La columna verde

La energía nuclear no es una alternativa al cambio climático

Por Javier Morales Ortiz. La  civilización está en un peligro inminente, advertía hace unas semanas en un diario madrileño James Lovelock. El peligro al que se refería este científico no era el terrorismo, sino el cambio climático. Una situación a la que nos ha llevado el consumo de energía a partir de los combustibles fósiles. Hasta aquí, nada que objetar. Si no fuera porque para Lovelock, autor de la hipótesis de Gaia, según la cual la Tierra funciona como un organismo que se autorregula, la única salida que nos queda para salvar la Tierra del veneno de los gases de efecto invernadero es la energía nuclear, es decir, un veneno aún más peligroso si cabe. Es como si a un enfermo de cáncer de pulmón, por ejemplo, le dijeran que su única salida es que le quiten también el corazón.


 Para Lovelock, quien se autodenomina ecologista independiente, los peligros de la energía nuclear son mínimos, y la oposición a la misma “se basa en el temor irracional alimentado por la ficción a lo Hollywood, los grupos de presión ecologistas y los medios de comunicación”. Aparte del almacenamiento de los residuos radiactivos, que emiten radiactividad durante miles de años y para los que no se ha encontrado aún una solución, de las enfermedades provocadas por la radiactividad,  a las que Lovelock desprecia porque dice  -no sin cierto cinismo- que todos vamos a morir de cáncer (por esa razón, ya que tarde o temprano todos vamos a morir, de los que sea, para qué prevenir), está el peligro más inminente de los accidentes nucleares.

Baste recordar la catástrofe nuclear de Chernóbil. No ocurrió hace mucho, apenas 18 años, pero sus efectos se dejarán sentir durante decenios y todavía se sienten en todo el continente europeo. La Organización Mundial de la Salud calcula que se producirán, sólo en el territorio de la antigua Unión Soviética, más de 500.000 muertes en los próximos diez años. En 1995, el Ministerio de Salud ucranio declaró que, desde 1989, se habían producido ya 125.000 víctimas mortales entre los afectados por Chernóbil. Además de las víctimas mortales y las malformaciones congénitas y deformaciones que, como consecuencia de las mutaciones están apareciendo entre la población nacida después del accidente (los niños de Chernóbil), los índices de diversas enfermedades están aumentando en todo el área afectada.

 

Los reactores nucleares que funcionan en Occidente tampoco son seguros. El siguiente accidente en gravedad, tras el de Chernóbil, ocurrió en 1979 en la central de Three Miles Island (Harrisburg, Estados Unidos). En España, en 1989 nos libramos por muy poco de una tragedia similar en Tarragona, a causa del accidente acaecido en la central Vandellós –I, que obligó a su cierre definitivo.

 

La energía nuclear, además, sólo proporciona un 5% de la energía primaria que se consume en el mundo. En España, la Estrategia de Ahorro y Eficiencia Energética prevé que la energía nuclear pase de representar el 13,0% del consumo de energía primaria en 2000, al 10,1% en 2012. Por contra, las energías renovables, a las que Lovelock denomina “visionarias”, que en 2000 representaban en España el 5,6% del consumo de energía primaria, supondrán en 2012 el 13,0%.


Hay que recordar que las energías renovables son limpias, sin residuos, inagotables, autóctonas, no producen emisiones de CO2, no generan residuos de difícil tratamiento,  evitan la dependencia exterior y crean cinco veces más puestos de trabajo que las convencionales.


La política nuclear a la que Lovelock quiere que nos adhiramos ciegamente contradice la tendencia que ya se está dando en los países europeos más avanzados (desde los años ochenta no se ha construido ninguna central nuclear en Europa y EEUU) y el propio compromiso electoral del Partido Socialista, que proponía un cierre paulatino de las centrales nucleares y su sustitución por fuentes de energía limpias antes de 2020.

El ahorro, la gestión de la demanda y el fomento de las energías renovables son las únicas fórmulas a nuestro alcance para frenar el calentamiento del planeta. Es cierto que tenemos poco tiempo, pero la energía nuclear no es la respuesta. El poco tiempo de que disponemos no lo empleemos en suicidarnos.

 

 

Javier Morales Ortiz es periodista ambiental, responsable de Comunicación del Dto. de Medio Ambiente de CCOO

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