Susurros en la
cantera
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Por Abel Benito para
Infoecología |
Introducción
En narraciones,
en cuentos y, sobre todo, en dibujos animados hemos visto o leído cómo
charloteaban los animales y no nos extrañábamos. Los científicos nos han
contado con toda seriedad que los animales no pueden hablar como los humanos
por la gran diferencia existente en el espacio interno entre el velo del
paladar y la entrada al esófago y la laringe, y que utilizan otras formas de
lenguaje para comunicarse. Pero
nunca hemos oído hablar de que también los minerales pueden comunicarse unos
con otros. Yo habría
sido el primero en reírme si alguien hubiera afirmado tal despropósito, sobre
todo porque soy muy aficionado a la geología. Sin embargo, hoy, a pesar de
haber transcurrido más de dos años, casi no me atrevo a contar mi experiencia
personal; pero voy a hacerlo para salir de la alucinación que, desde esa
fecha, me invade hasta el punto de afectar a mi intelecto. Confío en que
recuperaré la normalidad. Sucedió
un domingo de octubre en que fui invitado a cazar en el término municipal de
Bustarviejo (Madrid). Ya terminaba la tarde y comenzaba a anochecer, y decidí
volver hasta el coche que estaba estacionado a más de dos kilómetros. Para
ello tenía que atravesar una zona montañosa, donde estaba en explotación una
cantera. Todo iba
bien hasta que al atravesar un trayecto pedregoso, junto a la citada cantera,
saltando de piedra en piedra, resbalé y caí al suelo, produciéndome una
fuerte luxación del tobillo derecho. Caído entre dos enormes rocas y sobre un
lecho de piedras estuve lamentándome largo rato, sobre todo cuando comprobé
que me era imposible ponerme en pie y andar. Por ser
día festivo no había nadie en kilómetros alrededor y consideré que dar gritos
pidiendo ayuda era una tarea inútil. Me murmuré a mí mismo: —No te
pongas nervioso. Si piensas con tranquilidad y cordura, encontrarás la
solución adecuada. De momento, arréglate para pasar la noche en este
pedregal. Comprobé
que el dolor del tobillo estaba cediendo. Iba bien equipado para la época,
con unas buenas botas y calcetines de lana, y un anorak de invierno. Me
introduje entre dos rocas buscando acomodo sobre el suelo pedregoso y
resguardo para el frío. Con la mochila de cabecera, la capucha tapando mi
cabeza y el anorak bien abrochado, me dije: —Bueno,
mañana será otro día. Cuando vengan los operarios de la cantera me ayudarán a
salir de este lío. Muy
cansado por lo agitado del día, comenzó a invadirme una dulce somnolencia que
terminó en un profundo sueño. Transcurrido
un tiempo indeterminado, bien por el dolor del tobillo, bien por la incomodidad
del lecho de piedras, desperté y sin mover un solo músculo, permanecí oyendo
el ulular del viento, mientras volvía a adormecerme. Pero
algo extraño estaba pasando. Lo que yo creía ululato del viento, se convertía
en sonidos armoniosos y palabras perfectamente reconocibles, como susurros.
Sin moverme lo más mínimo presté atención y profundamente emocionado, me pude
enterar de sus relatos. Historia de Microlina
Microlina, de la familia de los Feldespato, estaba enredada
en una discusión con su prima Ceolita, acerca de la antigüedad de cada una. Microlina afirmaba: —No es por presumir, pero yo soy la más antigua de los minerales de la cantera, y mis apellidos así lo demuestran, Silicato Alumínico Potásico, casi nada. Por eso me molesta tanto que venga por aquí Dña. Cerusita presumiendo de antigüedad y rareza, y resulta que sus apellidos Cobre y Plomo, indican que es de los minerales más comunes que existen en la tierra y, si lo dudas, vete a Aragón, donde le dan el despreciativo nombre de “torrecica”, o sea, una pretenciosa advenediza. Su prima Ceolita, al verla tan excitada, la tranquilizó: —Mira, prima, trata de calmarte, te estás poniendo de un verde tan intenso que te pareces a tu hija Amazonita. —No me nombres a esa pobre desgraciada. Se la llevó aquel feo y rechoncho geólogo por presumida. Yo le tenía dicho que no se quitara el manto de caliza que la cubría para pasar desapercibida, pero sí, sí, aprovechó aquel periodo de lluvias intensas para, poco a poco, ir despegando su envoltura y así relucir esplendorosamente. Ceolita repuso: —La culpa no fue de ella. Es que sus vecinas, Amatista y Ágata, siempre la incordiaban diciéndole que si ella era de la familia de los Feldespato, ellas eran de la noble estirpe del Cuarzo, y eran mucho más apreciadas en joyería. —No sé por qué sería, pero su ausencia, después de más de un millón de años juntas, me produce nostalgia y dolor. Se produjo un largo silencio, pero, un poco a mi derecha, se suscitó otra conversación que llamó mi atención. Historia de Turmalina
Turmalina
de Borosilicato, a quien todos llamaban Dña. Turma, muy seria y vestida de
negro, estaba escuchando cuanto decían sus vecinos y decidió intervenir en la
discusión. —Estoy oyendo
tantas tonterías que, a pesar de mi acreditada tolerancia y ecuanimidad,
provocáis que os tenga que dejar las cosas claras y en su sitio. Todo el
mundo respetaba mucho a Dña. Turmalina porque conocían su tempestuoso pasado.
