La columna verde

Como si la ciudad no existiera

Por Luis Vega para Infoecologia. La irritación corticocerebral producida por las poluciones atmosféricas y del agua y la agresión sonora son una de las bases de la ansiedad y continua "nerviosidad" de lo que García Sabell llamó "la irritación" de los habitantes de las ciudades polucionadas y contribuye a variadas patológicas de origen hipotalámico.

 

El ser humano es el único ser vivo que come y bebe cuando no tiene hambre ni sed. Desde la infancia y por imposición de los padres, los niños comen en exceso y alcanzan la juventud habiendo adquirido hábitos perjudiciales, que se pueden manifestar más tarde, en trastornos de la alimentación, que se dan mucho más en grandes ciudades que en medios rurales donde el individuo y su familia, son menos permeables a influjos de los medios de comunicación y donde la sobriedad más frecuente y la actividad física, contrarresta el mayor consumo energético.

 

Hasta hace pocos años, las neurosis y las enfermedades psicosomáticas, eran entidades nosográficas raras en el ambiente rural, gestadas sobre disrupciones en las relaciones interpersonales y afectivas y en disturbios de la conducta social. Su urdimbre, en terminología de Rof Carballo, se teje en los estilos de vida de la ciudad, en los incidentes de la sociedad, en las ineludibles cuestiones económicas, en la angustia vital, de López Ibor, del ambiente.

 

Las llamadas enfermedades psicosomáticas, la colitis ulcerosa, el asma y el infarto de miocardio, etc., son enfermedades determinadas con frecuencia por la vida transcultural a través de mecanismos psiconeuroendocrinos de adaptación situacional.

 

El hombre que se desarrolla en las grandes urbes, sometido a las sobrecargas vitales de las llamadas megalópolis, es caldo de cultivo de una patología "estresante" para él y para los que con él conviven.

En la vida de las grandes ciudades, el hombre es un animal que vive no sólo en la cultura humana, sino en contacto vital, contacto de su vida, con todo lo no humano que le rodea; lo que Lennart Levi llama el "factor inhumano" horario, prisa, teléfonos, timbre, ruidos, transportes, polución, tabaco, máquinas, etc., etc., que desde que el hombre nace inducen en él excitaciones y agotamientos, penas y alegrías, broncas y enemistades, amores y odios, que como dice Levi, producen "trastornos de la naturaleza médica o social en el organismo que tenga la biología más perfecta".

 

Actualmente está muy de moda el estudio genético de los individuos, tratando de averiguar su devenir patológico, olvidando que además de la herencia genética el hombre carga con unos hábitos alimentarios y tóxicos, con una aire que respira, con un agua que bebe, con un color de cielo que ve, con una ciudad con motivos de fricción en la que existen situaciones de tirantez social para las que el niño no está preparado y se le estimula negativamente. El hombre, no lo olvidemos, es el resultante de una herencia, un biotipo y un ambiente.

 

Estamos oyendo un día y otro que la ciudad está deshumanizada, es decir, que no reúne las condiciones necesarias para que le hombre que la habita se sienta en ella humanamente cómodo, sin dejar de estar protegido y amparado por los avances de la técnica. En estas circunstancias, o se humaniza la ciudad para hacerla adecuada al hombre o tenemos que deshumanizar conscientemente al hombre para que pueda vivir en la gran urbe.

 

El hombre y la gran ciudad, evolucionan en progresión geométrica de forma opuesta, a mayor crecimiento de la ciudad, menor categoría humana del hombre.

 

Es cierto que mediante psicofármacos podemos manipular, modificar, cambiar la manera de ser y sentir individual y colectiva del hombre, lo que tal vez explique el cada día mayor consumo de fármacos ansiolíticos y antidepresivos. La gran ciudad que padecemos y que es motivo de tantos estudios y opiniones, troquela más al hombre cuanto menor sea su nivel cultural y cuanto más superficial sea su talante humano.

 

Frente a una ciudad que es capaz de transformar la mentalidad y hasta los sentimientos del hombre, la única solución está en la cultura y el humanismo, como
conjunción de la ciencia y el arte, de lo práctico y lo bello, del avance tecnológico y la salud.

 

Quienes hemos tenido la experiencia clínica y la gran suerte de conocer, directa o indirectamente, en profundidad, la austera clausura de algunas comunidades religiosas católicas como las Carmelitas Descalzas, comprobamos que en ellas, no existe patología psicosomática alguna, ni neurosis, ni úlceras, ni asma, ni otros procesos equiparables. Aisladas en alegría, sin angustiantes problemas sociales de conciencia, lejos de las agresiones, sin temor a la muerte... como si la ciudad no existiera.

José Luis Vega Martín-Lunas es Médico Psiquiatra y colaborador habitual de la tertulia El Foro de la Cadena SER