La columna verde

BONIFACIA versus LOMBORG

Por Antonio Lucio para Infoecología.

A primeros de febrero tuvo lugar en Barcelona una reflexión colectiva acerca de la "dimensión ética de las agendas sobre el desarrollo sostenible en el Mediterráneo y en el resto del mundo". Se organizó dentro de lo que se ha dado en llamar "previo Forum", con la colaboración de Green Cross, la ONG fundada por Gorbachov. Lo que se hizo en realidad fue acoger en Barcelona la edición anual de "Diálogos de la Tierra". Estos constituyen una original y ambiciosa manera de generar la más amplia reflexión y de, a su vez, convertirla en cuerpo consensuado y operativo de ideas para la acción. Para ello crean distintos grupos paralelos sobre la misma cuestión, contrastándose posteriormente las conclusiones de aquéllos, con el resultado de una visión más rica y fuerte.

 

Pero lo que realmente me lleva a referirme a los Diálogos de Barcelona no es la metodología, con ser de interés su análisis más detallado; sino algunas perspectivas que se pusieron sobre la mesa como objeto propio de la reflexión. Me estoy refiriendo a las "estrategias éticas" a favor de la sostenibilidad.

 

He aquí una manera más, al menos una más, de contemplar la crisis ambiental, de analizar los grandes problemas en que se manifiesta, de vislumbrar criterios para orientarnos en la respuesta. La economía ha sido campo para el análisis y para la propuesta de soluciones, la política, la sociología, el Derecho, la ingeniería también. Pero ¿y la ética?

 

Se ha visto a ésta en muchos casos como una resbaladiza manera de abordar los desafíos ambientales, y se ha perseguido mantener el diagnóstico en el rigor científico y por tanto la respuesta en la racionalidad de la solución, a la vista de las ventajas y desventajas de la encrucijada. No ha sido extraño, en este sentido, mantener una cierta precaución ante la fácil deriva de la ética a la religión. Se ha intentado huir del puro "deber ser" -que implica la ética- hacia la naturaleza, por temor a terminar en una suerte de adoración a la naturaleza, de divinización de la misma.

 

El tema da mucho de sí y ya me he visto en más de una ocasión compartiendo reflexiones en público acerca de ello. Pero, por el momento, baste con apuntar esta dimensión de la crisis ambiental y esa vía para abordarla, y ya de paso avanzar algunas genéricas consideraciones.

 

En primer lugar traería aquí los datos que vienen aportándose desde la Agencia Europea de Medio Ambiente sobre el "desacoplamiento" de los impactos ambientales en los sectores productivos en comparación con lo que sucede en los hogares. Esto es, en nuestras empresas se va ganando en eficiencia ambiental, de forma que por cada unidad de producción o de servicio cada vez se genera un menor impacto ambiental, empezando por la pura eficiencia energética, y pasando por la generación de los residuos o por los consumos de recursos. Se advierte una creciente racionalidad en los sectores productivos en este sentido. Racionalidad que está motivada, como podemos imaginar, por diversas razones, pero entre las cuales está la "pura racionalidad utilitarista" en la que se mueve el comportamiento de las empresas. Lo cual hay que verlo con buenos ojos, porque ello es índice de cómo en la lógica del mercado se va introduciendo el factor ambiental, en términos de costes menores o en términos de reputación, por sólo señalar dos dimensiones.

 

Ahora bien, mientras sucede esto en el ámbito empresarial europeo, nos encontramos con que en nuestro hogares no se produce ese desacoplamiento; más bien lo que se arroja desde las estadísticas es un mayor impacto por unidad familiar, tanto en generación de residuos como en consumo de recursos. Y es aquí donde hay que preguntarse, entonces, por qué se da un mejor comportamiento en las empresas que en los ciudadanos, ¿es que acaso son más sensibles aquellas a los valores ambientales?, ¿es que tienen el corazón más abierto a la destrucción de nuestro entorno?, ¿es que son más inteligentes o mejor informadas y saben reconocer la estupidez de nuestro comportamiento colectivo y modulan su plan de beneficios a combatir dicha estupidez?. Al lado de estas preguntas, otras tantas se pueden dirigir a los hogares, ¿es que es mentira la respuesta general que dan las encuestas de sensibilidad de los ciudadanos hacia el medio ambiente?, ¿es que a la gente le da lo mismo el entorno?.

 

Para entrar a considerar estas supuestas interrogaciones nos pueden ser de utilidad las reflexiones que hace no muchos años formulaba el conocido sociólogo francés, Lipovetsky acerca del "crepúsculo del deber" (así se titula el libro en que las vierte). En grandes rasgos la tesis de este autor reside en llamar la atención sobre la importancia de la ética en nuestros días contrariamente al tópico que nos sitúa en un mundo esencialmente amoral. Así relaciona numerosos ejemplos de códigos éticos y manuales de buenas prácticas en los más variados ámbitos. Y entre ellos concede un capítulo aparte al medio ambiente. Ahora bien, y es aquí, donde reside la clave, esa ética al uso no es sino lo que el denomina "ética utilitarista", que no es sino un individualismo teñido de un sentido de las ventajas que da el portarse bien. Alguien podría identificarlo, en su utilitarismo, con el concepto de "egoísmo ilustrado" kantiano, según el cual dándose a uno el bien lo genera, aun potencialmente, a los demás, lo avoca a su socialización.

