La columna verde

Limpieza

Por Javier Dotú.  Hay algo que siempre atrae y enamora, a grandes y a chicos, sin discriminación de sexo, religión o menesteres profesionales. Son los puertos. Especialmente esos puertos de nuestra mar Mediterránea que te encuentras al volver cualquier esquina, como el de Campomanes, ahondado y pulcro, salpimentado de barecillos soleados; o el de Mar y montaña, otrora particular y exclusivo, y hoy abriendo sus brazos culminados por sus parpadeantes luces, roja y verde, babor y estribor, en señal de acogida y refugio a variopintas embarcaciones; o el de Denia que en su parte comercial, sus norays y bolardos amarran cabos de grandes ferrys que nos trasladan a las Islas Pitiusas; pero que a sus espaldas, en el Náutico, las velas de los optimist, tiemblan como adolescentes azaradas antes de entregar su virginidad a la mar; o el de Calpe, asombrado por el Peñón de Ifach y vigilado y protegido por otros peñones arquitectónicos de cemento y metacrilato; o tantos y tantos otros...

 

Todas las personas se fijan en los yates y veleros que, negligentemente, como combas dormidas, enlazan entre cornamusas y bitas, sus cabos de amarre. ¡Qué belleza de líneas! Sueños de singladuras fantásticas emocionas a los paseantes al leer los nombres en las popas y ver ondear las banderas de las más recónditas procedencias.

 

¡Y qué limpias están todas las embarcaciones! ¡Cómo reflejan la luz!

 

Claro. Porque en lo que tal vez no todos se fijan es en que horas antes de iniciar una travesía, el patrón del barco sube a bordo y revisa los departamentos estancos y desobstruye los imbornales y comprueba las baterías y pone en funcionamiento la radio y el GPS y echa un vistazo a la Carta, incluso si la travesía es corta y conocida, para recordar el calado, y... En suma, comprueba que su “vehículo” está preparado para transportarle con total seguridad. Y en agradecimiento, a la vuelta de la travesía, el patrón o sus grumetes permanecen en la cubierta para lavar el barco en profundidad, para despojarle de la sal corrosiva y dejarlo limpio y reluciente a la espera de una nueva travesía, mientras todos lo contemplan y admiran reposando junto al pantalán.

 

Estos rituales son ley para el navegante, pero también gozo y esmero y redondeo de una excursión satisfactoria. La pregunta es, ¿por qué en cualquier otra excursión, a pié o en moto o en coche, no cuidamos con la misma minuciosidad nuestro equipo y nuestros enseres, y por qué después de la acampada o la momentánea detención, no adecentamos todo el entorno hasta dejarlo limpio y reluciente?

 

Viene esto a cuento porque se nos acerca el verano a pasos agigantados y toda prevención de limpieza en nuestros bosque es poca para evitar los incendios que año tras año azotan nuestra geografía.

 

Al incendiario hay que encarcelarlo; al pirómano, curarlo; y al descuidado, al sucio, a esos hay que multarlos, pero sobre todo, educarlos. 

 

¡Igual lo de los barquitos es un buen ejemplo!

Estás en www.infoecologia.com