Ruido

Las chicharras griegas y el ruido de Madrid

Por Francisco Galván para Infoecología (Agosto de 2007)

En Grecia hay diez millones de griegos y cien millones de chicharras. O, al menos, eso me ha parecido por el clamor colosal que causan estos insectos con su monocorde canto en cualquier parte del país donde haya un árbol. 

 

He estado una semana en Grecia. He visitado los principales atractivos culturales de la zona continental del país: Atenas, Corinto, Delfos, Micenas, Olimpia, Meteora… pero, aparte de estas maravillas históricas y la dualidad de la personalidad griega (ora amabilísima, ora desabrida) lo que más llama la atención es la proliferación de este homóptero arborícola. Las avenidas atenienses, los parques, los jardines y las laderas de los cerros de la capital griega son un concierto continuo de miles y miles de chicharras macho que arrecian con su llamada sexual a la hembra. 

 

De regreso a casa, en Madrid, venía con intención de disfrutar de eso que los capitalinos denominamos la placidez del mes de agosto y que, para ser sinceros, se extingue año a año. Se supone que en el mes de agosto la ciudad se queda vacía, hay menos ruidos, menos coches, menos contaminación, menos gente en restaurantes, parques, cines o allá dónde cada cual quiera ir para disfrutar de estos días de asueto vacacional. Sin embargo, cada vez se nota menos ese maravilloso síndrome agosteño. Solo en esos momentos breves en que la noche profunda se transforma en madrugada, poco antes del alba, se puede decir que hay una paz absoluta en la ciudad. 

 

Vivo en un quinto piso, en una encrucijada de calles con un tráfico más que regular por lo que el ruido es considerable durante todo el año. Pero en estas fechas no hay más remedio que dormir con las ventanas abiertas. En casa, al tener acceso a dos de esas calles, logro crear una maravillosa corriente de aire que alivia el bochorno nocturno. La mejor hora es esa de la que hablaba, de transición hacia la madrugada, en la que los juerguistas ya se han retirado a dormir, los coches con el bakalao a toda máquina ya descansan empastillados en sus garajes y los trabajadores (que siempre hay) más madrugadores  aún no han salido de la ducha. Ese es mi momento manso, sereno, de relax absoluto en el que no se oye una mosca… Pero, ¿qué digo? ¿Y ese ruido? ¿Qué es esa estridencia que me desvela, ese rumor familiar?, me preguntó somnoliento, perturbado en mi descanso. ¿Son chicharras? ¿Acaso me han perseguido desde el otro lado del mediterráneo? Me espabilo un poco más y al fin comprendo. 

 

En efecto, son chicharras. Pero no esas chicharras de carne y quitina que cantan para cumplir con la función reproductora que les ha impuesto la Naturaleza, no esas chicharras voladoras que mueren tras el verano, esas chicharras bromistas (me cayó una en la cabeza cuando me disponía a pagar la cena en una terraza de la ateniense plaza de Dexameni). Son unas chicharras metálicas, hieráticas, estridentes y molestas plantadas por el Ayuntamiento de Madrid en los semáforos para avisar a los ciegos. Yo tengo ocho en el cruce de calles al que dan mis ventanas. Si a mí, que vivo en el quinto, me desvelan en el silencio de la noche ¿que no será de los que viven en el primero? ¿Y los invidentes, que desarrollan el sentido del oído extremadamente para suplir su falta de visión, no ensordecerán? 

 

Estoy convencido de que al oído de un ciego le bastaría con una décima parte de esos decibelios para enterarse de que el semáforo está abierto. ¿No es posible bajar el volumen? ¿No es posible colocar pantallas acústicas en dichas sirenas semaforiles para orientar el sonido hacia los peatones y evitar que se propague en todas direcciones, lo mismo que las pantallas de las farolas. Evitemos la contaminación acústica en todas sus formas, por favor, señores munícipes. Y una recomendación: que al menos todos los semáforos tengan el mismo soniquete y a ser posible armónico ¿Han de sonar unos como las sirenas de la policía y otros como un estreñido diapasón? Sin ninguna duda, prefiero el grave y monótono recital de la chicharras griegas.

Francisco Galván  escritor y periodista de la Agencia EFE, obtuvo el Premio Ateneo Ciudad de Valladolid en 2002 con su novela "Cuando el cielo se caiga" publicada por la editorial Algaida. 

En 2001 gano el Premio Diablo Cojuelo de Novela Picaresca de Ecija (Sevilla) con "El rabo del diablo", su segunda novela publicada, y es autor de "Las esmeraldas de Cortés".

Acaba de publicar "De buitres y lobos", su cuarta novela. Editada por Algaida

Para contactar con el autor: frangalvan@eresmas.com
Acceso a su blog: http://franciscogalvan.blogspot.com/

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