 

Llevado al terreno del medio ambiente, este nivel ético propicia pequeños compromisos o deberes, no demasiado dolorosos, por el bien del medio ambiente. Se identifica un punto hasta el cual llega el ciudadano a la hora de pensar en el medio ambiente. El mejor ejemplo de ello es la selección de la basura doméstica para su mejor reciclado o reutilización. En ello hay un, consciente o no, balance de esfuerzos y compensaciones, individuales y colectivas, que llevan al comportamiento responsable.

 

El planteamiento elevado al ámbito global debería llevar a una respuesta de racionalidad "utilitarista" en la que por razón de supervivencia de nuestra especie tendríamos que modificar (al tercio rico del mundo me refiero) de manera profunda muchas de nuestras pautas de producción y de consumo. Sin embargo, está claro que no sucede así. Nos mantenemos tranquilamente impasibles ante las evidencias científicas del Sexto ………..en marcha, esta vez causado por el genero humano, no por meteorito alguno.

 

Esta claro, que como especie estamos actuando estúpidamente; de ahí que Giovanni Sartori en su último opúsculo (La Tierra Explota) hay calificado nuestro estadio de evolución como Homo stupidus stupidus.

No funciona ni siquiera la "ética utilitarista" en términos colectivos tan amplios. Ni siquiera funciona una mera racionalidad al margen de éticas. Sobre ello se viene poniendo de manifiesto como la irracionalidad última de los consumidores (manipulada por propagandas de todo tipo) es la base de nuestro principales motores económicos: el consumo y la construcción. Sartori plantea, ante ello, como única vía de salvación el "retorno a la inteligencia".

Lo que sucede, entiendo, es que tal hazaña cae ya en el terreno de las apuestas morales. Hoy día optar por no comportarse estúpidamente es un acto de voluntad y de autodeterminación que puede provocar el destemplado sentimiento de "rara avis" o de "outsider". No todos están dispuestos a los riesgo de jugar a "librepensador"

En este punto, creo que la energía que impulsará comportamientos de racionalidad que, efectivamente, demanda nuestra supervivencia como especie va a venir de fuera de la razón propiamente. Creo que va a venir de la ética, llamémosla así en un sentido amplio. La energía que impulse esos cambios de comportamiento vendrá algo más que el calculo inteligente de lo que nos puede suceder si no todo sigue igual. Porque los cálculos de las personas estarán muy mediatizados por las ventajas de seguir así a corto plazo y las incertidumbres (recibidas con alivio) sobre loas amenazas del largo plazo.

Con planteamientos de ética utilitarista, en definitiva, no vamos a cambiar gran cosa. Salvo que de ellos demos un salto cualitativo a los deberes, a la ética llamémosla "pura"; o dicho de otra manera, salvo que pasemos de los imperativos hipotéticos a los imperativos categóricos.

En este punto yo preguntaría, perdóneseme el tono trascendental, ¿nos cumple algún deber a los humanos respecto al resto de seres vivos, a la naturaleza y a la Tierra?. Dando por hecho que la respuesta es afirmativa, seguimos preguntando, ¿ese deber se basa en nuestro propio sentido de la utilidad, por cuanto nuestra existencia o subsistencia como especie depende de nuestro respeto a aquellos otros seres y realidades? ¿Cabe plantearse un deber hacia nuestro entorno sin más consideraciones que única y exclusivamente la moral, esto es, el dictado autónomo de nuestra conciencia, que de lo más profundo nos reclama respeto y afecto hacia nuestra Tierra y todo lo que en ella existe y habita?

Estas preguntas, conscientes o inconscientes, deberían llevar a la persona a plantearse cual es su manera de estar en el mundo.

Para terminar, de momento, quiero recordar un conocido episodio vinculado al mundo deportivo, al que tan apegado me siento, en los términos en que es descrito por Martin Palmer (1997): "Un día, en 1953, dos hombres subieron a la cumbre del monte Everest, Sir Edmund Hillary, un científico occidental y el sherpa Tenzing, un budista del Himalaya. Estando separados por culturas y creencias diferentes escalaron juntos la mayor montaña del mundo y por primera vez en la historia alcanzaron su cumbre. Cuando lo hicieron aparecieron las diferentes culturas. Edmund Hillary plantó una bandera británica sobre la nieve y "conquistó" el Monte Everest. El sherpa Tenzing se arrodilló y pidió perdón a los dioses de las montañas por haberlos molestado. Cuando los periódicos occidentales publicaron el suceso, todos hablaron de la conquista, ninguno de las oraciones que se habían ofrecido. Treinta años más tarde, Edmund Hillary comentó que quizá el sherpa Tenzing había comprendido más plenamente que él lo que había sucedido en la montaña".

