La columna verde

Luces de la oscuridad
La vida en los fondos oceánicos

Por Ricardo Aguilar (2004). En los océanos, a partir de los 40-50 metros de profundidad, muchas especies dependientes de la luz solar para realizar la fotosíntesis empiezan a desaparecer. A mayores profundidades, la oscuridad va ganando terreno hasta que, a los 400 metros, la luz solar casi ha desaparecido. Pero en la penumbra absoluta se encienden otras luces. Cientos de especies marinas han adaptado su vida a la oscuridad, aunque han buscado formas de combatirla o utilizarla.

 

En este mundo prácticamente desconocido, peces, crustáceos, cefalópodos, medusas o bacterias, entre otros, han encontrado un sistema para iluminar la oscuridad. Por medio de unos órganos llamados fotóforos, pueden emitir luces de distinta intensidad que sirven como camuflaje para atraer a las presas, despistar a los predadores, identificar a los de su propia especie, buscar pareja… Es un lenguaje de señales tan válido como los bramidos, los ladridos o la berrrea.

 

En tierra apenas hay unas pocas especies que también han optado por este sistema lumínico, entre las que destacan las luciérnagas, ciertos escarabajos, gusanos o caracoles, sin olvidar unos pocos hongos. Pero en las profundidades marinas, entre el 70% y el 90% de los organismos que allí viven ha desarrollado diferentes estrategias de bioluminiscencia.

 

Muchas especies son autosuficientes para producir luz por medio de la mezcla de compuestos químicos (como la luciferina) con enzimas (como la luciferasa), que reaccionan con el oxígeno y el trifosfato de adenosina (ATP), jugando también su papel el agua y la sal. Si bien existen muchas formas y reacciones químicas para producir luz. Otras especie, carentes de estos compuestos, han optado por establecer una relación simbiótica con bacterias bioluminiscentes (como el calamar hawaiano –Euprymna scolopes- o el puntillo -Myctophum punctatum-, un pequeño pez que puede encontarse en el Mediterráneo); mientras ellos les aportan nutrientes y un lugar donde establecerse, las bacterias les aportan la luz que necesitan.

 

La bioluminiscencia es conocida también como “luz fría”, ya que apenas desprende calor, Se estima que el 97% de la energía utilizada se hace de forma eficiente y sólo el 3% se pierde en forma de calor. En comparación, una bombilla incandescente de las que utilizamos en nuestras casas tiene una eficiencia totalmente opuesta, ya que más del 90% se pierde en calor.

 

Rojo igual a negro

 

El color de la luz más habitual en los fondos marinos es el azul, ya que al tener una onda más corta tarda más en dispersarse en la profundidad. Lo podemos comprobar al sumergirnos en el mar, viendo como el color rojo y el amarillo desaparecen enseguida, mientras el verde y el azul aún resisten. Esto ha llevado también a otro tipo de estrategias realmente interesantes en las especies de profundidad. Puesto que la energía necesaria para producir el pigmento negro es muy alta, muchas especies han optado adoptar un color rojo o anaranjado. Como se trata de colores que desaparecen rápidamente con la profundidad, ser de estos colores es igual a ser negro y, por tanto, invisible, en las aguas obscuras.

 

La dificultad de ver el color rojo en las profundidades ha llevado a que algunas especies lo utilicen en su provecho. Los peces dragones de aguas profundas (Malacosteidae) son unos de los pocos animales de zonas abisales que producen luz roja con sus fotóforos, como si se tratar de un sistema de infrarrojos invisible para la mayoría de las especies existentes. Aunque aun se necesitan muchos estudios para que conozcamos todas las utilidades de la bioluminiscencia, parece que estos animales han elegido la luz roja para comunicarse con sus congéneres. Al ser los únicos que pueden producir y ver esta luz en la oscuridad, ello les aporta una ventaja que otras especies no tienen; hablan un lenguaje que los demás no entienden ni pueden”escuchar”.

 

Y es que buscar pareja en la más absoluta penumbra no es tarea fácil. Otras especies han optado por llevar a los machos como parásitos, como es el caso del rape de profundidad –Cryptopsaras couesi-. De este modo, no se gasta energía en la búsqueda de reproductores, si bien éstos (de mucho menor tamaño que la hembra) tienen que pasar la mayoría de su vida dependiendo de la hembra a la que parasitan. Y hay quienes han optado por el hermafroditismo, como los peces lanceta -Alepisauridae-.

 

La bioluminiscencia parece tener tres funciones básicas en las profundidades marinas:

 

-         Buscar alimento: Por medio de la luz se puede ver en la oscuridad o crear señuelos que atraigan a las presas como una bombilla a las polillas, como realiza el pez víbora (Chauliodus sloani).

-         Reproducción: Al igual que las luciérnagas en los bosques, muchos machos marinos tienen fotóforos más grandes y de mayor potencia que pueden hacer brillar para atraer a las hembras

-         Camuflaje: La luz que generan estos animales pueda confundir a sus predadores difuminando su contorno o dándoles una apariencia distinta. También algunos crustáceos y cefalópodos llegan a expulsar un chorro de luz (como la gamba de profundidad -Acanthephyra purpurea.) o tinta (como el calamar vampiro –Vampyroteuthis infernalis- que crea una nube de color que puede confundir o. incluso cegar temporalmente al predador. Pero una forma aun más curiosa de protegerse de la presas es hacer que sus predadores sean visibles para otros predadores mayores. Así, al hacer brillar sus fotóforos, algunas presas dan una señal de socorro que puede atraer a especies de mayor tamaño que devoran o hacer huir a los otros predadores.

 

Las grandes profundidades marinas, en especial aquellas por debajo de los 1.000 metros, albergan a muchas de estas especies. Es un mundo en el que apenas hemos empezado a adentrarnos y que nos depara muchas sorpresas y estrategias biológicas que pueden ser de gran utilidad para el futuro de la humanidad.

 

Pero debemos darnos prisa para proteger estas zonas, ecosistemas y especies pues, las amenazas que sufrimos tierra o en capas más superficiales están llegando a estos lugares. La contaminación, la explotación petrolífera/minera y la pesca destructiva  ya se dejan notar en estos lugares. Las redes de arrastre han destruido ecosistemas únicos a más de 1.500 metros de profundidad, antes de que la opinión pública siquiera haya podido saber que existen.

Ricardo Aguilar Rubio es Divulgador Ambiental y uno de los impulsores del movimiento ecologista en España es director de Investigación y Proyectos de la Fundación Internacional Oceana para Europa

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