Siguió hablando: —Habláis
de antigüedad y yo me río. Si casi todas sois niñas de cuna a mi lado. Os voy
a contar algo que ignoráis: yo nací hace dos mil millones de años, es decir,
mil millones de años después de que se condensaran los gases de la nebulosa
en espiral que rotaba alrededor del Sol y su posterior estado líquido hasta
su consolidación. Continuas explosiones volcánicas y corrimiento de
continentes crearon una serie de minerales nuevos, hasta entonces
desconocidos. Yo pertenezco a ese periodo, así que no me habléis de antigüedad. La
señorita Limonita escuchaba con profunda atención las palabras de Dña.
Turmalina y se atrevió a preguntarle: —Dña.
Turma, ¿cómo se explica que, según nos ha contado en anteriores ocasiones,
Vd. nació en las Minas Gerais de Brasil, y ahora esté entre nosotros? —Es una
historia muy simple —dijo Dña. Turma—. Un enorme camión cargaba mineral en la
citada mina y, entre otros, nos trasportaba a la Srta. Esmeralda y a mí
misma. El camión sufrió un accidente y quedó tumbado de costado, en cuyo momento,
al correrse la carga, Esmeralda y yo fuimos a parar a un pequeño agujero que
había en la chapa de la caja, y allí permanecimos durante más de un año,
hasta que la empresa, que era española, lo transportó a España y, más
concretamente, a esta cantera. —Sí,
pero ¿por qué y cómo vinieron hasta este lugar?, dijo Limonita. —¿Has
visto ese escalón de piedra que está en el camino de la cantera a poco más de
un metro de donde estamos? —Sí,
claro. —¿Has
visto también, que los camiones, al pasar por el escalón, dan un fuerte salto
y arrojan al suelo parte de la carga? Pues bien, en uno de esos saltos
salimos disparadas Esmeralda y yo. Y por esta misma razón hay en este lugar
tanta variedad de minerales diversos. —Ahora
lo entiendo, afirmó Limonita. Me pareció
que quedaban pensativas, tal vez aturdidas por la aventura de Dña. Turma.
Permanecieron en silencio largo rato, pero enseguida se levantó un coro de
bonitas voces femeninas y me apresté a oírlas. Historia de Mármol
D. Mármol, de apellidos Sedimentario y Metamórfico, era un perfecto gentleman. De la familia de las Calcitas, de gran abolengo por su coloración variada y cristalizada, era querido y admirado por los otros minerales, sobre todo por las “mineralas”. D. Mármol,
tal vez por las contracciones de las rocas, debidas al frío de la noche,
resbaló hasta situarse junto a un montón de pequeñas rocas. De ahí el coro de
voces femeninas que yo había oído. Entre
dichas rocas se encontraban, además de las señoritas Amatista y Ágata, la
señorita Moscovita, de la familia Mica Potásica; Esmeralda de Berilo Noble,
Doña Blenda Acaramelada de Cinc y Doña Galena Plumbum y Argentum. Casi
todas estaban enamoradas de D. Mármol y su sorpresiva presencia en medio de
todas ellas provocó suspiros y sonrisas. En voz
baja, Esmeralda comentó a sus compañeras: —¡Está
buenísimo! ¡Qué estilo tiene! Además, está casi pegado a mí. Amatista
y Moscovita, celosas, le contestaron al unísono: —Ni
sueñes en ligártelo. Nosotras también pensamos tirarle los tejos, a ver quién
gana. Esmeralda
siguió comentándose a sí misma: —La
verdad es que es muy guapo y joven. Yo le debo sacar un millón de años por lo
menos, pero no importa, soy hidrotermal y eso es una ventaja. Así que
aprovecharé el momento en que los dinamiteros provoquen un temblor en la
cantera para unirme a él. Después, con la lluvia fría le iré cubriendo con mi
manto verde intenso hasta empaparlo y así, unidos durante miles de años,
seremos muy felices. Doña
Blenda y Doña Galena que, a pesar de su avanzada edad, también se sentían
atraídas por el buen mozo, quisieron fisgar sobre su origen y familia: —D.