 

Encuentro en este hecho uno de los mejores ejemplos de aquello a lo que me quiero referir. Nuestra manera de estar en el mundo conlleva unas creencias profundas, más o menos cultivadas, conscientes o inconscientes, creyentes o no, confesionales o no. Y es dentro de se modo de estar en el mundo, es en esa creencia profunda donde se sitúa la ética ecológica, más allá de cálculos de utilidades. Es en ese ámbito, en esa suerte de "disco duro" de nuestra voluntad, donde se generan gran parte de las decisiones humanas, ya sean del ciudadano respecto a su hogar , ya sean del directivo de una organización respecto a la actividad de la misma.

En este sentido cabe hablar de estrategias éticas hacia la sostenibilidad. Aclarándose que en realidad no estamos ante "estrategias" propiamente dichas, ya que no entendemos por tales unos medios o instrumentos metodológicos al servicio de un fin. Bien al contrario, están identificando unos valores a los que adherirse por su estricto e intrínseco sentido. Sería más adecuado hablar, entonces, de vías éticas hacia la sostenibilidad. Otra cosa es la necesidad de poner en valor aplicativo ese potencial de respeto y compromiso hacia la naturaleza, esa oportunidad de amor y amistad hacia la Tierra.

 

Pero no pensemos que sólo existen vías éticas hacia la naturaleza desde la espiritualidad oriental. No cabe ninguna duda de que en el seno de las religiones orientales, por simplificar, se ha generado una sabiduría ecológica, integrada con otros muchos rasgos esenciales vinculados a la armonía personal o a la armonía paisajística. Pero eso no quiere decir que sean las únicas vías hinchadas de se espíritu. Sin ir más lejos, tenemos la tradición de nuestra cultura rural, la de las aldeas. En ellas han germinado muchas maneras de estar que tienen un valor terapéutico impagable ante las patologías ambientales y sociales de nuestra "aldea global". En la escasez de nuestros pueblos, en contacto con la naturaleza, intempestiva o dulce, se han forjado esas maneras, esos quereres, incluso esas técnicas con las que manejarse ante los "limites del crecimiento" de la aldea y su comarca. En ese "saber hacer" tenemos un tesoro de lo que hoy llamaríamos ese "know how", del que se ha hecho eco un Miguel Delibes , en su obra paradigmática de lo que hablamos, "El disputado voto del señor Cayo". El autor pone estas ideas en boca del protagonista, un candidato electoral aterrizado por despiste, en su acción de proselitismo, en el pueblo despoblado –valga la redundancia- del señor Cayo. Dice así el candidato: "Pasa que hemos ido a redimir al redentor". ""Que nosotros, los listillos de la ciudad, hemos apeado a estos tíos del burro con el pretexto de que era un anacronismo y…y los hemos dejado a pie. Y ¿qué va a ocurrir aquí,…,el día en que en todo este podrido mundo no quede un solo tío que sepa para que sirve la flor del saúco?"

Pero hay mucho más que eso en la sabiduría de nuestros pueblos, a punto de extinguirse, hay una manera de estar en el mundo, hacia el mundo, un sentido moral respecto a las personas, a la naturaleza, a las cosas. Se lo escuche mejor que a nadie a Bonifacia, una mujer mayor, de 84 años, de Miraflores de la Sierra, el día que se presentaba la Agenda 21 Escolar. En aquella fría y soleada mañana, firmamos el "acuerdo de compromiso" escolares, maestros, autoridades y el Consejo de Mayores; estos últimos, a mi juicio, verdaderos protagonistas de la experiencia Agenda 21 Escolares, suerte de sabios patriarcas de nuestras tierras, de nuestra identidad. Tras ello nos fuimos a tomar un cafés. Y allí Bonifacio con toda su humildad nos anunció lo que iba a decir a los muchachos, que ella juzgaba bien poca cosa, pero al fin lo único que le despertaba decir: "vosotros, niños y niñas, no sabéis bien la suerte que tenéis viviendo ahora con todas las comodidades; no os podéis imaginar las penurias que hemos tenido que pasar los que ya somos viejos; ahora bien, lo que ya no se ve es el cariño, el amor; ya no hay de eso"

 

Qué buena respuesta para aquel sedicente "ecologista escéptico" que se propinó con un best-seller, a base de un totum revolutum de estadísticas y cifras, entre el alborozo de los desarrollistas sin complejos, y con el indisimulable propósito de anular las conciencias.

Si hay algo que necesitamos hoy más que nunca es conciencia y más conciencia. Y en ese sentido, aún nos quedan voces en nuestros pueblos, como la de Bonifacia, que en su humilde experiencia nos regalan sabiduría sin cifras frente al juego apabullante de necedad cubierta de números. Frente al ejemplar de homo stupidus stupidus del danés Lomborg reivindiquemos el retorno a la sabiduría del que habla Sartori, reivindiquemos a Bonifacia y al señor Cayo.

 

Apostilla: Por si alguien que lea esto se animara a buscar testimonios de tal naturaleza les invito a leer un libro que acaba de ser reeditado en Madrid: "Collado Mediano: hombre y naturaleza a través del tiempo".

Antonio Lucio es Director del Área de Medio Ambiente de Madrid 2012