Por Pablo Aguilar (mayo 2003). Puede
resultar irónico, pero la Comunidad de Madrid cuenta con la mayor
cantidad de buzos certificados del territorio nacional, independientemente
de la federación o sociedad a la que pertenezcan (PADI, FEDAS, SSI, ACUC...),
de modo que cada fin de semana podemos ver una romería de vehículos
plagados de pegatinas alusivas a este deporte saliendo por nuestras
carreteras para acudir a la llamada del mar.
Los buzos han pasado de ser meros observadores a convertirse en parte
activa del mantenimiento de nuestra fauna y flora subacuática: es
bastante común que los clubes, gracias a la financiación de cada vez más
ayuntamientos costeros -que han visto cómo la práctica del buceo es un
medio extra de ingresos para la industria de la zona- y a proyectos como A.W.A.R.E.
de la asociación PADI, organicen salidas para desarrollar limpiezas de
fondos y playas.
Un auténtico batallón de buzos recorre nuestros fondos marinos en busca
de materiales y restos de una actividad poco responsable con el medio. Las
consabidas latas del refresco de turno y sus ya tristemente famosas
abrazaderas, bolsas de plástico a la deriva, plomos de pesca... son lo más
común que podemos encontrar, sin descartar auténticas extravagancias
(ruedas, carritos de la compra, baterías...) que te hacen preguntar: ¿qué
loco ha podido llevar eso hasta aquí?
Estas labores de limpieza sirven como ejemplo a toda una comunidad que
desconoce en gran parte lo que ocurre más allá de la línea de flotación
de un barco. Cada vez son más los centros de buceo que incluyen dentro de
su programa de formación para nuevos buzos unas leves nociones de
identificación de especies (lo cual aporta un aliciente añadido a la
inmersión), de control de flotabilidad y de cómo un amante de esta práctica
debe relacionarse con el medio. Una relación basada fundamentalmente en
el exquisito respeto hacia los habitantes de nuestros mares, llevándose
un buen recuerdo y dejando tan sólo... burbujas.
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