Arantza, voluntaria en Costa da Morte, cuenta a InfoEcología la desigual lucha
 contra el chapapote

Costa da Morte, febrero de 2003.- Hacía años que no veía el fuerte y verde Atlántico, tantos como los que llevaba sin visitar mi añorada Galicia. A primera vista, mirando la mar desde lo alto, parecía que no había pasado el tiempo, que no había pasado nada, que A Costa Da Morte seguía llena de vida. Las olas seguían siendo tan impresionantes y potentes como las gentes que luchan contra la desesperación de ver su costa muerta.

Todos llegábamos protegidos por la fina capa impermeable del buzo blanco, la gruesa e incómoda máscara y los enormes guantes sujetados por una cinta de embalar, imprescindible para no perderlos en el absorbente fuel. 

Nuestro aspecto impoluto no duraría ni 15 segundos tras acercarnos al precipicio ennegrecido y bajar apenas tres metros entre las rocas; ya no podríamos volver a tocar nuestras máscaras por mucho que nos molestaran, las mancharíamos irremediablemente del pegajoso chapapote.

Y todo empezó a pasar tan rápido que hasta después de un rato no me percaté de que varios fuertes marineros, acompañados de algunos voluntarios, llenaban sin descanso, cesto tras pesado cesto, de un pringoso galipote que a una velocidad de vértigo nos ofrecían dos fuertes mariscadoras para que se los pasáramos a otras dos que estaban apenas dos metros más arriba. 

Allí, metidos en el agua y a brazo, cogían y arrastraban hacia si la mancha enorme, partían un gran trozo y llenaban el cesto de goma para, en una cadena de a dos, subirlo por el acantilado hasta la campa verde y negra. Y así, sorprendida de mis propias fuerzas, vi pasar entre mis manos, cientos de kilos de chapapote. Era tremendo pero psicológicamente mucho menos demoledor que el trabajo del día anterior: rascar con espátulas las rocas y recoger el fuel que quedaba bajo estas. Era frustrante, en una hora de trabajo apenas recogías medio kilo de fuel a cambio de un fuerte dolor en las muñecas.

El tercer día fue el más impresionante, bajamos por un acantilado hasta una gruta donde se habían metido, no se, toneladas, era tremendo. A la gruta accedieron varios fornidos muchachotes, protegidos con máscaras, pues los gases que se concentraban eran irrespirables, y así cesto a cesto subimos por entre las verticales rocas infinidad de fuel, no podía ni creérmelo; allí estuvimos dos días sacando chapapote como locos. Menos mal que el intenso trabajo apenas permitía pensar, mejor, me hubiera derrumbado, todavía lo recuerdo y se me pone la piel de gallina.

Es terrible y tremendamente doloroso ver como en un lugar pleno de vida apenas hace dos meses, hoy no queda nada. Porque, amigos, en los cinco días que he estado en Corme no he visto ni un solo pez o cangrejo vivo, ni tan siquiera hay mubles en el puerto, mubles que por ejemplo en la ría de Bilbao, era lo único que se veía cuando esta era el vertedero de toda la industria del Gran Bilbao. Todos han huido o han muerto.

Creo que todos hemos llegado un poco "tocados" de Galicia. Como dijo Manolo Rivas "Temos esa substancia viscosa metida en cada poro da alma e do corpo". Yo sigo muy triste. Pero mi tristeza no me impide gritar "NUNCA MÁIS" con una gran bandera que he puesto en mi balcón. Y es que "Recorda rapaz : ¡¡¡ Hai esperanza se hai rebeldía !!!"

Arantza

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