de Fuego o Karukinka, nombre original dado por las tribus nativas de la zona. Este es sin duda, uno de los territorios mejor conservados y menos explotados de Patagonia. Recorrer estas tierras nos hace rememorar las gestas de sus primeros descubridores, como Fernando de Magallanes, o de los que dejaron sus nombres en la toponimia del lugar y en los anales de la historia de la exploración científica, como Darwin, Fitz Roy, el Beagle o Le Maire. Otros nombres hacen referencia a lo épico de las aventuras vividas por sus descubridores: el temible Cabo de Hornos, la provincia de Última Esperanza, la isla Desolación, la Bahía Inútil o la Bahía del Hambre sirvan como ejemplos. Geomorfológicamente, la isla está dividida en dos grandes áreas. La mitad norte esta dominada por los terrenos llanos, las pampas y turberas de escasa altitud barridas continuamente por el viento, son morada del omnipresente guanaco, el ñandú y aves como el caiquén. Los ríos de aguas transparentes son el paraíso de pescadores que acuden de distintas zonas del mundo en busca de la sabrosa trucha arco iris. La mitad sur de la isla, sin embargo, esta dominada por las cadenas de montañas que forman la Cordillera de Darwin. El paisaje se torna abrupto, salvaje: impenetrables bosques de lenga, canelo y calafate dominan los fondos de los valles. Ríos de aguas bravas, lagos de cientos de kilómetros de largo, interminables turberas, zonas pantanosas devastadas por la acción de los castores, glaciares, ventisqueros que vierten sus témpanos al mar... todo unido en un espectáculo de naturaleza sin igual. Actualmente
no
quedan
más
que
antiguos
vestigios
de
las
tribus
que
ocuparon
estas
tierras,
como
los
Yámana
(o
Yaganes),
los
Onas
o
los
Haush.
Pueden
visitarse
distintos
museos
donde
se
refleja
el
modo
de
vida
de
estos
ancestrales
nativos
en
un
terreno
tan
hostil
para
la
supervivencia
humana. Con el objetivo de recorrer la cordillera que, paralela a la cadena principal, flanquea la costa norte del Seno Almirantazgo, partimos de Punta Arenas en una barcaza que nos cruza hasta la población de Porvenir, al otro lado ya del Estrecho de Magallanes. Desde aquí, más de 300 km de pista de ripio bordean la Bahía Inútil y la costa oeste de la isla, hasta el punto donde el camino se convierte en una verdadera aventura 4x4 dentro de un bosque en el que el barro es el principal protagonista. Tras cruzar el río Cóndor, quedar encallados en algún barrizal y romper algún neumático, llegamos al antiguo caladero de Puerto Arturo, hoy abandonado. Aquí comienza nuestro trekking, con la incertidumbre de más de 80 km por delante completamente vírgenes, desconocidos, hasta el punto donde el vehículo habrá de recogernos, el Lago Deseado. Nuestros cálculos son de 6 días, pero porteamos provisiones para 8. Una tienda para dos personas, un hornillo, ropa seca de recambio y una buena dosis de incertidumbre son nuestro equipaje. Mi compañero Daniel Rutlland, guía de montaña e instructor de la Escuela Chilena de Andinismo, está mucho más habituado que yo a este tipo de terreno. Formamos un equipo ligero y autosuficiente. La primera jornada comienza en un filo bien definido. Sólo un par de horas de bosque no muy denso nos llevan a la parte alta de la cresta por la que nos movemos con rapidez, de collado en collado, siguiendo las perfectas huellas que los guanacos dejan en la ladera, y que a mí me recuerdan a los senderos en las pedreras de Picos de Europa. Al atardecer, las vistas hacia el monte Buckland son espectaculares. En una segunda jornada decidimos bajar a la costa para recorrer la máxima distancia posible por la playa y evitar así desniveles demasiado fuertes. Tras la primera jornada de 14 horas cargados con esas mochilas de 90 litros, el cuerpo nos pide tomarlo con calma. Alcanzamos la playa bajo una fuerte lluvia y tras una dura pelea con 500 m de bosque cerrado que nos retrasa casi una hora. La progresión por la playa, sin embargo, dura bien poco. La costa se convierte en una barrera esquistosa, resbaladiza, que