La ventana, una sección de Arturo Larena Gómez

Tasio, maestro asador y amante de la tierra segoviana
(in memoriam

Cerezo de Abajo (Segovia) Septiembre de 2005 www.infoecologia.com

“La mayor fortuna de un hombre es hallar para su actividad el empleo mas apropiado a sus congénitas aptitudes. Con tal que a ellas responda su tarea, lo mismo da que haga cestos, espadas, canales, estatuas o versos” (EMERSON).


Anastasio Benito Martín, (TASIO). Nació el 17 de agosto de 1916, en Tanarro, (Segovia) y falleció el 5 de agosto de 2005 en Cerezo de Abajo. Casó con Lucía Llorente Burgos en 1945, con la que tuvo cinco hijos

 

Tasio procedía de una familia numerosa, diez eran los hermanos que la componían. Siendo muy niño acompañaba a sus padres en los desplazamientos que estos hacían por lugares y pueblos donde se les reclamaba en fiestas, bodas o cualquier acontecimiento jubiloso que se celebrara. Ellos eran quienes se encargaban de preparar buenas tandas de cordero asado, principal argumento en aquella época de cualquier acontecimiento o festejo que se preciara.

 

Fue Anastasio Benito Martín agricultor, ganadero y comerciante, pero donde se desplegó toda su sabiduría y ciencia fue en el asado de cordero. Era un consumado maestro, autodidacta. Sus asados tenían el sello inconfundible, ese matiz indefinido de lo auténticamente rural, cocinado en horno rural,  en ambiente tan rural, que más no podía ser. No, no tenía nada que aprender ni envidiar de los grandes maestros asadores que hay en Castilla. El era uno de ellos.

 

Siendo su clientela preferentemente local y del contorno, su fama, sin embargo, llegó más allá de estos límites. Varias televisiones se hicieron eco de su insuperable buen hacer, emitiendo reportajes para dar a conocer a los telespectadores como se “manipulaba” un buen asado de cordero. Cuando se colocaba con el mandilón delante de la boca de su horno, Tasio se transformaba en otro ser. Era, podemos decir, un maestro de ceremonias oficiando con dedicación y entrega el rito de convertir una carne de cordero, en exquisito, dorado y crujiente asado. Suculento manjar convertido posteriormente en crujientes bocados, que como nubes difuminadas por sutilísimas ráfagas de viento, serían vistos y no vistos, sin más beneplácito y acompañamiento que la bendición de unos largos tragos de buen vino de Ribera.

Igualmente, los medios corderos, descansando repanchigadamente  en ovaladas fuentes de barro cocido, llegarían a la fiesta de San Benito, allá en su ermita de La Pinilla. Una cálida ovación de los romeros cerraba el recibimiento al maestro Tasio cuando hacía acto de presencia con su furgoneta “dos caballos”, transportando tan rica y suculenta mercancía. De ella iban a dar buena cuenta unos estómagos ya necesitados de ser silenciados tras los agitados y populares bailes del “caramelo”.

 

Hasta poco antes de fallecer y pese a sus achaques, no abandonaría su pasión por asar.  Se sentaba en una silla, frente al horno, y junto a el su yerno Jesús y su nieto Ramiro, recibían las orientaciones precisas para disponer en el interior de las calenturientas fauces del fogón, las cazuelas de asados. Con los grados justos de temperatura, ni de más, ni de menos, el horno iba engullendo cazuelas, una tras  otra, y,  la carne traspasada de calor, se demudaba a tonos llamativos y sugerentes, hasta convertirse en tiempo y hora, en dorados, crujientes, y riquísimos platos de exquisito cordero.

 

Este hombre, además era la ocurrencia en persona. Su léxico verbal atraía a las gentes quienes reían y gozaban viéndole “actuar”. En fiestas sus disparatados y ocurrentísimos disfraces eran todo un atractivo visual. Le gustaba hacer lo que sentía y lo que quería en cada momento. Por el día, su pasión era asar, asar, siempre asar.

Era Tasio, una de las personas mejor informadas de la localidad cerezana. Sabía todo de su querido encinar: “Hay encinas que tienen huecos y nosotros de chavales –contaba él en la página 113 del Encinar de Cerezo-, nos metíamos en los huecos; a lo mejor hacíamos lumbre fuera y allí pasábamos los fríos, las lluvias, las nieves y los nublados”. Por San José y San Isidro, dice que iban a la Dehesa para aclarar las regueras y posteriormente la regaban. Esto se llamaba ir a cendera. Después de acabada la faena organizaban una merienda, donde el vinillo alegraba corazones y las risas triscaban limpias y bulliciosas por amplios horizontes serranos.

 

Apasionado de su tierra

A este pequeño gran hombre, le  molestaban especialmente la desidia y el abandono. Ambas cosas le ponían de mal humor, harto difícil en él, en su modo de ser. Era hombre de orden. ¿Quién apuntalaba con firmeza, con energía, a este hombre, un tanto tranquilo, sereno, de buena “pasta”?: Lucia. Genio y figura, infatigable compañera, con una inquietud que todavía la sigue caracterizando. Estando ya quebradiza su salud, era tanta su insistencia en salir al campo, que ésta, para no dejarle solo, se iba con él para  prestarle ayuda ante cualquier contratiempo. Y es que Tasio tenía necesidad ineludible de andar por los caminos y veredas de su tierra; respirar su polvo, y ensanchar sus pulmones con aire que antes había acariciado a sus queridas encinas. 

 

Era feliz cuando sentía correr por todo su ser la suave fragancia de los tomillares en flor. Todo el campo era su vida y su vida era el campo donde criaba esos corderos que tan magníficamente sabía asar. Querido amigo Tasio, en las fiestas que Cerezo de Abajo celebra cada año en honor de Nuestra Señora del Rosario, (del 2 al 4 de septiembre) primeras en las que no se contará con tu presencia física, te deseamos que el Señor, te haya acogido a su servicio y puedas continuar impartiendo sabias y humildes lecciones de asador. Descansa en paz.

Arturo Larena Gómez es periodista

Ver otras columnas de ALG

Estás en www.infoecologia.com