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La columna verde |
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Ni frío, ni calor |
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Incluso el átomo, convenientemente reactivado ha devenido en la llamada energía atómica.
Todas esas energías, cuando se utilizaron con ansiedad e incontroladamente, dieron más de un disgusto y causaron más de un accidente a sus usuarios; por eso fue absolutamente necesario dictar normas de regulación y habilitar inspectores para que éstas se cumplieran y para sancionar las irregularidades. Hoy por hoy es algo excepcional leer que se ha declarado un incendio debido a deficiencias en la instalación eléctrica o que ha explotado una bombona de butano. ¡Bendita reglamentación!
Así pues, esta energía que nos da fuego, calor, luz, agua caliente, etc., ya está domeñada y también y sobre todo, normalizada la instalación de los aparatos que nos la proporcionan.
Ahora llegan los calores y vamos a canalizar la energía para que nos proporcione fresquito, bienestar, aire acondicionado en suma; pero en las torres, los filtros y las “ventanas” de esas refrigeraciones que, como algunos animales reposan durante el letargo invernal, anidan ácaros, insectos y otros bichitos que, en cuanto se ponen en marcha los aparatos, nos invaden a la primera bocanada de aire fresco que aspiramos, ocasionando enfermedades pulmonares con la consiguiente alarma social y el correspondiente deterioro del medio ambiente.
Tal vez sería beneficioso refundar aquellos inspectores y habilitarlos para vigilar que todas las instalaciones de frío estuvieran en perfectas condiciones y en caso contrario poder imponer las sanciones reglamentadas. Por el bien de todos. Porque, aunque según el Maestro Correas, “El frío, de la salud es cuchillo”, procuremos que no se convierta, por falta de reglamentación e inspecciones, además, en una epidemia.
Y en cuanto al calor, complemento directo del fuego, pensemos que estamos en la época en que, no me cansaré de repetirlo, más miramientos debemos tener en prevenir cualquier descuido que pueda propiciar un incendio, especialmente en el bosque, por la deforestación y desertización que ello conlleva. No olvidemos que, como bien dice el refrán: “Para encender un fuego, basta uno; para matalle son menester muchos” |