Mármol, nos gustaría saber de dónde vienes, pues es la primera vez que
aparece en esta cantera un mineral de tu especie. D.
Mármol les contó su historia: —Nací,
por metamorfosis, hace cien mil años, en un yacimiento de Carrara (Italia).
Todo transcurría con placidez y normalidad hasta que hace quinientos años
unos canteros cortaron un gran cubo de mármol, donde yo estaba, y lo llevaron
a Florencia. Un tal Di Pietro, escultor, pretendió esculpir un ignudi,
es decir, un adolescente de perfección física absoluta, pero estropeó de tal
forma la pieza de mármol, que la dejó por inservible. —¿Qué
tiene que ver contigo todo eso?, preguntó Doña Blenda. —Mucho,
porque poco después apareció por el taller de Di Pietro un escultor
maravilloso llamado Miguel Ángel Buonarroti que recuperó el trozo de mármol y
esculpió el David, desnudo y encarnación de la fuerza y el valor. —Sigo sin
entender cómo has llegado a este lugar, razonó Doña Galena. —De uno
de los trozos que quitó Miguel Ángel los canteros sacaron mosaicos de gran
belleza. Uno de ellos, quizás el más grande, era yo mismo. Con punzones y
otras herramientas labraron sobre mi cara un hermoso paisaje de faunos y
ninfas corriendo por un maravilloso bosque. D.
Mármol hizo una pausa y a continuación siguió con su relato. —El
mosaico lo trajeron, en 1510, unos mercaderes desde Italia y lo vendieron a
un rico hacendado del reino de Castilla para decorar la Sala del Homenaje de
su castillo de Miraflores de la Sierra, a pocos kilómetros de este lugar. —¡Qué
cosas y qué aventuras!, dijo la señorita Amatista. —Pero
todavía no he terminado de contar mis desventuras. En 1521, mi dueño y señor
D. Juan Bravo, junto a un tal Padilla y otro apellidado Maldonado, se levantó
en armas contra el Emperador Carlos. En el mes de abril fueron derrotados por
las tropas reales, en Villalar de los Comuneros, y a mi señor le cortaron la
cabeza. Después, el Emperador ordenó destruir el castillo y reducirlo a
ruinas, y todo mi orgullo por presidir la Sala del Homenaje fue roto en
varios trozos por los golpes de maza de un horrible gañán con armadura del
ejército imperial. D.
Mármol quedó en silencio tras el relato de su infortunio. Sus oyentes también
permanecían calladas y aturdidas por tamaña calamidad. Ágata, al fin, le
dijo: —Querido
Mármol, todas nosotras estamos muy impresionadas por tus avatares, ya que a
lo largo de milenios no nos hemos movido de este lugar. Por favor, nárranos
cómo llegaste hasta aquí. —Es poco
interesante mi venida. Hace unos pocos años la Junta de la Comunidad de
Madrid decidió reconstruir el castillo para convertirlo en Parador Nacional.
Las máquinas y camiones comenzaron el escombro, trayéndolo hasta esta cantera
para rellenar un enorme hoyo existente. En uno de los viajes del camión que
me transportaba, al llegar a ese escalón de piedra, botó sobre sus ruedas y
salí despedido hasta este lugar. Me siento muy emocionado y agradecido por el
buen recibimiento con que me acogisteis y aquí permaneceré hasta que la
orogenia disponga otra cosa. Doña Fosforita cuenta su
terror
Transcurrió
más de una hora en completo silencio, tal vez por la presencia de la luna que
había aparecido en el horizonte. Tiempo que yo aproveché para buscar un mejor
acomodo entre las rocas. De pronto escuché unos profundos suspiros y lamentos
provenientes del borde del camino. D.
