La columna verde

El Cabo de Gata

F. Galvan firmando en la Feria del LibroPor Francisco Galvan. Son tiempos de globalización, pese a quien pese, y casi todo se extiende por el planeta a la velocidad del rayo. Bien es verdad que esa velocidad es directamente proporcional a los beneficios económicos que genera a las multinacionales, primeras interesadas en la llamada globalización. Internet llega a Tanzania antes que la vacuna de la malaria, por ejemplo, y la Coca-Cola se comercializa hasta en el último rincón del planeta mientras niños de decenas de países del Tercer Mundo, en un régimen casi de esclavitud, fabrican a bajo coste zapatillas de deporte y otros productos por encargo de las sempiternas multinacionales. Esto ¿podría llamarse terrorismo infantil? Porque el terrorismo tiene múltiples caras y también es global.

 

ALGARROBICO 21.JPG (1912956 bytes)Tiene intereses profundos y muchos medios a su disposición, la mayoría de las veces provenientes de las economías (y de las fábricas de armas) de esos países globalizadores que siempre sacan tajada, salvo cuando ese terrorismo les golpea a ellos (¡con bombas fabricadas en casa!), y es entonces cuando sus dirigentes, que no tuvieron ningún empacho en vender tales armas, se lamentan hipócritamente. Pero, siendo todo esto tan terrible como cierto, hoy lo que quiero plantear es si también podemos hablar de terrorismo ecológico. ¿Pueden calificarse así  los desmanes que se cometen contra el patrimonio natural? o es una exageración y una demagogia utilizar ese término. No lo sé. 

 

No soy un experto, ni siquiera tengo espíritu ecologista. Pero a veces la realidad es tan brutal, tan criminal con el entorno que se me engorda la sangre en las venas, como decía el poeta. Eso me ha sucedido este verano en el Parque Natural del Cabo de Gata. Tengo que confesar aquí y ahora que las arideces del paisaje de este parque natural no son mis preferidas, me gusta más el verde de los Picos de Europa o de Monfragüe, pero sobre gustos dicen que no hay nada escrito.

 

 Pase una semana de vacaciones en Garrucha, más que nada por disfrutar de la playa. Un día salí de excursión con el coche para conocer los alrededores. El primer golpe me lo llevé a la salida de Carboneras (localidad excluida del parque por su central térmica) en dirección a Mojácar. Un enorme complejo residencial, en el que se anuncia la venta de apartamentos ¡tríplex!,  se está construyendo como un mamotreto indecente sobre uno de los altos cerros que descienden hacia el mar. 

 

Varios kilómetros más adelante, dentro del Parque Natural, hay una playa preciosa y solitaria conocida como El Algarrobico. Tiene varios cientos de metros de largo, quizá hasta un kilómetro... No sé. Está ceñida por los cerros oscuros y pelados característicos de este paisaje. Pues bien, en el cerro central, el más alto, que domina la playa, están construyendo un hotel gigantesco, tendido sobre la ladera. Nadie duda que se construye con todas las bendiciones legales, cómo va a ser de otra manera. Pero si es legal tiene todavía más delito porque ello significa que las autoridades han permitido tal acto de ¿terrorismo ecológico? 

 

Una vez más, la especulación, el dinero y el aprovechamiento económico de hasta de la última piedra se anteponen a la salvaguardia de uno de los pocos lugares vírgenes que quedan en la zona. Dan ganas de llorar al contemplar semejante fechoría desde el mirador que hay en la carretera un poquito más adelante. Por curiosidad he buscado en Internet información sobre El Algarrobito. “Playa virgen”, la describe la web www.parquenatural.com

 

Tendrán que modificar el texto por “playa violada”. Estas construcciones tan agresivas, sin embargo,  no las veo por primera vez. En Gran Canaria son habituales. Allí, los recónditos acantilados del sur, surcados por profundos barrancos, van siendo poco a poco urbanizados. Se construyen edificios enormes, aferrados a las laderas, en los que el acceso principal está en el piso superior y después se desciende, no en ascensores corrientes, sino en una especie de vagonetas que corren por gruesos carriles de acero. No faltan la pequeña playa artificial e, incluso, el puerto deportivo. En pocos años la voracidad urbanizadora habrá completado toda circunferencia de la isla. ¿Qué se les ocurrirá entonces? Miedo da pensarlo.

Francisco Galván  escritor y periodista de la Agencia EFE, obtuvo el Premio Ateneo Ciudad de Valladolid en 2002 con su novela "Cuando el cielo se caiga" publicada por la editorial Algaida. 

En 2001 gano el Premio Diablo Cojuelo de Novela Picaresca de Ecija (Sevilla) con "El rabo del diablo", su segunda novela publicada, y es autor de "Las esmeraldas de Cortés".

Para contactar con el autor: frangalvan@eresmas.com