Ecorrelato

LA QUE LIÓ EL GAUDENCIO

(Relato “cológico”) Por Abel Benito para Infoecología.

Me llamo Conrado Treviño, aunque en el pueblo siempre he sido más conocido como “el chico el Gemelo” (así se llamaba mi padre; bueno, no, se llamaba Atanasio, pero como nació con otro a la vez, en la misma parición, pues eso).


Ya tengo mis años y mi jubilación, y por ello me ha tocado vivir la trasformación que ha sufrido (nunca mejor dicho) el campo en general. Siendo pequeño, tras finalizar la Guerra Civil, en estas tierras de Castilla la Vieja se seguía cultivando el campo de la misma forma y con los mismos aperos que en tiempos de Maricastaña que, según una nieta mía que luego les contaré, no se dice así, sino en tiempos de los romanos.


En muchos pueblos de esta región las tierras estaban muy repartidas y sus propietarios conseguían subsistir pobremente. En honor a la verdad, he de decir que yo nunca habría dicho eso tan fino de “subsistir”, pero a todo esto que he escrito le ha metido la pluma esa nieta que he mentado antes, y es la culpable de que haiga cogido un lápiz y me ponga a escribir.


–Abuelo, tú que has vivido otras épocas del campo y la agricultura tienes que relatar alguna historia ecológica que hayas vivido.


–Oye, oye –le dije– ¿qué es eso de cológico?, –y me dijo un montón de cosas que no entendí del todo. Me contó que el cologismo tiene que ver con un movimiento de socios políticos que propugna (?) la defensa de la natura y la del hombre que sale con ella. O algo así.


–Además –le añadí–, tú sabes que sólo fui a la escuela hasta los doce años, y no todos los días, pues mi padre, el Gemelo, me mandó a esa edad a guardar las borregas, y al año siguiente a destripar terrones detrás de la yunta. Mal leo y peor escribo.


–No importa, abuelo, ya corregiré yo aquellas palabras que sean de difícil comprensión, así que aplícate a la tarea. Las que se entiendan las respetaré.


Total que como no tengo gran cosa que hacer, empecé a pensar y me alcordé de cuando la lió el Gaudencio. ¡Me cagüenlá, la que lió!


El Gaudencio era un mozo muy jaque y según decía, mu adelantao a su tiempo. Nos llamaba ignorantes y en las largas tardes de invierno, pasadas en la fragua, (porque allí se estaba caliente y no costaba dinero) proponía cosas que a nosotros nos parecían descabelladas. Decía:


–Vamos a ver, ¿cómo vamos a salir de pobres si seguimos cultivando el campo como en tiempos de Maricastaña? –En tiempo de los romanos, le dije yo–. Plantamos cereales, y no todos, sólo trigo, cebada, avena, algo de centeno y pare usted de contar. ¿Es que no veis lo que hacen los americanos en las películas?

 

–No sé lo que harán –le dijo el Emeterio– pero aquí es lo único que se da.


–Os vais a enterar, paletos. Un primo mío que trabaja de chofer en la embajada de los americanos me va a traer semillas de lo que plantan en Tejas: maíz tratado con cosas raras y química, y girasol; pero no el que se usa para comer pipas, sino otro también con química, para el aceite.


103-0351_IMG.JPG (947630 bytes)Todos nos quedamos callados y nos fuimos a casa pensativos. Cuando llegó febrero, el Gaudencio sembró en un paraje cercano al pueblo, en una finca bastante grande, la mitad de maíz y la otra mitad de girasol. Todos observábamos con escepticismo y hasta con algo de burla la faena del Gaudencio, sobre todo cuando llegó la primavera y allí no nacía nada.


Pero sí, sí. Allá, a finales de abril, comenzaron a aparecer brotes y en pocos días toda la finca era un verdor. Lo veíamos y no lo creíamos. La envidia nos corroía. Y aquello empezó a crecer y crecer. Cada planta medía, ya en julio, cerca de dos metros.


Pero todos notábamos que algo estaba cambiando, aunque todavía no lo sabíamos con certeza. El hecho es que comenzaron a aparecer por el pueblo y sus campos unas enormes bandadas de tordos, o “estorninos” que decía el cursi del boticario, hasta el punto de que se convirtieron en una plaga que se comía no sólo el maíz y el girasol, sino las espigas del trigo y de la cebada, y arruinaba todo lo plantado en los huertos. Nunca había sucedido tal desastre.


También empezaron a verse piaras de jabalís que bajaban del monte para comer en la finca del Gaudencio, haciendo enormes rastreras y destrozos en las otras fincas que encontraban a su paso. Pero no fue eso sólo: cuando todos los labradores habían recogido sus cosechas de cereales y barrido las eras, el Gaudencio todavía tenía que esperar a que se maduraran su maíz y su girasol.


Pero llegó septiembre y comenzó a llover, un día tras otro, unos días más y otros menos, en un temporal que duró más de un mes. Era imposible recoger la cosecha pues ni estaba madura ni la blandura del terreno lo permitía. El maíz y el girasol comenzaron a ponerse tristes y de color oscuro por el moho y cuando llegó la hora de poder cosechar, estaban podridos... ¡Una ruina!


Una ruina para el Gaudencio y un quebranto para todos los demás, ya que perdimos más de un cuarto de la cosecha.


Mi nieta, que sabe de estas cosas, después de leer esta historia me ha dicho que ahora comprenderé qué es eso del cologismo. Que cuando las personas humanas quieren cambiar la normalidad de la naturaleza, ésta protesta gravemente para que la dejen como en los tiempos de Maricastaña, o sea,  de los romanos.

¡Cágüenla con el Gaudencio, la que lió!

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