Basalto Fenocristal, negro y pesado, con su habitual malhumor, gritó: —¿Quién
está lloriqueando por ahí? Estoy harto de tanto quejido que no me deja
dormir. Todos
los minerales dirigieron su mirada hacia el ente lamentoso. Se trataba de
Doña Fosforita Amorfo-Coloidal y Criptocristalina por parte de madre, que se
disculpó diciendo: —Si
supieran lo que me pasó el sábado por la mañana y los horrores que he visto,
seguro que todos ustedes se sentirían sobrecogidos, como yo. —¿Qué le
ha pasado?, preguntaron muy interesados algunos minerales próximos. Y
Fosforita les contó: —El
pasado sábado, a primera hora de la mañana, sucedió lo que veníamos temiendo
por su proximidad. Un enorme monstruo de hierro con dientes gigantes comenzó
a coger cucharadas de mineral y a cargarlas en un camión. Yo creí que me
salvaría, pero la última palada me transportó y me depositó en lo más alto de
la carga. —Y ¿qué
hiciste?, le preguntaron. —Hacía
años que, mentalmente, me estaba preparando para superar este difícil
momento. Al estar en la cumbre de la carga, cada vez que el camión daba un
bote, yo me iba desplazando, a codazos y pequeños saltos, a la parte del
techo de la cabina del vehículo. En el último momento conseguí lo que
pretendía. Así que cuando la carga salió despedida por el volquete, yo seguí
en mi lugar. Fosforita
se calló y comenzó a temblar nerviosamente. Todos se sentían medrosos
esperando que continuara su relato. Esmeralda, abrazada a D, Mármol, se
atrevió a preguntar: —No nos
tengas en ascuas. ¿Qué es lo que viste? —Algo
horrible. El lugar se llama “La Moledora”. El mineral cae sobre una cinta
transportadora que lo conduce a una negra boca, sobre unos rodillos enormes
que, al girar, destrozan de tal manera el mineral que lo convierten en polvo
y arena fina; todo mezclado. —Y ¿qué
pasaba?, inquirió Doña Blenda. —Pues
que era tal el destrozo que los minerales se disgregaban y morían al perder
su esencia y su alma después de millones o miles de años de existencia.
Sobrecogida por la catástrofe que había contemplado me preparé para volver y
caer en este lugar, cuando el camión regresara y el bote sobre el escalón de
piedra me arrojara al suelo. Quería avisar de lo que sucede a nuestros
hermanos de la cantera. Un
silencio, denso como el alquitrán, se extendió por la escombrera. Pasado un
buen rato, D. Basalto sentenció filosóficamente: —Esto es
lo que nos espera. Aunque quiero hacer una reflexión: vives miles o millones
de años y a lo largo de ese tiempo soportas glaciaciones, erupciones
volcánicas, movimientos orogénicos, terremotos, etc. y sobrevivimos sin perder
nuestra esencia, pero llega un diminuto y despreciable ser y decide destrozar
ese equilibrio. Hizo una
pausa y continuó: —Estos
humanos son miopes. No se percatan de la gran riqueza que existe en la
cantera: minerales que, debidamente limpios y tallados, se convierten en
esplendorosas joyas. Otros, útiles como materiales resistentes al roce, de
gran interés industrial, como el Amianto o la Turmalina, que se utiliza para
obtener luz polarizada. Pero no, en su egoísmo destruyen esta riqueza. Durante
decenas de años, además, se apreciará el crimen ecológico resultante de tanta
descarnadura del paisaje. Interviene
D. Yeso, de apellidos Sulfato Cálcico, que presumía, erróneamente, de nobleza por su origen en
el Triásico, para lanzar el siguiente exordio: —Estoy
totalmente de acuerdo con la genérica exposición de D. Basalto, aunque quiero
matizar algunos aspectos... Todos ustedes saben mi interés e inquietud acerca
de este asunto del destrozo paisajístico. También saben que la comunicación
con mis hermanos, extendidos prácticamente por todo el territorio nacional,
es fluida y constante, lo que me convierte en el mineral más y mejor
informado de todos los minerales. Doña
Pirita de Sulfato Cálcico, celosa por sus últimas palabras, interrumpió a D.
