La columna verde

Silencio... se vive

Por Mar Olmedilla. Tal vez me tomen por loca si digo que me gustaría vivir por un día en una película de cine mudo. Levantarme y no desayunar con los desaforados gritos de mi vecina llamando a los niños porque llegan tarde al colegio. No ser víctima de los cientos de conductores que presionan el claxon de su automóvil una y otra vez, mientras bajan la ventanilla del coche y nos regalan los oídos con una extensa enumeración de improperios. Pasear por mi ciudad y disfrutar del desfile de la Sinfónica de Ambulancias de Madrid al son de un relajante concierto de sirenas que, aprovechando la llegada de la primavera, interpretan a Vivaldi.

Pero entonces algo me despierta de mi sueño. Un repartidor de pizzas ha olvidado poner el silenciador al tubo de escape y, al doblar la esquina, una máquina taladradora hace un nuevo socavón en la acera. Entro en la farmacia para comprarme algo que me quite el dolor de cabeza. Cuando creo que tengo controlada la cefalea, se me ocurre tomar un café en un bar. Golpes de vasos, platos, la campana extractora de humos... impiden que escuche bien lo que me dicen. Para colmo, el camarero chilla a mi lado: "Una de chopitos y dos cañas". No lo soporto. Pago y me marcho.

Mi único consuelo es que al llegar a casa podré gozar del silencio ansiado, pero no hay dos sin tres. El televisor del vecino canta desesperadamente la última de Bisbal y, a esto, un coche aparca debajo de la ventana con la música a todo trapo, y eso que tiene las ventanillas subidas. Son las doce de la noche, quiero dormir, me imagino ser uno de esos inesperados móviles que se queda sin batería, fuera de cobertura. ¡Oh, no! El vecino del ático ha vuelto a dejar al perro en la terraza, el pobre se siente solo o tiene miedo de la noche, o tan sólo tiene frío, el caso es que ladra sin cesar. No me queda más remedio que ponerme unos tapones en los oídos. Silencio... se vive.

Mar Olmedilla es periodista.