La columna verde

Entre fuego y agua

Madrid, Noviembre de 2005 www.infoecologia.com

Por Javier Dotú para Infoecologia.  Cuentan, sin que nadie ose desmentir ni afirmar la veracidad de los sucesos, pues acontecieron en la prehistoria, que los hombres primitivos adoraron el fuego, tanto por sus propiedades benéficas como por su poder devastador. Pero cuando ya tenían el culto consolidado porque las llamas que desprendía aquel fuego daban calor y todo lo consumían y convertían en cenizas, cayó un chaparrón y extinguió la deidad; con lo que se quedaron todos los primitivos humanos compuestos y sin dioses.

 

A alguien se le ocurrió discurrir que si el agua dominaba al fuego, la auténtica deidad era el agua que además servía para fertilizar la tierra y mitigar la sed. Pero el agua era excesivamente asequible para ser adorada. Un dios tenía que ser algo mucho más exclusivo, único. El agua era bien recibida, en ocasiones anhelada, siempre necesaria... pero de eso a ser considerada una deidad...


Andando el tiempo, un hombre, sin duda casualmente, aprendió a conseguir el fuego y a guardarlo: a dominarlo en suma. También aprendió a canalizar las aguas a aproximarlas y a guardarlas. Ese hombre fue considerado un dios y a él se le otorgó todo el poder. Entonces él explicó que simplemente era un intermediario, un representante del o de los dioses y que igual que canalizó el agua, canalizaría el poder en beneficio de todos.

Creo que ahí estuvo la génesis del “homo politicus”.

Fueron transcurriendo los lustros y ahora resulta que, ¡ni se sabe el porrón de años después!, en el momento presente, más o menos, el homo politicus ni consigue dominar el fuego que sigue devastando nuestros bosques en verano ni consigue dominar el agua cuando se desborda y embravece empujada por tifones y huracanes y ni siquiera en nuestra piel de toro encuentra la manera de abastecernos a todos con el líquido elemento.

La carestía del agua es el actual problema en España. Barrunto que conozco la causa de esa penuria hídrica que, por otra parte esa mala causa ya ha sido denunciada en múltiples ocasiones por la literatura española; y como para muestra basta un botón, ahí va la fábula de Iriarte que dice:

“Por entre unas matas, / seguidos de perros, / (no diré corría) / volaba un conejo. / De su madriguera / salió un compañero, / y le dijo: - Tente, / amigo, ¿qué es esto? / - ¿Qué ha de ser?, respondió: / sin aliento llego... / - Dos pícaros galgos / me vienen siguiendo / -Sí (replica el otro), / por allí los veo... / pero no son galgos. / -¿Pues qué son? –Podencos / -¿Qué? ¿Podencos dices? / -Sí, como mi abuelo. / Galgos y muy galgos; / bien visto lo tengo. / -Son podencos: vaya / que no entiendes de eso / -Son galgos te digo. / -Digo que podencos. / En esta disputa / llegando los perros / pillan descuidados / a mis dos conejos. / Moraleja: Los que por cuestiones de poco momento dejan lo que importa, llévense este ejemplo.

 

Si en esta fábula los dos conejos en vez de discutir que si galgos que si podencos discutieran que si trasvase que si desaladora, seguro que el plan hidrológico nacional, también les habría pillado descuidados.

 

La solución, otro día. De momento se me ha quedado la boca seca.

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