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LA VENGANZA DE CANELA

Madrid, 2004. Por Abel Benito para Infoecología

El Melecio

Llamar cazador a Melecio Fontibres era insultar a la palabra "cazador" y a los que dignamente así se denominan.

 

Era un auténtico depredador y un furtivo impenitente sin la menor conciencia ni remordimiento ante el mal que continuamente causaba a la flora y la fauna de su entorno.

 

Antes de la entrada de España en la Unión Europea, la familia de Melecio lo pasó muy apuradamente, pues disponían de unos ingresos casi insuficientes para cubrir sus necesidades. Él, claro, había recibido una educación escasa en el seno de una familia analfabeta y bastante desestructurada.

 

Sin embargo, hoy, a sus treinta y cinco años de edad, daba el tipo de hombre de campo que vemos en cualquier población agrícola y ganadera. Entre la producción y las indemnizaciones que recibía de la UE por el cultivo de cereales de secano y una granja de ganado vacuno con diez animales en plena producción de leche y terneros, conseguida gracias al crédito, a interés cero, concedido por el Ministerio de Agricultura, percibía unos sustanciosos ingresos.

 

Tanto en el Casino del pueblo como en la Cafetería El Cruce y otros lugares de copas, con su gran puro habano y su cubalibre en la mano, se mostraba petulante, exhibiendo actitudes de basto nuevo rico.

 

Ahora no tenía familia directa, pues sus padres habían fallecido y él seguía soltero. Eso sí, amigo y cliente asiduo de los clubes de carretera. "Son todas unas putas", era su frase preferida cuando le preguntaban la causa de su soltería.

 

Siguiendo la descripción de semejante espécimen de gañán con perras, diremos que exhibía sus 4x4 todo terreno, sus escopetas FN y sus rifles Winchester y Mauser, presumiendo de ser el mejor cazador de la comarca, sobre todo en caza mayor. Terminemos esta descripción de su carácter, porque seguro que Vd., lector, habrá sufrido alguna vez a un tipo de esta ralea: en el bar, y siempre a la vista de todos, para pagar una simple caña de cerveza, echaba mano a un formidable rollo de billetes de 200 euros y, en voz alta y soltando uno de esos billetes sobre el mostrador, decía:

 

—Toma, cóbrate e invita a éstos.

 

La zona estaba muy poco poblada y donde se encontraban sus tierras existían parajes de monte bajo, alejados del pueblo, por los que no pasaba ni una sola persona durante todo el año; y por ello eran el hábitat ideal de animales como el ciervo, el corzo, el jabalí, el gato montés, y de aves protegidas, muchas de ellas en peligro de extinción, como avutardas, águilas, etc.

 

El Melecio contemplaba y usaba ese lugar como algo de su absoluta propiedad como si fuera un dios, dueño de las vidas de los animales sin ningún tipo de control. Los mataba por el puro placer de hacerlo y, en frecuentes casos, para lucrarse con su venta. Allí entraba en su potente todo terreno 4x4 y, bien de noche con un potente faro, o al amanecer, sorprendía a los animales, que no tenían la más mínima posibilidad de defensa.

 

Sabía que por esa zona tan poco poblada no era frecuente la visita de guardas del campo, forestales o agentes del SEPRONA, pero aun en el caso de que viniese alguna patrulla en servicio de rutina, siempre solían parar a tomar café en el Bar El cruce, cuyo dueño, Cirilo, el "Mantecas", a través del teléfono móvil, alertaba inmediatamente al Melecio.

 

Este tal Mantecas, apodado así por su repugnante obesidad, mantenía con el Melecio una relación comercial interesada, ya que basaba la fama de su restaurante en la oferta de varios guisos de carnes de venado, y éste se los servía, según su petición.

 

—Tengo un compromiso. Tienes que traerme un ciervo (o corzo, o jabalí) para tal día.

