La columna verde

Ecología de países no desarrollados

Por Jaime Durruty

Los asuntos medioambientales son, sin duda alguna, un tema relevante de los tiempos actuales. Si hay que declararse a favor o en contra de la preservación del planeta, nadie en su sano juicio se restaría a tan importante objetivo. Sin embargo, ¿qué sucede cuando ese objetivo es contrapuesto a otros tan urgentes o importantes como aquel?  Ese es el verdadero dilema porque, en efecto, el sistema productivo mundial genera externalidades negativas como la polución, pero a su vez todos reconocemos que el crecimiento económico es también un objetivo muy deseable, y en muchos casos, absolutamente prioritario.

La perspectiva de los países desarrollados es ciertamente injusta con las naciones en vías de desarrollo. Descontando el hecho contradictorio de que entre ellos no exista uniformidad respecto de sus compromisos individuales para reducir la producción de residuos contaminantes, los países desarrollados pretenden imponer severas restricciones a aquellos que no pertenecen al club. Ciertamente para ellos, hoy, y después de haber recorrido antes el mismo camino contaminador, o más dañino todavía, y de ser responsables de los actuales niveles de este mal, la cuestión de la superación de la pobreza de sus poblaciones no tiene casi relevancia alguna. ¿Qué sucede en los países pobres en que billones de personas no disponen de agua potable, ni alimentos suficientes para paliar el hambre, ni medicinas para combatir la mortandad, entre otras situaciones calamitosas? Nadie podría sostener que bajo la perspectiva dogmática del ecologismo exagerado, cien árboles en pie o más, valen uno solo de los cientos de miles de niños que mueren de hambre anualmente en el mundo. En el contexto de este otro desmejorado grupo de países, ambos objetivos son dramáticamente contradictorios y en ese escenario, o estos países hacen sólo lo posible por la ecología y lo imposible por la pobreza, o los países desarrollados les ayudan con la pobreza doméstica a cambio de que no dañen exageradamente el medio ambiente. De cierta manera, para esas realidades tan distantes de la realidad europea o japonesa o norteamericana, el ecologismo a todo trance no es más que un lujo que no se pueden permitir. La pregunta clave es esta: ¿de qué sirve a miles de niños tener un mundo respirable y sustentable en el largo plazo, con ríos transparentes y otros encantos paradisíacos, si han de morir en las próximas 24 horas, y otra igual cantidad al día siguiente, y así en forma sucesiva? 

Entonces la cuestión es materia de una política mundial para ayudar a la dramática situación de la pobreza y la miseria de la otra parte del mundo, en tanto se define para ella un cierto “óptimo de daño medioambiental”.  Las legislaciones en estos países no pueden ser tan estrictas como lo son en el mundo desarrollado y, mientras las naciones más ricas no actúen para aliviar estos flagelos del mundo pobre, no harán más que prolongar la huella de mortandad e infelicidad que deja como rastro el subdesarrollo persistente.

Es preciso encontrar equilibrios más justos para la humanidad toda. Los países pobres requieren imperiosamente combatir con sus escasas fuerzas a la pobreza y la miseria, y las naciones poderosas deben apoyarlos en esta tarea moralmente prioritaria. Las naciones ricas podrían compensar a las naciones pobres por aquello que dejan de producir en aras de la conservación medioambiental. Resolver los apremiantes problemas de las naciones más desfavorecidas es una condición previa para la efectividad de los objetivos medioambientales y que sin duda contribuirá decisivamente a estos.  

Jaime Durruty es Economista de la Universidad de Chile

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