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ECOTURISMO |
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Madrid, mayo 2003 (Texto y fotos de Julio Fernández Fernández) |
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Muy
cerca
se
encuentra
la
localidad
de
Campillo
de
Ranas,
en
la
se
puede
realizar
un
escueto
paseo,
que
permite
contemplar
la
Plaza,
la
Iglesia
y
un
curioso
reloj
solar
que
resiste
el
paso
del
tiempo
suspendido
de
una
ruinosa
pared.
Otros
pueblos
cercanos
son
Campillejo,
Espinar,
Palancares
y
Almiruete,
los
cuales
completan
este
ramillete
de
urbes
de
la
Arquitectura
Negra.
Desde
Valverde
de
los
Arroyos
se
distingue
a
la
derecha
del
Ocejón
y
al
fondo
del
valle,
el
paredón
por
donde
se
descuelga
la
bellísima
Chorrera
de
Despeñalagua.
La
senda
parte
de
la
Plaza
de
la
villa
con
rumbo
Oeste.
Al
abandonar
el
núcleo
urbano
encontramos
una
explanada
que
se
utiliza
como
campo
de
fútbol
y
era.
En
su
extremo
localizamos
una
amplia
vereda
que
nos
conduce
en
dirección
a
la
base
del
salto
de
agua,
sorteando
en
alguna
ocasión
una
pequeña
acequia
y
dejando
a
nuestra
izquierda
el
Arroyo
de
la
Chorrera,
que
discurre
aderezado
por
grandísimas
matas
de
brezo,
por
el
fondo
de
la
garganta
hasta
la
catarata.
En
media
hora
más
o
menos
llegamos
al
grandioso
despeñadero
de
agua,
colgado
entre
las
vertientes
del
Ocejón
y
el
pico
Campachuelo. Rumbo
al
Ocejón
Si
queremos
ascender
a
la
cima
del
Ocejón,
disponemos
de
dos
opciones.
La
primera
es
trepar
desde
la
base
de
la
cascada
por
la
pared
izquierda,
buscando
los
hitos
(difíciles
de
seguir)
que
marcan
una
imperceptible
vereda
que
escala
la
ladera
de
la
Loma
de
la
Pineda,
sorteando
con
cierta
dificultad
los
tojos
y
maleza
que
puebla
el
monte.
La
cima
del
Ocejón
permite
orientar
fácilmente
nuestra
senda.
Tupidas
alfombras
de
gayuba,
duras,
brillantes
y
de
verdes
hojas,
cubren
las
estribaciones
del
Ocejón.
Al
alcanzar
el
collado,
enormes
lajas
de
pizarra
se
afilan
contra
el
cielo,
desde
aquí
seguimos
la
cuerda
de
la
montaña
en
con
rumbo
sur
por
las
pétreas
tapias
hasta
la
cumbre. La
segunda
alternativa
quizá
resulte
más
cómoda
y
consiste
en
llegar
al
Pico
del
Ocejón
por
el
sendero
descrito
anteriormente
para
regresar
desde
la
cima
por
el
Barranco
de
la
Pineda. Según
una
leyenda
de
la
comarca
"El
último
día
de
la
creación,
cuando
ya
no
quedaba
casi
luz,
Dios
hizo
estos
pueblos,
por
ello
la
oscuridad".
Lo
cierto
es
que
se
trata
de
una
oscuridad
realmente
bella,
entrañable,
acogedora,
aderezada
por
el
fresco
aire
serrano
impregnado
del
olor
meloso
del
brezo
y
arrullado
por
el
rumor
de
los
cristalinos
arroyos
montañeses,
todo
ello
dominado
por
el
soberbio
Ocejón.
En
definitiva,
un
inmejorable
marco
para
disfrutar
de
la
más
genuina
y
abrupta
naturaleza
en
su
estado
puro,
con
un
sabor
añejo
magníficamente
conservado. |
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