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La columna verde |
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Premio |
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Se quejaba amargamente un aldeano de un pueblecito serrano ante el anuncio de que una gran extensión de terreno en el que se hallaba su propiedad iba a ser considerada “MONTE PROTEGIDO”; o sea, se le había otorgado la consideración de MEDIO NATURAL ABSOLUTAMENTE INTOCABLE. ¡Menudo premio! ... ¿Sí? Habían hecho polvo al pobre hombre. El aldeano, con 60 años cumplidos, viendo la expansión del pueblo, cada vez más visitado por foráneos, abrigaba la esperanza de que parte de sus terrenos algún día se urbanizara y de que los dineros que por ellos percibiera, le liberaran del yugo de la tierra y complementaran su exigua futura pensión. ¡Pues no señor! ¡Su gozo en un pozo! El rimbombante y defendido a capa y espada por ecologistas furibundos título de “monte o espacio protegido”, tiene un efecto perverso sobre el aldeano. Efecto que debería no sólo considerar sino tal vez evaluar y compensar quien así lo cataloga.
La
Naturaleza debe protegerse y conservarse incontaminada para beneficio
de toda la humanidad, por eso el coste que ello supone no puede recaer
solamente en unos cuantos. Si todos nos beneficiamos, todos debemos
contribuir. También la Justicia debe ser ecológica. También tras el
trabajo debe llegar el merecido descanso. A todos. ¿O es que aún hoy
vale las palabras de Miguel Hernández Le veo arar los rastrojos / y devorar un mendrugo / y declarar con los ojos / que por qué es carne de yugo / |
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