Ecorrelato
FRAGMENTOS DEL DIARIO DE UNA ABEJA OBRERA I

Madrid, 2004. Por Abel Benito para Infoecología

Prólogo del transcriptor

En mi vieja casa del pueblo, desde muy niño, siempre vi unos cajones de madera en forma de cubo, de unos 70 cm de lado, con una tapa móvil y, en su interior, una serie de bandejas con celdillas de cera. Mi padre era propietario de algunas colmenas.

Recientemente, y al objeto de hacer una reforma, tuve que vaciar el trastero donde todavía se hallaba alguno de aquellos cajones y, al mover uno de ellos, vi que se desprendía una especie de cuaderno con tapas de hule y aspecto deteriorado. Lo abrí, y en su interior, en la primera página, se leía: DIARIO DE APE.

Con paciencia conseguí descifrarlo y a continuación transcribo su contenido:

 

Lunes, 7 de junio

Me llamo Ape y soy abeja. Y Vd. dirá: "Y a mí qué". ¡Hombre!, para Vd. no sé, pero para mí sí es importante aunque sólo sea una obrera de la gran colmena. Y además, desde hoy, ya soy obrera adulta y habrá Vd. de saber que estoy muy bien considerada por Kaffra, mi capataza, que casi siempre confía en mí para que explore y descubra nuevos floríferos.

Precisamente porque soy adulta, hoy he decidido comenzar este diario y volcar en él todas las vivencias de cada día. Durante mi tiempo como larva u obrera joven, aunque me daba cuenta de las cosas, no podía ni me permitían hacer esto. Casi todo el día me lo pasaba limpiando la colmena y puliendo las celdas, y era aburridísimo.

No obstante, tenías que ser una jovencita muy aplicada para que las obreras adultas te dejaran alguna vez alimentar con jalea real o néctar a las larvas. Las más recomendadas podían, incluso, alimentar a la futura reina. Construir celdas de cera tampoco me gustaba. Era un trabajo muy monótono y fatigoso.

Hoy, cuando el sol asomaba ya por el horizonte, Kaffra, la capataza, ha alzado de tono su habitual abejorreo para llamarnos a las obreras a su cargo y realizar el briefing matutino. A mí me ha encargado que trate de localizar por la zona de poniente alguna importante plantación de trébol, pues es necesario su jugo para fabricar cera para las celdas.

Yo me he hecho un poco la remolona porque todavía hacía algo de frío. Me he entretenido cargando polen de unas margaritas cercanas a la colmena.

Aunque... Como es mi primer diario y no quiero engañarme a mí misma y, además, no lo va a leer nadie más, voy a ser sincera. La verdad es que he ido al campo de las margaritas porque es el lugar donde va a revolotear Apículo, el zángano. Me he hecho la encontradiza y hemos estado charlando. Yo estaba muy emocionada, pues Apículo es guapísimo y no es nada presumido ni clasista. Sabe cuál será su alto destino y, sin embargo, no le importa tratar conmigo, que soy una simple obrera. Me he atrevido a proponerle que me acompañe en busca del prado, y le ha parecido bien.

Ha sido una mañana maravillosa. Hemos revoloteado y libado entre hermosas flores: rosas, jacintos, gardenias, etc. Volábamos despacio porque Apículo no está acostumbrado a este ejercicio. Me ha dicho:

—Ape, tú me gustas. Eres educada y alegre y no como las otras obreras, tan rudas y vulgares.

Me apoyé sobre una rosa roja para que no se me notara el rubor y le contesté:

—Por favor, Apículo, no digas eso. Aunque eres muy joven, conoces tu destino. Un día muy próximo te llamará Maesa, la reina, para que cumplas con tu obligación y tendrás que irte, ya que Melipona, la reina joven, casi está a punto de ser expulsada de nuestra colmena para fundar la suya propia.