Yeso. —Ya sabe usted, D. Yeso, que mi peso y dureza son proverbiales y legendarios, y que hablando de extensión, sin petulancia, debo decirle que ocupo el 4,6% de la corteza terrestre. Estoy segura de que su información no llega al sur del país. —No —dijo D. Yeso—. Esa comunicación con mis colegas se interrumpe por la Cordillera Central y la Carpetana, donde apenas existen yacimientos de mi especie. Pero déjeme que le cuente: esto de destrozar el paisaje, propio de los humanos, no es nuevo a pesar de la técnica y maquinaria que se utiliza hoy en día. Terció Doña Malaquita Mena Cyprum: —De eso
entiendo yo bastante. Mi familia residía en Aznalcóllar cuando se produjo el
desastre de la mina Boliden, hace unos años. Me han contado atrocidades del
daño ambiental que ocasionó. La desidia humana en el cuidado del paisaje sólo
es equiparable al ansia de lucro fácil y rápido y, sobre todo, barato. D. Yeso
contesta a Doña Malaquita: —Como
decía, antes de interrumpirme usted, el destrozo del medio ambiente no es
algo reciente, no. Mi primo Alabastro que desde el Mesozoico está depositado
en un yacimiento que llaman Las Médulas, me ha contado atrocidades: unos
humanos, que se denominaban romani, descubrieron la existencia del más
noble de los minerales, el oro, en el Siglo I a.C. Permaneció
un momento en silencio y, con gesto cansado, continuó su susurro: —Fue
algo escalofriante. Trajeron a miles de esclavos que, utilizando el sistema
de ruina montium, destruían el monte y con sus residuos formaban feos
montículos. Doña
Pirita quiso añadir: —Según
tengo oído de mis primas de Huelva, que se enteraban de los asuntos de
ultramar al escuchar las conversaciones de los marineros, en Potosí y en el
Siglo XVI se empleaba un sistema parecido, la mita, que obligaba a trabajar
en la mina a miles de indígenas sin cobrar estipendio alguno. Se oyó
un murmullo más alto de lo normal pidiendo atención. Era Doña Bauxita
Feldespato: —Por
favor, atiendan... Ya conocen mi posición privilegiada aquí, al pie de D.
Granito, esta roca grande y lisa donde se sientan a descansar los operarios
de la cantera, sobre todo, el geólogo y el capataz. Pues bien, ustedes están
hablando de tiempos remotos y les noto muy afligidos y pesimistas. —No es
para menos, dijo D. Basalto. —Sin
embargo —siguió doña Bauxita—, ya habéis visto que, con frecuencia, los
citados geólogo y capataz descansan sobre D. Granito y yo presto toda mi
atención a lo que conversan. Les explico... Parece ser que desde hace unas
décadas han aparecido unos seres que denominan “ecologistas”, tal vez porque
sean de otro planeta ... eso no lo entendí muy bien. Hizo una
pausa para tomar aliento y prosiguió: —De lo
que sí pude darme cuenta es que el geólogo era simpatizante de esos seres y
el capataz absolutamente contrario. El geólogo mantenía que eran necesarios y
que, gracias a su activismo, estaban consiguiendo concienciar (no sé muy bien
lo que significa pero les relato lo oído) a las autoridades y a los gobiernos
en la defensa del medio ambiente. Sin embargo, el capataz soltaba improperios
contra ellos y les llamaba atajo de inútiles, parásitos, retrógrados y
enemigos del progreso. Lo que más me emocionó fue oír al geólogo diciendo que
los ecologistas ya habían conseguido avances en asuntos de restauración y
replantación del paisaje tras el abandono de la explotación de minas y
canteras. Y eso me ha devuelto la esperanza. Noté
como, poco a poco, los susurros disminuían hasta desaparecer. Comenzaba a
amanecer y un silencio total se extendió por la cantera. Solamente se
percibían pequeños chasquidos provocados sobre las rocas por el calor del sol
que emergía por la amanecida. Una hora
después del orto, se oyó el ruido del motor de un camión. Me incorporé, con
gran dolor, sobre la peña que me había servido de refugio y cuando el vehículo
llegó a mi altura le grité al conductor pidiendo ayuda. Le conté lo que me había sucedido
y me llevó al botiquín de la empresa. Allí me inmovilizaron la pierna y una
ambulancia me llevó hasta el Centro Médico de Bustarviejo, donde me enyesaron
hasta la rodilla. Cavilaciones del autor
Como
dije al principio del relato, han pasado más de dos años y cerca de una
docena de veces he vuelto a la cantera e incluso he pasado noches enteras
esperando que se repitieran los susurros, pero no ha sido posible. Mi
psiquiatra, al que he acudido muchas veces, me dice que todo fue una
alucinación. Sin embargo, en mis momentos de soledad no puedo evitar revivir
aquel suceso, y ¡maldita sea!, no fue una alucinación. Yo oí los susurros.
¡Lo juro! |
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Autor: Abel Benito (Octubre de 2004) |
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