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Infoecologia.-
Llueve
suave y mansamente sobre la ciudad. Las gotas de agua se adhieren al
cristal hasta ir escurriéndose poco a poco y caer bajo su propio peso
en un deslizamiento que las hará juntarse a sus hermanas y todas juntas
perderse camino de desagües y emprender un camino sin retorno, por
obscuros y lóbregos pasadizos, hasta entregarse forzosamente en brazos
del río que las acogerá para incrementar su escaso caudal, tras un
largo y caluroso estiaje.
Lluvia acogida con ansiedad por jardines resecos y sedientos, ansiosos
por calmar una sed que los estaba matando lentamente; lluvia para
limpiar calles polvorientas e ir suavizando un ambiente seco dejado por
el cálido verano. Con su llegada la tierra comenzará a esponjarse y
perder dureza, empapándose sus entrañas de este líquido tan necesario
para llenar acuíferos, volver a hacer brotar manantiales secos, al
tiempo que raíces de encinas, pinos y jarales, absorberán con ansia,
esta agua bienhechora y vital, que les ayudará a seguir viviendo. Esta
lluvia que nos parece casi milagrosa, viene a hacer bien, a traernos
humedad necesaria para cuerpos y tierras, para tener la sensación de
sentirnos mojados en nuestro interior, empapados en humedad tan
necesaria como imprescindible.
La veo caer mansa, diría que dulcemente, aunque en algunos momentos
parece que lo haga de manera un tanto torrencial para alarmamos aunque
sea ligerísimamente. Es poco rato, tras tanto tiempo sin ver caer una
gota, esto nos parece puro deleite. Las nubes que transportan este agua,
son bienvenidas porque la dejan caer con tiento y con mesura. Sin
avasallar y sin convertirse en ira desatada y en elemento incontrolado
de la naturaleza. La recibimos como buena, ansiada y deseada,
benefactora para el campo, para los ríos, acuíferos, lagunas,
humedales y pantanos tan necesitados todos de subir niveles en cotas mínimas
Las medidas de ahorro de agua que adoptamos hace tiempo en nuestros
domicilios, continuaremos sin abandonarlas. Nos hemos acostumbrado a
ellas y las tenemos como instaladas para siempre: grifos con filtros
reductores de caudal; cisternas dosificadoras al descargar o medidas
caseras, con un par de frascos que hemos introducido en su interior, y,
así el agua vaciada será menor en cantidad. También nos hemos pasado
a la ducha, y lo del baño lo tenemos olvidado. En fin, cuando nos
aseamos no dejamos que el grifo, pese al reductor de caudal, corra
libremente. Abrimos y cerramos. Todo con método y medida.
El agua escasea a pasos agigantados porque cada vez somos mas personas a
gastarla, si además los años son secos, nos alarmamos al presentir e
incluso ver nuestras presas tan vacías que en algunas pueden verse
restos de pueblos enteros que fueron en su momento tragados por las
aguas contenidas.
Sin embargo, la lluvia también es nociva cuando cae en tremendas
borrascas o las llamadas gotas frías. Si en la capital madrileña se
recogían unos 37 litros por metro cuadrado, en San A. De Calonge, por
tierras de Cataluña, se llegaban a los 300 litros. Por Asturias también
llovía a cántaros y casi se llegaban a los 200. Otro tanto ocurría
por Andalucía, en tierras cordobesas ¡Una barbaridad!. Agua soltada a
compuertas abiertas y en poco tiempo; las nubes negras, tan cargadas de
líquido elemento descargaban con furia incontenida, causando daños
irrecuperables en vidas; arrasando campos; llevándose por delante
frutales y todo tipo de árboles, destrozando carreteras y caminos,
malogrando cosechas por recoger, malbaratando viviendas y destrozando
enseres y ajuares, dejando en la ruina a muchos hogares porque la
violencia desatada de este agua, todo lo avasalla y atropella sumiendo
en la miseria a centenares de personas. Hemos visto desolación en
rostros embargados por la emoción al ver como en pocas horas han visto
desaparecer su riqueza conseguida tras muchos años de esfuerzos y
trabajos. Vehículos bamboleándose por calles y rieras como frágiles
barquichuelas sin timón ni gobierno alguno, hasta quedar varados en la
playa.
Esta agua de torrentera es muy mala, muy perjudicial, hace mucho daño.
Deja a su paso destrucción y desolación. Un maloliente lodazal por los
animales en descomposición que tiene atrapados entre su espeso y
pegadizo elemento, que hay necesidad de limpiar urgentemente de casas y
locales, tarea ímproba a la que se dedican hombres y mujeres en un afán
por reconstruir pronto lo destrozado y perdido.
También, aunque muy lejos de nuestras fronteras, las tormentas y
ciclones tropicales y borrascosos, se han ensañado con mas furia y saña
todavía. En Guatemala y en India se han llevado por delante miles de víctimas.
Muchas sepultadas junto a sus humildes viviendas por espeluznantes
corrimientos de tierras. También la furia del agua ha causado grandes
destrozos en otros lugares del mundo. Esto sucede cuando la lluvia cae
sin tasa y sin medida, a borbotones enloquecidos y sin control. Esta
lluvia se convierte en calamidad. No es benefactora, es maligna y apocalíptica.
Es mala.
La que vi caer, refugiado tras una cristalera, me pareció lluvia buena,
benefactora, necesaria. La recibimos con alegría. ¡Ojala! sigan las
nubes regalándonos esta tan extraordinaria emoción de ver llover
mansamente.
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