 

Fuera tiempo de veda o no, el depredador Melecio salía con su potente coche antes del amanecer, que era el momento justo en que se mueve la caza, y disparaba contra el animal que le había solicitado el Mantecas. Escondía la pieza entre unos espesos matorrales hasta la noche en que, con las luces apagadas, porque conocía muy bien los caminos, iba a recogerla y llevarla al restaurante, a cambio de una buena suma.

 

Además de lo anterior, mantenía una perniciosa relación comercial con un tal Lucio, el "Taxi", cuyo apodo provenía de su profesión de taxidermista de la capital de la provincia. Éste era un pájaro de cuenta. Solía recorrer los chalets de la zona residencial ofreciendo trofeos de caza para decorar los salones, como cabezas disecadas de animales salvajes y les mostraba un catálogo con fotografías para que eligieran aves raras o exóticas. Sus precios eran muy altos y sus clientes bastante despreciables.

 

Cuando tenía una petición de una cabeza de res (ciervo, corzo, jabalí, etc.) o de un ave protegida (avutarda, águila, alcotán, etc.), llamaba a su cómplice de fechorías, Melecio, que se dedicaría en los días siguientes a abatir el ejemplar solicitado, para que el Taxi lo disecara.

 

 

La Canela

Melecio era propietario de una preciosa perra de raza setter que se había criado en la granja, a la que había puesto el nombre de Canela y, a pesar del maltrato que le daba, la pobre, con fidelidad perruna, le acompañaba en sus jornadas de caza.

 

Aquel día, Canela seguía a su amo, que buscaba una pieza difícil: Lucio, el Taxi, le había encargado para un cliente un gato montés por el que le pagaría 200 euros. La perra se encontraba bastante débil, pues hacía pocos días que había parido dos hermosos cachorros que no hacían más que chupar de la teta allá en la vaquería.

 

En un momento determinado, el furtivo Melecio divisó la pieza que buscaba en el fondo de un barranco y cuando se disponía a disparar su rifle, Canela le ladró a un conejo que se había arrancado de sus proximidades. El gato montés, alarmado por los ladridos, saltó hacia la espesura y Melecio falló el tiro.

 

Empezó a dar patadas a la pobre perra mientras metía en la recámara de otra escopeta un cartucho de perdigones. Y gritó:

 

—Hija puta, te voy a escarmentar. Con el perdigón no te voy a matar pero te vas a acordar de mí.

 

A una distancia de 20 metros le disparó sobre sus costillas, causándole una brutal herida que le dejaba algunos huesos al aire. Canela lanzó varios aullidos de dolor y se escondió en la espesura del bosque, donde siguió gimiendo y lamiéndose la herida.

 

El SEPRONA

Los agentes del SEPRONA (Servicio de Protección de la Naturaleza) de la Guardia Civil llevaban algún tiempo sospechando del Melecio y sus malas artes, pero en las pocas ocasiones en que, de forma rutinaria, le habían parado para examinar su coche, nunca habían encontrado nada sospechoso.

 

Uno de esos días, poco después de darle el tiro a la Canela, una patrulla del SEPRONA recorría lo más intrincado del monte cuando oyeron los ladridos continuos de un perro. Se acercaron al lugar y vieron a Canela herida, que les ladraba y se metía entre los matorrales. Eso lo repitió varias veces, hasta que uno de los agentes dijo:

 

—Parece que quiere que la sigamos. ¡Vamos allá!

 

A unos cincuenta metros a un lado del camino, en medio de unas zarzas cubiertas de ramaje, vieron a la perra tratando de apartar las ramas con sus patas. Uno de los guardias civiles quitó el ramaje y descubrió los cuerpos sin vida de un ciervo pequeño y un hermoso corzo, abatidos a tiros.

 

Sospecharon inmediatamente del Melecio y, sabiendo que volvería de noche a buscarlos, decidieron volver al pueblo e informar de los hechos al Juez de Instrucción, que les autorizó a continuar con el servicio montando una espera.

 

Efectivamente, sobre la medianoche, apareció el todo terreno del Melecio, que venía acompañado del Mantecas y, cuando ya habían cargado los cuerpos de las dos reses, oyeron:

 

—¡Alto a la Guardia Civil! ¡Quédense donde están con los brazos en alto! Están detenidos por comisión de delitos contra la Ley de Caza.

