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Ecorrelato |
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Madrid, 2004. Por Abel Benito para Infoecología |
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(Debido a la humedad, que ha producido un grave deterioro en el cuaderno, no ha sido posible descifrar lo relatado en los dos días anteriores.) Estoy tan desolada que no sé cómo tengo ganas de ponerme a escribir. Supongo que lo hago por mitigar mi tristeza. Ayer fue un día funesto para mí. Parecía que iba a ser un día relajado y tranquilo, pues los depósitos de polen y néctar están a rebosar y la capataza nos ha dado libertad para que hiciéramos lo que nos apeteciera. En vista de ello, volé suavemente dejándome llevar por una ligera brisa hacia una ribera llena de lirios, porque yo sabía que Apículo solía ir allí y, efectivamente, me lo encontré posado sobre un gran nenúfar que flotaba en las tranquilas aguas del río. Muy emocionada me acerqué y observé su gesto alegre y resplandeciente. Su hermoso cuerpo parecía aún más grande y más recio, sus antenas más largas y sus ojos, unidos en lo alto de su cabeza, brillaban como un arco iris. Cierto que carece de aguijón y que no elabora miel, pero ¿a quién le importa? Me aproximé a él y froté mis antenas con las suyas. Me dijo: —¡Por fin ha llegado el día! Esta mañana me ha convocado a una reunión general el Zángano Jefe para designar a los que deberán acompañar a la reina joven, Melipona, en su viaje nupcial, y yo he sido uno de ellos. Me quedé sobrecogida y aterrada por la noticia. Mientras, Apículo seguía: —¡Es maravilloso! Ya tenía yo deseos de huir de esta colmena tan numerosa y aburrida y descubrir otros horizontes. Gracias a ti, no me he muerto de aburrimiento, pero, a partir de mañana, la vida será un continuo discurrir de placer y belleza. Sentí como un mazazo sobre mi cabeza. De mí huyó toda la alegría de vivir y, al ver a Apículo tan alegre y resplandeciente, me di cuenta de que nuestro amor era imposible. Mas, de pronto, un golpe de adrenalina erizó todo mi cuerpo y pensé: —¡Dios mío! El negro y peludo Zángano Jefe no les ha dicho toda la verdad. No saben que en el vuelo nupcial, cuando se acerquen a la reina y una vez hayan vaciado el saco espermático, la propia reina con su letal aguijón los matará de uno en uno. ¿Qué hago? ¿Se lo digo o no se lo digo? No le he dicho nada ni le he advertido de su funesto futuro. No quise amargarle. Le dije adiós y me alejé en un vuelo errabundo sin saber a dónde.
Sábado, 12 de junio Ineluctablemente, hoy, desde la amanecida, la colmena vibraba de actividad. Todo estaba previsto para que, en cuanto calentara el sol, el enjambre se fuera formando para salir y alejarse a crear otra colonia. Yo me he ocultado en la parte alta de un álamo próximo, enfrente de la puerta de la colmena y he visto, con profundo pesar, la salida del enjambre. En cabeza y formando una figura en punta de flecha iban las obreras jóvenes con el objetivo de guiar y defender a su reina de cualquier ataque exterior. A continuación, Melipona, rodeada de su corte de zánganos, y a los lados y retaguardia, el resto de obreras dispuestas a la lucha, si precisa fuera. Tristemente observé cómo Apículo y otros jóvenes zánganos revoloteaban muy excitados alrededor de la reina, que los iba recibiendo de uno en uno. Presté toda mi atención siguiendo con la vista el baile nupcial de mi Apículo hasta que se abrazó a la reina. Poco después vi su cuerpo desmadejado cayendo a tierra como un muñeco roto. Me acerqué y traté de cubrirlo con una hoja seca, pero fue imposible pues cayeron sobre él decenas de voraces hormigas rojas que, en pocos segundos, arrancaron sus alas y antenas y arrastraron su cuerpo hasta sepultarlo en su hormiguero. Con un profundo suspiro decidí pasar página y volver a la colmena. En la puerta me estaba esperando mi buena amiga Kaffra para decirme: —Siento mucho, Ape, lo sucedido, pero tú ya sabías cuál iba a ser su destino. Y, hablando de otra cosa, con la salida del enjambre han quedado vacantes de capataz y yo te he recomendado a la reina Maesa que ha prestado su conformidad. Desde hoy serás Ape, la capataza, y tendrás la principal misión de defender la colmena, con un ejército de obreras a tu mando. (Otras dos páginas estaban totalmente deterioradas, lo que ha hecho imposible su transcripción)
Martes, 15 de junio Esta mañana me he despertado temprano y, cuando bebía agua en el cercano arroyo, he visto reflejada mi imagen y he comprobado que muchos de mis pelos de patas y tórax están canosos. Sin darme cuenta me he convertido en una obrera madura y tal vez por eso me nombraron capataza. Después he pensado que era natural, habida cuenta de que la vida de una obrera, tras los 21 días de huevo y larva, se estima entre cuatro y cinco semanas. Yo ya tengo cuatro, camino de cinco. Con la ausencia de Melipona y su séquito, la colmena se ha quedado medio vacía. Yo cumplo con rigor mi cometido de defensa, apostándome en las inmediaciones de la puerta de entrada y enviando patrullas de mis obreras guerreras para que alerten en caso de peligro. Y menos mal... De la zona del río ha llegado una de mis guardianas y, muy nerviosa y alterada, me ha dicho: —Jefa, en el segundo espino de la corriente del río he visto un grupo de las malditas abejas parásitas (1). No son muchas, apenas un centenar que rodean a su reina. La alarma ha sido inmediata. He ordenado que mis mejores guerreras formen en disposición de ataque y, conmigo en cabeza, nos hemos lanzado ferozmente contra las terribles enemigas. Ha sido un combate muy cruento, pues a pesar de que liquidamos a la escolta de la reina parásita en pocos minutos, ésta ha causado gran número de bajas en mis filas. Al final, aplastada por nuestra superioridad, ha fenecido. ------------------------- (1) Abejas parásitas son las que no hacen nido ni buscan comida por sí mismas, sino que prefieren emplear los nidos y alimentos de otras especies para alimentar a sus crías parásitas. Para ello invaden la colmena y matan a la reina, sus huevos y larvas, y allí se instalan. (Nota del transcriptor.) |
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