dificulta el avance. La otra alternativa, el bosque, nos hace alcanzar las vertiginosas medias de progresión de 400 m por hora. Decidimos, pues, volver a terreno más alto donde el avance sea más efectivo. La tercera jornada sigue la tónica de la anterior. Pampas a media ladera y ocasionalmente barrancos de frondoso bosque que cruzar. A media tarde llegamos, tras cruzar el río Paralelo, a una estancia de pescadores junto a la playa, que no nos sirve de mucho pues está cerrada con candado. El avance es más lento de lo esperado. La cuarta jornada perdemos 4 horas en superar 2 km de bosque, la costa una vez más, impracticable. Alcanzamos de nuevo la cota 700 m y volvemos a la comodidad de la huella de los guanacos, por la que avanzamos otros 12 km completando una jornada más o menos aceptable. Empiezo a tenerle cariño a estos simpáticos y curiosos animalillos. El siguiente día, quinto, amanece nevado. Decidimos mantenernos en la ladera norte, algo más protegida de los fríos vientos del SW. Aunque avanzamos con buen ritmo, el retraso esta vez nos lo provocan los valles que se internan en nuestra cordillera y que hemos de rodear uno tras otro. 10 km lineales en el mapa suponen más de 20 en el terreno, parece que no vamos a llegar nunca. El sexto día seguimos en la ladera N. Más lejos de la costa, avanzando algo más rápido que las últimas jornadas. Tenemos que llegar al viejo aserradero de La Paciencia, y todo va bien hasta que no tenemos más remedio que volver al bosque para cubrir los últimos 2 km de la jornada. El suelo deja entonces de existir, nos convertimos en funambulitas sobre un caos de árboles caídos unos sobre otros que me recuerda a ese juego de palillos chinos, pero a gran escala. Llegamos de noche a la estancia, donde coincidimos con unos baqueanos que están recogiendo ganado por la zona. Esa noche dormimos bajo un techo y con la panza llena de un magnífico guiso de ternera. La
siguiente
jornada,
séptima,
comienza
siguiendo
la
huella
del
ganado.
Los
estancieros
nos
dieron
alguna
útil
referencia,
por
lo
que
ahora
solo
es
cuestión
de
seguir
un
camino
bien
marcado,
aunque
en
algún
tramo
el
barro
nos
llega
hasta
las
rodillas;
le
pregunto
a
Daniel:
“¿qué
te
gusta
más,
el
barro
o
el
bosque?”.
Por
la
tarde
me
devuelve
la
pregunta
“Y
a
ti,
¿el
bosque
o
la
turba?”.
Cuando
el
camino
desaparece
no
hay
más
remedio
que
avanzar
por
el
húmedo
turbal,
sensación
de
andar
sobre
cojines
de
plumón.
La
noche
nos
sorprende
y
buscamos
una
orilla
seca
del
río,
lejos
ya
de
la
playa.
El
GPS
nos
confirma
la
proximidad
del
Lago
Deseado,
donde
llegamos
a
la
mañana
siguiente.
El
4x4
nos
devuelve
al
reposo
merecido
en
Punta
Arenas,
tras
8
días
de
fatiga. El descanso duró lo justo para recuperarnos de los dolores, y por la mente se nos pasa terminar la travesía. Volvemos al Lago Deseado y desde allí comenzamos a andar hacia el sur, con el mismo planteamiento de la vez anterior, pero con el objetivo de llegar al final de la isla, al Canal del Beagle. El trekking no puede comenzar mejor: elegimos un valle por el que no hay camino alguno. Bosque cerrado y fuerte pendiente para llegar a un portezuelo que nos abre paso al valle del río Alonso. El comienzo de la bajada es rápido, huellas de guanaco que se van perdiendo conforme se cierra el bosque hasta que acabamos en un nuevo caos de troncos caídos, matorral bajo y fuertes pendientes que nos desesperan. Tras 14 horas de actividad llegamos a acampar a orillas del lago Fagnano, barrera natural que se extiende más de 100 km hacia el este, hacia Argentina. La segunda jornada rodeamos el lago hacia el W, más corto. El camino es de nuevo inexistente y tenemos que buscar de nuevo la mejor trazada, lejos del bosque, en la ladera. El desagüe natural del lago es el río Azopardo, que debemos cruzar. Como equipo autosuficiente que somos, hemos previsto un plan: un bote inflable de juguete y 70 m de cordino. Media hora de soplidos y probamos suerte por el lago, más ancho pero con menos corriente que el río. Uno cruza, otro recupera el bote