La columna verde

Tabarca

Por Javier Dotú.  Desde el puerto de Benidorm, puerto chico para tanta urbe, puerto agazapado bajo el "Castell" y festoneado por el emblemático Parque de Elche, embarqué junto a renombrados periodistas y fotógrafos de la zona como Joan Portolés, Pepe Perles, Mario Ayús..., en un espléndido y moderno catamarán para "descubrir" la única isla habitada de la Comunidad Valenciana: la Isla de Tabarca. Bueno..., en realidad, primigeniamente la porción de tierra rodeada de agua por todas partes sita en el Mediterráneo a menos de tres millas del Cabo de Santa Pola, se bautizó con el nombre de Isla Plana.

 

En 1.761, el bey de Túnez conquistó los territorios africanos que hasta entonces se hallaban bajo la protección del Reino de España. En 1.767, los argelinos redujeron a la esclavitud a los habitantes de la Tabarca tunecina, islita abrazada por la bahía de su mismo nombre situada a unos 13 kilómetros al Este del Cabo Rojo, la mayoría pescadores de coral. En 1.768, Carlos III redimió a 600 de esos pescadores y mandó edificar para ellos en la Isla Plana una población amurallada. Desde entonces se llamó ala isla, Nueva Tabarca y posteriormente y hasta nuestros días, Tabarca.

 

Tiene Tabarca una rada natural que ampliada por una dársena sirve de puerto en el que atracó nuestra embarcación. Desde allí una suave cuesta flanqueada por terracitas al sol de restaurantes marineros conduce hasta la entrada de la ciudad propiamente dicha. Es un arco magnífico hendido en la ancha muralla aunque envejecido y desgastado. De allí parte la calle principal que termina en la barbacana y a través de ella se llega hasta el mar, salpicado allí de rocas emergentes que delimitan hacia el Este una almadraba.

 

La islita que tiene una longitud de una milla aproximadamente (casi el doble que su homónima tunecina), podría ser un bello capricho, una piedra preciosa bañada por aguas transparentes, pero...

 

La calle principal es una calle polvorienta y sin asfaltar, con aceras desiguales y bordeada por edificios vulgares a los que no les iría nada mal una mano de pintura. Las plazas parecen más unos solares abandonados a la espera de una recalificación que las esperadas plazoletas mediterráneas, recoletas, rodeadas de flores y llenas de luz.

 

Y sobre todo, el protagonismo del "pero" se debe adjudicar a la suciedad: botellas de plástico, bolsas y botes flotan entre las rocas, con el consiguiente peligro y daño ecológico que su ingesta representa para la fauna marina. Como en un chiste de mal gusto, de los atunes de la almadraba sólo quedan las latas oxidadas.

 

Parafraseando la locución de que "dinero llama a dinero", "suciedad llama a suciedad" y al ver el estado de las calles y las rocas de Tabarca, lo normal es que nadie se reprima de incrementar la porquería.

 

La ecología bien entendida debe empezar por la práctica individual, y a ella se llega gracias a la educación en ese sentido y a los buenos ejemplos. Mal ejemplo se está dando en la Isla Plana o en Nueva Tabarca o en Tabarca. Mal ejemplo.

 

En un edificio situado extramuros y autodenominado Museo, se nos prometen futuras restauraciones y brillantes reurbanizaciones revestidas del mayor cuidado, esmero y protección de la zona medioambiental. De momento, sólo proyectos. La realidad es la que hemos visto hoy; aunque quede abierto un camino a la esperanza. ¡Ojalá!

 

Tal vez, cuando lleguen los meses estivales, el alcalde pedáneo, intuyendo la masiva llegada de turistas, le dé una lavadita de cara a la Isla y todos tan contentos. Pero no es eso, Señor Alcalde, no es eso. 

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