Apículo me miró con sus grandes ojos y se acercó volando hasta posarse junto a mí para frotar sus antenas con las mías. Tan ensimismados estábamos que no apreciamos cómo se acercaba a nosotros lenta y sigilosamente, escalando por el tallo de la rosa, una araña enorme. De entre los pétalos asomó su negra y peluda pata que lanzó sobre nosotros un hilo de seda fuerte y pegajoso. Al ver que quedábamos prisioneros, Apículo tiró fuertemente del hilo con sus patas, liberándome y gritando "¡Vete, huye y sálvate!", y se enfrentó a la araña mostrando sus fuertes mandíbulas. Yo estaba aterrada sabiendo que Apículo, por ser zángano, no tiene aguijón. Pero la araña no se atrevía a atacarle y daba vueltas a su alrededor. Poco a poco, mi compañero había conseguido casi soltarse del hilo y, por fin, dando un fuerte impulso con sus patas y alas, logró su libertad.

Ya libres y muy nerviosos por el susto, seguimos nuestro camino a fin de localizar el campo de trébol que buscábamos. Cuando encontramos el prado que podía responder a lo encargado por mi jefa, decidimos regresar a la colmena porque ya era tarde. Llegamos a puestas del sol.

Kaffra, la capataza, estaba posada cerca de la puerta de entrada a la colmena y cuando vio que llegaba se vino hacia mí hecha una furia.

—¿Te parece bien la hora de regresar? Llevo toda la tarde preocupada por ti y te veo llegar, en compañía de ese zángano, tan alegre y contenta. Supongo que habrás cumplido mi encargo.

Yo le he dicho que sí y que me perdonara el retraso y, como sé que me tiene ley, me he acercado hasta ella y he frotado mis alas contra su espalda. Enseguida ha cambiado el gesto de su cara y me ha dicho:

—Anda, anda, no seas adulona. Como veo que estás muy fatigada, vete a descansar a la "zona polen" y mañana procura estar lista al salir el sol para que muestres a las otras obreras dónde está el campo de trébol.

Así que me he venido a la tranquila "zona polen" y como no podía dormir por la excitación de todo el día, me he dedicado a escribir en éste, mi diario, todo lo emocionante que me ha sucedido.

 

Martes, 8 de junio

Hoy he madrugado bastante. Mucho antes de salir el sol ya estaba yo preparando mentalmente mi inmediata actuación ante cientos de mis compañeras.

Cuando Kaffra salió del habitáculo de Reinas, hizo una autoritaria señal con sus antenas, indicando que nos dirigiéramos todas a la parte derecha de la colmena, y nada más llegar a esa zona despejada, dijo:

—Ape, indica claramente a todas el lugar exacto del campo de trébol.

Contesté:

—Con permiso.

Inicié firme y segura la "danza de localización", pues así se hace en nuestra especie.

Primero realicé volando varios círculos variados, con un movimiento oscilante del abdomen, vigoroso y constante. (Me parece que me pasé un poco de rosca con los movimientos del abdomen, pero es que había visto a Apículo posado en una rama, observándome.) Con estos movimientos señalé la extensión y la importancia del campo de trébol.

Después volé en amplios círculos de espaldas al sol. Repetí durante varios segundos los círculos para marcar la distancia exacta y la dirección hacia poniente y, por último, y con toda la gracia que me fue posible, hice varias idas y vueltas en un trayecto que formaba un ángulo con la dirección del sol.

Kaffra, comprobando que todas se habían dado por enteradas, dio la orden de partir, que obedecimos inmediatamente.

Vd. dirá que toda esta tontería de la danza es innecesaria, pues con haber marchado yo en cabeza, las habría conducido sin ningún error hasta el mencionado campo. Pero es que Vd. no conoce a mi gente. En la colmena y cuando están presentes las capatazas y, sobre todo, la reina, da gusto ver lo mansas, educaditas y sumisas que parecen. Pero ¡ay!, en cuanto salen y se alejan de la colmena y de la vigilancia de las jefas, todo cambia. Será cosa de los genes, no sé, unas vuelan en la dirección que les apetece, sin hacer caso a las compañeras, otras se reúnen en corrillos sobre un girasol y se dedican a chafardear y criticar a las demás. Es decir, que no es posible que sigan en grupo a un solo miembro para ir a un determinado lugar.

Por eso, desde tiempo inmemorial, se decidió que, mediante danzas rituales, todas y cada una tuvieran la información exacta y precisa. Y funciona...

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