La columna verde


Ecoetiqueta: ¿La marca del consumidor del SXXI?

Por Cristina Alvarez. Cuando las posibilidades de elegir del consumidor son casi infinitas, a los fabricantes sólo les queda la alternativa de hacer que sus productos sean los mejores. Pero, ¿cómo puede una empresa mejorar un producto si las posibilidades de sus competidores en esta misma estrategia son interminables? En una época en la que a los consumidores parece habérseles despertado la conciencia ambiental –puede que como consecuencia de la mejora de la calidad de vida y a la vista de las mediáticas catástrofes ambientales- cada vez más empresas llaman la atención sobre la incidencia inocua que sobre el entorno tiene la actividad a la que se dedican. Se hartan de hablar del uso de energías limpias y de la producción de artículos “amigos” del medio ambiente.

Una de las “marcas” que distingue a los productos y servicios con menor impacto ambiental es la ecoetiqueta europea, un símbolo oficial de la UE para impulsar la oferta y la demanda de este tipo de bienes. En España ya cuentan con esta distinción diecisiete artículos, entre productos textiles, de limpieza y pinturas, entre otros. Y no es fácil ya que la mayoría de ellos han tenido que ser específicamente diseñados por las empresas para poder obtener  esta marca. Las exigencias para conseguir la ecoetiqueta son muchas, entre ellas, que el producto ofrezca realmente una mayor protección al medio ambiente, como mínimo sea tan bueno como otro que no ofrece esas ventajas ambientales y que estas características no impliquen un aumento del precio. Todos estos requisitos se garantizan con evaluaciones y revisiones periódicas.

 

A simple vista, parece comprensible la conveniencia de optar por los productos con ecoetiqueta. Pero a pesar de que se venden en todo el país y algunos son muy conocidos, la mayoría de los consumidores no serían capaces de citar alguno de ellos. Ni siquiera podrían explicar cual es el símbolo que debe figurar en sus envases, una flor con las estrellas de la UE en lugar de pétalos y el símbolo del euro en su centro.

 

Hay que confiar en la voluntad de los compradores. También en la de los empresarios, que contagiados de una filosofía verde y, más aún, conscientes de la rentabilidad de fabricar artículos inofensivos para el medio ambiente están dispuestos a diseñarlos para aumentar las ventas. Lo que parece que falla es la divulgación de las posibilidades que tienen los consumidores para elegir, para saber que pueden comprar igual de bien y contaminar menos. Al mismo tiempo, un mayor conocimiento de la ecoetiqueta sería también el impulso que se necesita para que cada vez haya más artículos con menor impacto ambiental y que, en el futuro, sean predominantes.

Cristina Alvarez es periodista ambiental