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EL
AGUA es un elemento que emborracha, en palabras de un presidente
autonómico. Podemos pasar varios días sin comer, pero un par de
días sin agua nos ocasionaría la muerte. Nuestro cuerpo, en gran
parte, sólo es agua. Y como tantas cosas importantes, sólo
percibimos su importancia cuando nos falta.
El
agua es el recurso más importante, por encima de la energía o
los minerales, y causa de conflictos cada vez más graves, dado
que el 40% de la población ya vive en zonas de escasez, y el
porcentaje aumenta cada año.
El
agua enfrenta a Israel con los palestinos y sus vecinos árabes, a
Egipto con Sudán y Etiopía, a Turquía con Siria e Irak. Pero no
hay que irse muy lejos para ver el papel del agua en los
conflictos del presente y del futuro. Aquí mismo tenemos nuestras
propias guerras del agua, como muestran las polémicas en torno al
trasvase del Ebro, del Tajo-Segura o del Júcar-Vinalopó.
Todos
quieren disfrutar del agua, para abastecimiento urbano, regadíos,
usos industriales o campos de golf, y todos quieren pagar lo menos
posible. Las necesidades son infinitas, pero el recurso es escaso.
¿Cuánta agua es suficiente? ¿Quién pone límites y raciona la
escasez?
España,
y Galicia en particular, vive la peor sequía de la última década.
¿Cambio climático o episodio natural? Probablemente sería
pronto para decirlo, pero lo cierto es que sufrimos el año más
seco desde hace una década.
Hoy
se requiere una nueva política del agua, que garantice más
equidad, más eficiencia y más sostenibilidad, aprovechando las
mejores tecnologías disponibles, y potenciando la participación
y la corresponsabilidad de los ciudadanos para combatir el
despilfarro, la especulación, la insuficiencia y la contaminación
del agua.
La
nueva política del agua debe dar prioridad a la gestión de la
demanda, frente al enfoque tradicional basado sólo en la oferta
de nuevas infraestructuras hidráulicas, como embalses y trasvases
que, si son necesarias, deberán ejecutarse analizando sus costes,
viabilidad e impacto sobre el medio ambiente.
La
desalinización y la reutilización son algunas de las tecnologías
a potenciar cada vez más, teniendo en cuenta los efectos del
cambio climático sobre la disponibilidad de recursos hídricos
continentales; pero lo prioritario es optimizar el uso del agua,
mediante la modernización de los regadíos, la mejora de la
calidad del agua y el fomento de la eficiencia en el uso de los
actuales sistemas hídricos superficiales y subterráneos,
reduciendo las importantes pérdidas en las redes de distribución.
En
tiempos de escasez hay que hacer más con menos, y eso es
precisamente lo que se llama eficiencia, que debería ser una
realidad, llueva o no llueva. La nueva Directiva Marco de la Unión
Europea nos obligará también a mejorar la calidad, sin olvidar
el importante papel del agua en la conservación de ecosistemas.
La repercusión de los costes de las infraestructuras en los
usuarios, aunque no agrade a los afectados, acostumbrados a que el
Estado (es decir, todos) corriese con los gastos e inversiones,
servirá sin duda para consumir agua con más eficiencia.
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