 

El susto del Melecio y el Mantecas fue mayúsculo. A continuación, y mientras les ponían los grilletes, les dieron a conocer sus derechos fundamentales. Canela observaba lo que sucedía escondida entre la espesura.

 

Al día siguiente, los agentes, con el correspondiente mandamiento judicial de registro y acompañando al Secretario del Juzgado, fueron a casa del Melecio, que estaba ubicada sobre la vaquería. Hicieron un minucioso registro y se quedaron asombrados de lo que encontraron.

 

En un cajón frigorífico estaban los cuerpos muertos de un gato montés, una avutarda, un águila culebrera y un búho real, destinados a Lucio, el Taxi. En un basar de la cocina requisaron un garrafón de veinte litros de clembuterol, para engorde ilegal de los terneros. A la entrada de la vaquería, donde el contador eléctrico, descubrieron un artilugio que el Melecio usaba para defraudar a la compañía eléctrica.

 

Tras levantar las debidas actas el Secretario del Juzgado, los Guardias salieron al exterior y vieron a Canela fuera de la verja, con una gran costra en el costillar, que quería entrar para atender a sus cachorros. Uno de los agentes fue a abrirle la puerta del recinto y en ese momento se apercibió de que en la parte posterior de la vaquería había un escarbadero, hecho por Canela cuando buscaba la forma de poder entrar. Al remover la tierra dejó al aire un trozo de tubería que levantó las sospechas del agente.

 

Después de estudiar el caso, llegaron a la conclusión de que se trataba de una tubería enterrada por la que desaguaban todos los meados y miasmas de las vacas directamente al río, que se encontraba a unos 400 metros de la casa, sin ningún filtro ni depuración, con el agravante de que, unos pocos kilómetros más abajo, todo el pueblo se surtía del agua de ese río como si fuera potable.

 

 

El peso de la Ley
El Juez de Instrucción inició un procedimiento penal contra el Melecio y sus colegas de fechorías, el Mantecas del restaurante y el Lucio taxidermista, disponiendo que los tres acusados ingresaran en prisión preventiva en el centro penitenciario de la capital provincial.

 

La instrucción del procedimiento fue bastante rápida, teniendo en cuenta la abundancia y claridad de las pruebas, aparte de que los procesados se derrotaron y "cantaron" su participación en los hechos.

 

En resumen, al ser elevado dicho procedimiento a la Audiencia Provincial, el Juez de Instrucción les atribuía, en unos casos como autores y en otros como cómplices, los siguientes delitos:

 

  • Un delito de defraudación de fluido eléctrico, del art. 255 del Código Penal.

  • Un delito contra el medio ambiente, del art. 325 del mismo código.

  • Un delito continuado relativo a la protección de la fauna, del art. 334 del C.P.

  • Un delito contra la salud pública (clembuterol), del art. 364 del C.P.

  • Varios delitos contra la Ley de Caza.

Los procesados fueron conducidos en un furgón policial hasta el Juzgado, donde se les notificó la terminación del sumario y su remisión a la Audiencia Provincial. Terminada la diligencia, salieron esposados unos a otros y escoltados por la Guardia Civil, que los devolvió al centro penitenciario.

 

En ese preciso instante, los dos agentes que habían realizado el servicio se encontraban enfrente del edificio del Juzgado contemplando lo que sucedía. Y de pronto vieron medio escondida detrás de una fuente, con sus ya crecidos cachorros, a Canela con la herida casi curada. Parecía que no se perdía detalle de la subida de los delincuentes al furgón.

 

Mientras esto ocurría, a los agentes les pareció oír que Canela soltaba una risa floja parecida a la del can Pulgoso de los dibujos animados, mientras daba media vuelta y se alejaba con sus cachorros.

 

Hoy, el Melecio, arruinado por las multas e indemnizaciones, sin tierras ni vaquería, sigue cumpliendo condena en el penal del Puerto de Santa María

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