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Durante
esta temporada de otoño-invierno he visitado los humedales
costeros de Cantabria (Oyambre, Liencres, Santoña), las graveras
del sureste madrileño (lagunas de Velilla de San Antonio y del
Campillo) y hasta los barrancos, embalses, salinas y charcas
intermareales de Fuerteventura, en Canarias. Antes de que acabe el
invierno seguro que cae en el zurrón algún paisaje acuático más
con la sana intención de disfrutar del avistamiento y observación
de la tropa con alas que realiza la invernada en España.
Ánades,
ánsares, cormoranes, gaviotas, porrones y limícolas como
archibebes, chorlitejos o zarapitos me alegran sobremanera la
vista y llenan parte de mi ocio y el de mi familia. Es más, no
por que acabe la invernada dejaremos de salir y disfrutar del
relevo ornitológico que se avecina, el que se da cita en
primavera y se queda en territorio español para criar y sacar
adelante a su progenie. Entre sus integrantes está el
protagonista del nombre de esta columna, el abejaruco,
posiblemente el ave más bella que recala en nuestro país, con su
librea de colores amarillos, azules, verdes y marrones repartidos
entre el plumaje. Le buscaremos entre los escasos encinares de
relieve que resisten en la provincia de Madrid y en otros de Ávila,
Toledo, Salamanca y Cáceres.
Sí,
viene de África. Y posiblemente de Nigeria, donde han muerto aves
de corral infectadas por el virus H5N1, el que provoca la gripe
aviar. Ni lo he tenido
ni lo tendré en cuenta a la hora de acercarme todo lo que la
prudencia me dicte para no molestar a ésta y otras aves. ¿Inconsciente?
No lo sé, simplemente me parece un desaire que encima que al
abejaruco o a la carraca (de similar trasiego migratorio y
colorida librea) les estemos cercando mediante el robo y
fragmentación de sus hábitats, el envenenamiento de sus presas
con pesticidas y plaguicidas, la persecución y caza directa y el
atropello en carretera (el año pasado recogí varios cadáveres
en la calzada) no salgamos a demostrarles nuestro afecto,
reivindicar su presencia en la naturaleza y denunciar su
progresiva disminución. Todo por miedo a una enfermedad que, sin
quitarle la importancia que tiene y la necesidad de atajarla, ha
contagiado y matado a los humanos en casos de exposición
permanente, cercana (a veces casi familiar) e insana a aves de
granja y corral, pollos y patos normalmente. Uno de los humedales
citados anteriormente, el de Santoña, fue uno de los proscritos
en España con la llegada del otoño. “18 humedales españoles
serán zonas de riesgo de gripe aviar”, se podía leer en
titulares allá por octubre y noviembre. En letra más menuda se
decía en que consistía el riesgo: se prohibía la cría de aves
al aire libre en un radio de 10 kilómetros en torno a esas zonas
húmedas. Me temo que si de por sí somos poco dados a dejarnos
ver, prismáticos en ristre o simplemente de paseo, observando el
paisaje, su flora y su fauna, titulares como el referido quitaron
aún más las ganas.
En
un momento de histrionismos y paroxismos varios recomiendo
relajarse con salidas al
campo y, llegada la primavera, dar la bienvenida al abejaruco y a
la carraca. Y al milano negro y la golondrina, y a los árboles
que se empiezan a cargar de hojas y los arbustos de flores.
Esperemos que antes caigan unas cuantas (muchas) gotas de agua,
que la falta de ella también es muy preocupante.
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