y así vamos pasando las mochilas. Aun con esta depurada técnica nos mojamos casi enteros, el agua está cerca de los 8 ºC. Un lobo marino nos observa curioso, ha subido por el río para instalarse en el lago a comer salmones, yo me pregunto si no comerá también botes hinchables. El siguiente tramo transcurre por el valle del río Betbeder, al que llegamos por la otra orilla del Fagnano, en ocasiones teniendo que decidir entre el tupido bosque o el agua hasta la cintura. El valle es plano y amplio, el bosque ha sido sustituido por una interminable turbera, presas de castor y pantanos. La lluvia nos acompaña toda la jornada, intensa sensación de frío. Por la tarde tras salir de un nuevo tramo de bosque difícil, encontramos unas marcas en los árboles y un escueto indicio de sendero por el que posiblemente haga años que no pasó nadie. No es hasta la cuarta jornada cuando alcanzamos el punto más alto, el Paso de las Lagunas, situado en la cadena principal de la Cordillera de Darwin. Aunque sus escasos 800 m de altitud puedan parecer poco, la sensación es muy alpina, al estar rodeados de glaciares, morrenas y unos cerros espectaculares. Desde aquí hemos de prestar atención para elegir el valle correcto, de lo contrario acabaríamos en Argentina. Cuando comienza de nuevo el bosque aparece un sendero de ganado, muy embarrado pero fácil de seguir que completamos al siguiente día, quinto, para llegar al valle de Lapataia. El río es más grande de lo que esperábamos; volvemos a inflar el bote con idea de cruzar andando sujetos a nuestra improvisada barcaza de transporte de mochilas. La fuerte corriente y el hecho de no hacer pie nos hace desistir. Probamos varios sitios hasta que encontramos una pasada con el agua por encima de la cintura. No sé si el frío se debe a la tormenta de aguanieve que cae en ese momento, o a los 6º C del agua del río, pero tengo claro que la única solución es seguir en movimiento. Tras dos horas sin parar de andar conseguimos entrar de nuevo en calor y casi secar nuestra ropa, que la lluvia se encargó luego de volver a mojar. Por la tarde llegamos al río Yendegaia, que baja del glaciar Stopani hacia la Caleta Ferrari, brazo de mar del Beagle. Acampamos
cerca
de
la
playa,
completando
la
travesía
el
sexto
día
(14
en
total),
en
el
que
llegamos
al
puesto
de
Carabineros
de
Yendegaia.
Los
“pacos”
nos
reciben
demostrando
una
vez
más
la
hospitalidad
chilena:
asado
de
vacuno,
chimenea,
ducha
caliente
y
cama.
Con
su
emisora
contactamos
con
Puerto
Williams,
y
así
conseguimos
que
la
barcaza
comercial
que
une
esta
localidad,
la
más
austral
del
planeta,
con
Punta
Arenas
pase
a
por
nosotros
terminando
esta
aventura
con
35
horas
de
navegación
por
el
Beagle,
contemplando
focas,
ballenas,
delfines,
pingüinos
y
glaciares.
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Parte
del
recorrido
de
este
trekking
fue
seleccionado
para
el
Raid
PATAGONIA
EXPEDITION
RACE,
celebrado
en
febrero
de
2004
en
Tierra
de
Fuego,
del
cual
fuimos
directores
técnicos.
Los
550
km
de
recorrido
de
esta
carrera
han
supuesto
que
sea,
aparte
de
la
carrera
más
austral
del
mundo,
el
recorrido
más
duro
en
una
prueba
de
este
tipo,
a
juicio
de
los
corredores. LanChile tiene vuelos desde las principales ciudades de Chile a Punta Arenas. También es posible acceder vía Ushuaia por Argentina o por tierra desde río Gallegos. Para llegar a Puerto Williams las posibilidades son volar desde Punta Arenas con aerolíneas DAP o bien hacer el trayecto en barcaza (una vez por semana) con la transbordadora Broom Ltda.
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El AutorRomán Bascuñana Díaz, geólogo, Técnico Deportivo en Montaña y Escalada e Instructor de la Escuela Castellano Manchega de Montaña. Guía de montaña para la empresa SERAC S.C., ha participado en numerosas expediciones y trekkings en las principales cordilleras del mundo: Himalaya, Andes, Rocosas, Alpes... Actualmente es Director Técnico del Raid Patagonia Expedition RACE. |
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