La columna verde

Tala de árboles junto al Ramón y Cajal

Por ALG, texto y fotos (2005). Qué sensación de impotencia e intranquilidad he sentido al ver cómo a la puerta de mi casa unos operarios, máquina en ristre, no han dejado un árbol en pie en los aledaños del hospital Ramón y Cajal. Esto se lo debemos al progreso. Los coches necesitan para poder circular ampliar las vías existentes. Los ciudadanos hoy día nos movemos a golpe de automóvil y no podemos ni sabemos prescindir de él. ¿Mejor? No, no lo creo, porque el coche lo invade todo, se apodera de todo y lo atasca todo, porque cada día hay más vehículos. Se amplían las vías existentes, se construyen otras nuevas, se abren túneles y retúneles y, ¿qué?, en muy poco tiempo todo vuelve a ser un monumental caos y un atasco fabuloso. Que tenemos un hermoso paseo, pues a achicarlo, a dejarlo más estrecho, demos prioridad a los vehículos. Estas soluciones son pan para hoy y hambre para mañana. Hace falta más imaginación en la gente que interviene en el urbanismo de las ciudades. Hay que pensar en un futuro que haga las ciudades más habitables, menos ruidosas, más confortables. No quitemos árboles, quitemos coches. 

 

Para los celtas los árboles simbolizaban la vía por donde baja la energía celestial y sube la inspiración humana hacia lo alto. 

 

No sé cuántos árboles van a caer en esta remodelación de la M-30, 100, 500, 1000, o ¿muchos más?. No me importa el número, sí me importa que los que yo veía y disfrutaba no los volveré a contemplar ni me darán sombra en los calurosos veranos, igual les ocurrirá a mis convecinos, que viven y padecen como yo la ruidosa M-30, que lo será más al no disponer de una barrera natural en forma de árboles y arbustos. A 100 escasos metros de aquí, en uno de los laterales de la avenida de Santiago de Compostela, ha ocurrido lo mismo. Se ha talado un buen número de árboles, porque desde ahí va a arrancar un ramal que llevará los vehículos a la autovía de Colmenar Viejo.

 

Hace años, alguien tuvo la “feliz” ocurrencia de construir unos pasos elevados en otros tantos lugares de la ciudad. Así, por ejemplo, la hermosísima glorieta de Atocha quedó convertida en una birria o esperpento. Afortunadamente, ha vuelto a sus primitivos orígenes y ahora da gloria verla. Lo mismo ocurrió con la glorieta de los Cuatro Caminos. También este paso elevado ha sido demolido y el lugar, aunque aún no se han terminado las obras,  parece otro. ¿Cuánto lo habrán agradecido los habitantes del lugar? Ni se sabe.

 

Estos árboles míos y suyos y de todos tenían ya unos cuantos “añitos”. Al morir ahora  debido a las exigencias de dar salida a la citada autovía, deja el lugar sin posibilidades de plantar otros porque ya no queda sitio para ello. Pues qué bien, pero qué mal, qué rematadamente mal si para tratar de lograr un bien,  hay que hacer un mal. A mí por lo menos no me convence esta manía de no respetar la fisonomía de mi ciudad, ciudad continuamente cambiante. Ya perdimos hace muchos años los hermosos bulevares que poseía Madrid; ya se comienza también a meterse con las grandes avenidas reduciendo sus amplios paseos. Qué pocos años nos dura lo que está muy bien. Rápidamente se empiezan las remodelaciones y ¡zas! en un ¡pis pas! modificada y reconvertida en una calle mas modestita, menos amplia y menos luminosa e importante. El automóvil es el automóvil, todo para él. Para eso se le “fríe” a impuestos. Esto es progreso. Esto es modernidad. Esto es el no va más. El acabose. ¡Qué bien! Qué mal, mal, mal. Qué rematadamente mal.

ALG es periodista

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