Desarrollo sostenible
Movimientos alternativos apuestan por reconvertir áticos y terrazas de las grandes ciudades en huertos verdes

Madrid, junio 2003 (P. Larena/Infoecología)

¿Qué pensaría San Isidro Labrador si levantara la cabeza y pudiera ver las terrazas y balcones de Madrid convertidos en pequeños huertos urbanos? Tomates, zanahorias y plantas aromáticas en vez de geranios y margaritas. Parece una utopía, pero desde hace tiempo ciudades tan dispares como Nueva York y San Petersburgo apuestan por ella. Y Barcelona, sin ir más lejos, acaba de sumarse a la idea. Allí, la Concejalía de Medio Ambiente impulsa una campaña para animar a los ciudadanos a plantar verduras y hortalizas en sus terrazas. Además de comer más sano, dicen que ayudaría a controlar el aumento de las temperaturas y a respirar un aire más sano. 

En un 'puente' tan significativo para los madrileños como el de San Isidro, cobra inusitada actualidad la forma en cómo se ganaba la vida el santo patrón. Hace siglos que las numerosas huertas que rodeaban el casco histórico de Madrid quedaron engullidas por el asfalto, pero algo de su espíritu pervive. 

Ante la escasez de suelo fértil, hay quienes se empeñan en recuperar los espacios urbanos para mejorar la calidad de vida. En Madrid todavía son casos aislados, pero en Barcelona, la Fundación Terra ha conseguido que el ayuntamiento apoye una campaña para que los barceloneses se animen a cultivar plantas comestibles en patios, terrazas y balcones, para su autoconsumo. "La terraza o el balcón de la vivienda puede proveer de alimentos sanos y de confianza para el consumo familiar y transformar un espacio habitualmente gris en un oasis", aseguran. Al presentar esta iniciativa, la concejala de Medio Ambiente, Imma Mayol, explicó que está pensada para producir, de forma ecológica, pequeñas cantidades de verduras, sin abonos químicos ni insecticidas. Con los desechos orgánicos del hogar, restos de verduras y frutas, restos de café e infusiones… se puede elaborar compost y crear un suelo fértil y permanente para las plantas. 

Todo depende también del espacio que se posea. Los afortunados propietarios de áticos con amplia terraza podrían obtener, siendo optimistas, hasta 10 kilos de tomates, 25 de lechugas o 15 de pepinos en una temporada. 

Para Jordi Miralles, presidente de la Fundación Terra, la clave reside en un sustrato orgánico especial a base de compuesto. "Con poca profundidad podemos cultivar plantas que de otra forma no podríamos". Además, añade que "este sustrato permite el reciclaje de las basuras para conseguir un compuesto de alta calidad". Para la concejala Mayol, los huertos urbanos "permiten que no haya una separación tan grande entre la ciudad y el campo, y que los barceloneses tengan un contacto mayor con la naturaleza". Si además se combinan plantas comestibles con las ornamentales, se puede conseguir un espacio de gran belleza. 

Tejados verdes en San Petersburgo y Nueva York
Leslie Hoffman, arquitecta y jardinera de Nueva York que impulsa el movimiento de "tejados verdes" desde la organización Earth Pledge, explica que éstos sirven para compensar el efecto de "isla de calor" que se produce en las grandes ciudades. Los oscuros tejados convencionales absorben e irradian la luz del sol, provocando un aumento de las temperaturas en las tardes de verano. Por esta razón, los neoyorkinos abusan del aire acondicionado y, por consiguiente, disparan el gasto de energía, con lo que ello significa también de emisiones contaminantes a la atmósfera. "Con la revegetación de decenas de edificios, la temperatura podría bajar sustancialmente en verano y se podrían ahorrar hasta 16 millones de dólares anuales de consumo energético". Además, en opinión de Hoffman, con los "tejados verdes" se llegaría a absorber el 75 por ciento del agua de lluvia, reduciendo la presión sobre los sistemas de alcantarillado. 

Ya se sabe que los neoyorkinos son unos snobs, pero los madrileños también tienen mucho que aprender de los habitantes de San Petersburgo, donde se aprovecha hasta el último balcón para plantar tomates. 

Si bien la cosecha no es muy abundante (los tomates que se consiguen tienen el tamaño de cerezas y los pepinos sólo alcanzan la categoría de pepinillos), los peterburgueses los ofrecen con orgullo al visitante, como si en vez de tomates le estuvieran ofreciendo una mina de oro. Y en cierta forma, para sus economías de subsistencia, no deja de serlo.

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